Mirada
En el 2015, en política y en deporte, hacia donde se dirigieran la vista y el olfato, se topaba con un basurero fétido. Reventó la FIFA y estalló la IAFF. Lamine Diack el expresidente de IAAF, aquel hombre que dio una muestra solidaria con la caminata ante el Comité ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
En el 2015, en política y en deporte, hacia donde se dirigieran la vista y el olfato, se topaba con un basurero fétido. Reventó la FIFA y estalló la IAFF. Lamine Diack el expresidente de IAAF, aquel hombre que dio una muestra solidaria con la caminata ante el Comité Olímpico Internacional en los Juegos de Sidney —aún resuena con firmeza su voz: “Si la caminata sale del programa olímpico, sale todo el atletismo”. Y sin atletismo, como lo sabe el lector, no habría Juegos Olímpicos porque el atletismo es el origen de los mismos— sigue arraigado por la justicia en Francia en espera de una decisión y probable sentencia de un juez por corrupción. Se le acusa de cobrar fuertes cantidades de dinero, casi del orden del 1.5 millones de dólares, por ocultar dopajes de atletas rusos. El rostro de estas actividades revelan diversos aspectos; principalmente, entre otros, el de la credibilidad en el deporte. Que sean los dirigentes los involucrados, refuerza la tesis de antaño, en el sentido de que algunos astros del deporte hayan recibido apoyo y, ocultado sus dopajes con el único fin de proteger la imagen individual y colectiva del atleta y el deporte.
Pero hay algo áun más grave: La complicidad de los dirigentes, entrenadores, doctores, agentes y sponsors, en propiciar —y ocultar— positivos de dopaje, puede derivar a algo mucho más grave: la muerte del atleta. Como se presume que ocurrió con Florence Griffith Joyner Flo-Jo, poseedora aún de los récords mundiales de 100 (10.49) y 200 (21.34) metros planos, y fallecida a la edad de 39 años, tal como Soraya Jiménez en México.
El dopaje muestra una naturaleza multifacética: victoria a ultranza, enriquecimiento, atropello, daños morales y físicos que deben reactivar los estudios en busca de una medida que reduzca la trampa, castigos drásticos en el orden jurídico, penal y deportivo. Las sanciones actuales de castigos por dos años revelan que es insuficiente porque algunos atletas pueden competir en los siguientes Juegos Olímpicos.
Se debe insistir en advertir al atleta acerca de los riesgos físicos y mentales que enfrentará por el uso de sustancias prohibidas. Fomentar la adquisición de conocimiento e información más amplia al respecto.
Castigar al atleta y sus allegados de ocho a diez años, oficializar compromisos por escrito que obliguen a los culpables no sólo a regresar los premios económicos, sino a indemnizar los daños morales y materiales que cometieron al usurpar la posición del campeón y otros competidores.
La tarea no puede circunscribirse únicamente a la esfera del deporte. Debiera extenderse a la sociedad, a la política y a los medios de comunicación. ¿Cómo exigir al atleta ser modelo o arquetipo moral, una perla en la bosta, cuando los ejemplos diarios que se divulgan y multiplican, magnificándoles, popularizándoles, de políticos, narcotraficantes, tramposos, ladrones, son contrarios a lo que se persigue en el deporte y en la sociedad? Son el pan nuestro de cada día con el que se alimentan niños y jóvenes. Formar y crear sana conciencia.
La mayoría de los medios de comunicación viven inmersos en una trampa: divulgan más todas aquellas actividades que son nocivas o pueden alterar la armonía de una sociedad. Se enfatiza mucho más en lo que puede destruir o dañar física y moralmente al individuo y a la colectividad que lo que la puede construir, fortalecer o elevar intelectual, física, cultural y espiritualmente.