Fenómeno industrial

Las viejas crónicas afirman que los terribles guerreros tártaros ataban a los prisioneros con los cadáveres, los unían fuertemente, vientre con vientre, la cara con la cara y la boca con la boca, hasta que el muerto se comía al vivo. Así parece suceder, aunque sin ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

Las viejas crónicas afirman que los terribles guerreros tártaros ataban a los prisioneros con los cadáveres, los unían fuertemente, vientre con vientre, la cara con la cara y la boca con la boca, hasta que el muerto se comía al vivo. Así parece suceder, aunque sin tanto horror, en el abrazo del deporte, ¿cuál y qué clase de deporte?, en el campo nacional e internacional. Los vestigios de deporte-deporte se van hundiendo y deshaciendo poco a poco o abruptamente, según sea el prisma con el que se mira, ante el deporte-profesional, deporte-espectáculo, deporte-comercial y ahora industrial. El más vivo se come al menos vivo. El último eslabón del romanticismo deportivo, la formación de valores, el enaltecimiento del espíritu, el afán de superación y lucha, parecen apagarse, en una escena en lo que menos interesa es la calidad del deportista. Durante la segunda mitad del siglo XX, el deporte olímpico alcanzó su máximo florecimiento y esplendor. Ninguna actividad ejerció tanta influencia en el hombre, en la mujer, en la sociedad. En esa corriente, el futbol navegó y se fortaleció como ninguna otra, tanto por su naturaleza fascinante que algunos sociólogos la explican en la conexión con las reminiscencias de la horda o la tribu a la caza del depredador; la excitante carrera del grupo en el campo abierto; y también por el efecto anestesiante que transforma al hombre y a la mujer en miembro del rebaño, manipulable por los políticos. Las masas son igualmente estólidas sin distinción de raza, religión, en los países del Primer y del Tercer Mundo, en política y en deporte. Pero hay, naturalmente, sus grados de intensidad. Cómo interpretar el alboroto, motivo de alegría o de reflexión y preocupación: hace unas semanas, en Monterrey, cerca de 30 mil fanáticos acudieron a una práctica de futbol. Y el sábado anterior se reunieron alrededor de un ring 90 mil personas en el estadio de Wembley, en Londres, con el fin de presenciar el combate en el que el negro Anthony Joshua, de 27 años, noqueó el ucraniano Vladímir Klichkó, de casi 42 años, en el undécimo asalto. La multitud igualó en número un récord de 1939, cuando en el White City Stadium pelearon Len Harvey y Jack McAvoy. Hace un par de semanas, uno de los boletos más caros para presenciar la final de la Champion League en Cardiff se podía adquirir en 180 mil pesos, ahora rebasa el medio millón. Y en la pelea de mañana, en Las Vegas, entre el Canelo Álvarez y Julio César Chávez Jr., en la reventa alcanzaban precios de tres a 20 mil dólares, que podrían elevarse entre hoy y mañana. En el pago por evento al través de la pantalla se recogerán millones de dólares con millones de espectadores a los que les ha creado la necesidad de ver el pleito. Una pelea en la que los protagonistas no alcanzan el nivel técnico de esgrima y clase de los pugilistas de antaño.

Presenciamos la transformación del deporte en un fenómeno industrial, más que mediático, que cumple con las leyes de la oferta y la demanda. Ver la pelea y pagar por ella es parte de una moda, estímulo-necesidad-satisfactor, como comprar un detergente, una loción, una corbata en función a las seductores cualidades que se le atribuyen. En el boxeo se simulan rivalidades, hostilidades.

La TV y los promotores con otros medios de comunicación ya no informan fiel y verazmente. Magnifican; cencerro de enormes dimensiones que atrae al rebaño. La voz, el sonido, cumple con su ritual mágico de encender pasión y emoción, aunque el espectáculo sea una masquiña.

Temas: