Rectificación

Con independencia de la alegría que vivió en su momento, uno debería sumarse a la indignación y el coraje del larguirucho keniano Asbel Kipruto Kiprop al enterarse de que él era el verdadero campeón olímpico de los 1,500 m lisos en Beijing 2008 y no el marroquí ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

Con independencia de la alegría que vivió en su momento, uno debería sumarse a la indignación y el coraje del larguirucho keniano Asbel Kipruto Kiprop al enterarse de que él era el verdadero campeón olímpico de los 1,500 m lisos en Beijing 2008 y no el marroquí Rashid Ramzi, quien representó a Bahrein, primero en cruzar la meta, pero que año y medio después fuera descalificado al descubrirse en los laboratorios que había empleado la sustancia prohibida Epo. “…un tramposo me arrebató la gloria de ser premiado y aclamado ante la multitud en el estadio. Era mi fiesta y me la echó a perder”.

Tardíamente, la Federación Internacional de Halterofilia y el Comité Olímpico Internacional distinguen con honor a las mexicanas Damaris Aguirre y Luz Mercedes Acosta como las verdades ganadoras de las medallas de bronce en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 y en los Juegos Olímpicos de Londres en las divisiones respectivas de 75 y 63 kilogramos.

Tardíamente, porque los organismos internacionales deben actuar con prudencia y responsabilidad ante no sólo la corroboración científica de que una o varias atletas hicieron uso de sustancias prohibidas, sino de los trámites de carácter legal con los argumentos de las competidoras que reclaman lo que realmente nunca les perteneció. Y ese proceso es lento y largo.

Hay algo de infamia, de ruin y despreciable en la actuación de los tramposos. Causan daños morales, éticos y de otra naturaleza. Son impostores que actúan con maldad al arrebatarles a otros atletas ese instante supremo de gloria y reconocimiento universal de subir al podio de los Juegos Olímpicos. Y va más allá, durante un tiempo, recogen indebida e ilegalmente contratos por presentaciones con firmas comerciales o competencias o el reconocimiento deportivo y profesional nacional e internacional que puede traducirse en dinero.

La situación presenta varias aristas.

Los castigos a los tramposos no son disuasorios. En la antigua Grecia al atleta que hacía trampa, ya fuese por sobornar o dejarse sobornar, se le castigaba corporal y muy fuerte en el aspecto económico. Y con el dinero se fabricaban pequeñas esculturas de bronce llamadas Zanes, en las que se inscribía el nombre del atleta, el de su padre y el sitio donde había nacido. Se les colocaba en la calzada principal hacia el estadio.

COI, FI y Cons deben actuar con mayor energía, formular castigos económicos, porque las sanciones temporales y de por vida no tienen efecto en los cínicos. Si se les pega duro en el bolsillo o se les envía a la cárcel, como ya lo han propuesto Alemania y Kenya, lo pensarían dos veces y no reirían con el recuerdo de su trampa.

Luz Mercedes Acosta y Damaris Aguirre deben recibir un gran homenaje colectivo del deporte nacional y, paralelamente, recibir los dineros del gobierno federal, con carácter retroactivo, que se destinan a los medallistas olímpicos. Hay que aplaudir a estas dos halteristas que compitieron bajo las reglas del juego limpio, el fair play. Y que están entre las mejores del planeta tras edificar con muchos años de esfuerzo y constancia una clase del más alto nivel. A la altura de los programas de excelencia en el extranjero y muy por encima de deportes nacionales profesionales que cacarean lo que no tienen ni son.

En un país tan limitado en visión y cultura deportiva la restitución de las medallas parece transcurrir en el silencio y la indiferencia. Repiquemos las campanas, es día de fiesta deportiva. Son dos bronces en el escenario universal de los Juegos Olímpicos.

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