El brujo rompe un tabú

El brujo mayor de la tribu da un paso fuera de su zona territorial y descubre, finalmente, que la cámara fotográfica no roba el espíritu, que sencillamente es un aparato que, ajustándose a las leyes de la óptica, de la física y de la geometría, viene a ser una ...

El brujo mayor de la tribu da un paso fuera de su zona territorial y descubre, finalmente, que la cámara fotográfica no roba el espíritu, que sencillamente es un aparato que, ajustándose a las leyes de la óptica, de la física y de la geometría, viene a ser una extensión del ojo humano y del archivo de la memoria, sólo que con mayor precisión. Y que su hermana mayor, la cámara de televisión, puede ser un auxiliar muy valioso, aunque no infalible, en la toma de decisiones del futbol. No, la medida no es infalible ni tampoco suficiente.

Este paso a la modernidad que se dio hace más de medio siglo en otros deportes puede serle muy útil al brujo mayor, el suizo Joseph Blatter, cuando anuncie el próximo 25 o 26 de septiembre, el deseo de un quinto mandato en el liderazgo de la FIFA. Acaso la propuesta, divulgada ayer durante su comparecencia en la conferencia SoccerEx de Manchester, cause tanto impacto en la tribu, un shock mediático, como el descongelamiento de un mamut en pleno siglo XXI, que fortalecerá su reelección.

Otra propuesta interesante es que el DT podrá reclamar al árbitro una decisión y discutirla en una pantalla de televisión. E incluso, en relación con los argumentos que uno y otro esgriman, la decisión arbitral podría modificarse.

Su oponente a la titularidad de la FIFA, Jerome Champagne —¿será necesario indicar la nacionalidad?—, que asegura contar con el apoyo de Pelé, para no ir menos, propone una tarjeta naranja con la que el árbitro podrá expulsar a un jugador durante unos minutos en los puntos de ignición del juego. Antes de que se congelaran los mamuts la medida ya se empleaba en el waterpolo y otros deportes.

En la modernización, acaso, algunos árbitros ya se apresten por un trasplante de lengua a lo Perry Mason.

El rompimiento de una especie de tabú o de una tradición reinserta al futbol en la modernidad. La resistencia a la tecnología permitió no pocos atropellos y violaciones al fair play. Los goles fantasma, la mano de Dios, y otras argucias, dañaron a muchas oncenas.

Una decisión trascendente, que gravite o pueda influir en el resultado de un partido, no debiera recaer en la voluntad y apreciación de una sola persona como es el árbitro del futbol. La FIFA debiera facultar cuando menos a dos o cuatro personas, ágiles de mente y capacidad de decisión, con conocimiento de las reglas, maduros en la interpretación. Sin duda, aun cuando la decisión responda al espíritu de las reglas, el nuevo punto hacia la modernidad implica ciertos riesgos con la conducta de la masa de los estadios, sobre todo en los países latinoamericanos, con menos educación deportiva que la europea.

Si realmente se desea respetar el espíritu del fair play las imágenes podrían contribuir a evitar las trapacerías y argucias de algunos jugadores. Podría determinarse si un jugador exagera la lesión con el fin de que expulsen a su adversario, detectar a los jugadores agresivos, aquellos que en lugar de dirigir la frente al balón la apuntan directamente a la nuca o a la sien del oponente.

Cuánta saliva se ahorrarían algunos comunicadores con discusiones baladíes, artificiales o de ignorancia, gurús de tarados, que empalagan con la intrascendencia de si fue penal o no fue penal.

La decisión de FIFA es un importante auxiliar que no resuelve ni resolverá todos los sucesos de la cancha. El futbol tiene un punto débil: es subjetivo. Y lo presencia un monstruo de millares de ojos.

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