Incredulidad
Hace varios años, algunos directivos valoraban la actuación de los deportistas con los conceptos de bueno, malo y regular. Igual, para algunos comunicadores, se consideraba un fracaso el desempeño del atleta en función a la posición final en Juegos Olímpicos. Y era ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
Hace varios años, algunos directivos valoraban la actuación de los deportistas con los conceptos de bueno, malo y regular. Igual, para algunos comunicadores, se consideraba un fracaso el desempeño del atleta en función a la posición final en Juegos Olímpicos. Y era muy fácil tildar al protagonista de acomplejado. No importaba que lo tuvieran frente a sus narices todos los días durante cuatro años; sin la menor curiosidad por pulsar valor y nivel.
Había algunos competidores que podían correr o nadar más rápido, halteristas que podían demostrar con sus registros la bondad de los entrenamientos y la curva ascendente de su proceso evolutivo sin que convenciera ni a la sociedad ni a los medios de comunicación. La calificación era subjetiva. No se conocían niveles. Vivían como hoy, en el plano deportivo, en un mundo al revés.
Algunas informaciones presentan la calidad del aire con el marbete de bueno, malo y regular. La calidad del aire que se respira es mala. Más que mala, peor. Pero, ¿cuánto, qué índices, que repercusiones pueden tener en la salud, qué medidas se toman, quién las conoce?
Para el ciudadano es preocupante. Si el deporte y la educación física pueden ser generadores de salud, energía, bienestar físico y mental, ¿deben seguir practicándose en el Zona Metropolitana, en las actuales condiciones en que se respira el aire-basura-podrido en edificios, oficinas, centros de trabajo, hospitales, escuelas, área de recreo, deportivos?, conoce alguien índices objetivos, las medidas que se van a tomar cuando la calificación, no etiquetada de peor, apareciera, hipotéticamente, como un alerta con focos rojos.
¿Disponemos de parámetros físicos comprobables, partículas dañinas en relación con alguna unidad de volumen que el ciudadano pueda corroborar? Antes de los Juegos Olímpicos de 1968 la preocupación de los extranjeros era la altura y la contaminación. Las autoridades del Distrito Federal cerraron dos papeleras que estaban cerca de la Villa Olímpica, por el sur de la ciudad. Allá por 1974 el humorista Jorge Ibargüengoitia, preocupado por la contaminación, sugirió la disminución de vehículos tomando como punto de partida el número de las placas.
Hoy la Ciudad de México, como ya lo advirtió la ONU en la década de los 90, es la más contaminada del planeta. Los políticos cierran los ojos ante las condiciones físicas relacionadas con la altura, problema que no tienen grandes urbes como Londres, Tokio, Barcelona o Pekín porque están situadas a nivel del mar.
Los políticos parece que no entienden de ciencia. Parecen resignados a la incredulidad o hipocresía, irresponsabilidad, de que la contaminación no hace daño a la salud. En caso contrario, ya deberíamos conocer todos cuál es la verdadera situación, cuantificada. Conocerla por parte de científicos y los responsables encargados de la salud. Y lo que hay que hacer y que no se hace.
En los últimos días, los niveles de contaminación se han elevado. El aire tiene sabor, olor, color y densidad, y es causa de enfermedades de las vías respiratorias y muchas otras. En sitios elevados se puede observar la densa nube que envuelve al valle de Anáhuac. Informaciones del extranjero indican que, cuando menos, diez mil personas mueren en la capital por el aire envenenado que respiramos. Las condiciones de salud, antes que el deporte. Cuándo y quién.