Fenómeno artificial
A la industria del deporte le conviene hacer creer que las competencias entre minusválidos son un espectáculo.
Nunca lo había hecho, pero lo hizo. Así empiezan la mayoría de las historias que concluyen con un final bueno o malo. El jueves en la mañana se esparció la noticia que conmocionó al mundo del deporte: el día de San Valentín, día de la amistad y el amor, el mundo real y artificial de Oscar Pistorius se desplomó y se hizo añicos como un espejo. Está acusado de asesinar con premeditación a su novia Reeva Steenkamp. Pesa sobre él, gravita, si se demuestra que es culpable, condena a cadena perpetua.
Acaso sea conveniente recordar que cuando Ludwig Guttmann creó los Juegos Paralímpicos hace poco más de 50 años lo hizo con la idea de integrar, incorporar, a la sociedad a los mutilados de la Segunda Guerra Mundial; que tuviesen la oportunidad de disfrutar del ejercicio y el deporte. Pero éste cambió radicalmente desde 1982 y sigue transformándose. Algunas veces equivocadamente como con Pistorius. La sociedad cambió para peor en muchos aspectos.
Hay algo crudo. No todos los amputados han logrado superar la frustración de carecer de piernas.
La industria del deporte espectáculo, medios de comunicación y público lo elevaron a la talla de héroe deportivo. Los científicos de la IAAF estudiaron sus cuchillas de fibra de carbono y concluyeron que tiene ventaja y viola las reglas del atletismo. Al violar las reglas hace trampa. La mayoría sabe que la fuerza muscular eleva la eficacia en aparatos mecánicos en patines, triciclo, bicicleta, polipasto.
En la prueba de 400 m planos todos los atletas olímpicos, absolutamente todos, Alberto Juantorena, Michael Johnson, Marita Koch, en un máximo esfuerzo corren los últimos 100 m más lento que los tres primeros segmentos. Pistorius corre el último más rápido.
¡Qué ocurriría si los minusválidos de maratón acudieron a los tribunales y exigieran su ingreso a JO? Corren los 42,195 m 30 o 35 minutos más rápidos que etíopes y kenianos, que los plusmarquistas mundiales.
La paradoja es que tiene ventaja ante los atletas olímpicos y no ante los paralímpicos con los que compite casi en igualdad de circunstancias. Pistorius se quejó de discriminación. Y logró su ingreso como una consecuencia de este mundo sensibloide en el que el deporte competencia ha perdido gran parte de su esencia en función a las enormes sumas de dinero.
Es indiscutible que el esfuerzo de los minusválidos hace de la mayoría un ejemplo de lucha contra la adversidad. Son modelos sociales dignos de admiración.
Sólo que a la industria del deporte le conviene hacer creer que las competencias entre minusválidos son un espectáculo. Y le conviene porque le genera chorros de dinero. Con excepción de los JO o Paralímpicos la masa no asiste a ver este tipo de competencias. Los medios de comunicación y la multitud que acude a los estadios son cómplices del fenómeno deportivo espectáculo, que genera sedentarismo y violencia, estimula la victoria a ultranza, como el del artificial, al que sólo acuden cada cuatro años cuando la pantalla de cristal los proyecta. Señalarlo es como un piquete de abeja en la piel de un dinosaurio.
La perversión y violencia forman parte de la naturaleza humana. Los testimonios de testigos y de la prensa, que saca la parte oscura de Pistorius que lo muestra como un paranoico, son abrumadores. El jueves Pistorius perdió la cabeza y perdió todo. Lo que construyó se derrumbó como un castillo de naipes.
