Incongruencias, discrepancias

El tiempo fluye rápido y la vida igual. Instante tras instante nos transforma. Hace apenas 25 años de los Juegos Olímpicos de Barcelona, y el deporte, todo el conjunto, organización, pueblo, atletas, dirigentes políticos, eran uno sólo en España. La conjunción de ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

El tiempo fluye rápido y la vida igual. Instante tras instante nos transforma. Hace apenas 25 años de los Juegos Olímpicos de Barcelona, y el deporte, todo el conjunto, organización, pueblo, atletas, dirigentes políticos, eran uno sólo en España. La conjunción de esfuerzos arrojó 13 medallas de oros, acaso ninguna tan festejada como la victoria de Fermín Cacho en los mil 500 m lisos, 7 de plata y 2 de bronce. Juegos en los que el idioma catalán se incorporó con el español en los discursos oficiales del rey Juan Carlos I, Juan Antonio Samaranch, catalán que tanto influyó en la celebración, el alcalde de la ciudad condal Pasqual Maragall. El rey habló en catalán. Todo el pueblo español dispuso toda su voluntad y energía, entusiasmo, deseos, las mejores condiciones políticas, diplomáticas, económicas, para que Barcelona fuese la elegida. Giraban las ideas del pedagogo y helenista José María Cagigal, imágenes de las ceremonia inaugural y de clausura, el impresionante Hércules caminando por el estadio de Montjuic; una leyenda relacionada con Jasón y los argonautas, cita a Hércules, el creador de los Juegos Olímpicos como el fundador de Barcelona, la flecha del arquero Rebollo…, la atmósfera de amistad, paz y armonía. José Carreras interpretó la canción “Amigos para siempre” que fue como una promesa de amistad olímpica eterna… “No sólo es un verano o una primavera/ amigos para siempre”.

Pero eso fue hace 25 años. Hoy se presencia cómo poco a poco las ideas, hechos, las conductas de la masa y la muchedumbre, imperan sobre las minorías que se han dedicado a construir.

El mundo es como es, no como uno o muchos lo desean. Las relaciones humanas son muy complejas. De vez en cuando el deporte, como la política, une y desune, pero ésta con ferocidad enorme. No obstante, en alguno de los hilos deportivos que tocan con esta situación tan difícil que se vive en España y en Barcelona, hay algunas voces discrepantes que nos parecen tremendistas como sólo se pueden dar en los países en los que se cultiva la crudelísima y primitiva tauromaquia.

Hace unos días, leímos que Piqué, uno de los defensas de la oncena del Barcelona, tiene el derecho, alejado de toda posición separatista o independentista, de jugar con la selección nacional. Piqué, al igual que su exentrenador Pep Guardiola se han pronunciado en contra de España.

En el plano eminentemente deportivo se presencia un espectáculo curioso que se da en otras esferas. Como ciudadano español Piqué goza de los derechos que le concede el deporte y el Estado. Y así debe ser. Sus discrepancias le han creado el repudio de

los aficionados del futbol y de otros sectores de la sociedad hispana.

Lo que resulta de lo más incongruente es que no obstante de que él reniega, juega con la selección de España. Es decir, recibe y acepta los beneficios y repudia a quien se los da. Hay algo de vanidad en función a su clase deportiva y de traición a sus propias ideas. Cuerpo, fama y dinero con la selección hispana y en lo demás que “no acepte participar más con La Roja”; es indigna su posición de víctima, no es fiel a lo que piensa. Que no juegue, en el deporte nadie es imprescindible.

Pep Guardiola, tan carismático como entrenador, pidió en días pasados la intervención de la comunidad internacional debido a que “los catalanes somos víctimas de los abusos de un Estado autoritario”. El tremendismo de Guardiola ha sido duramente criticado. Una cosa es el ejercicio de la democracia y otra que su cerebro no le dé más que para el futbol.

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