Luz
Una bola de fuego. Una bocanada de viento. Un copo de agua. El famoso puñado de tierra. Gilles Villeneuve vive en el recuerdo, este mayo, que pasa como el paso cansino cada vez que han pasado 30 días y sigue vigente tanto cuanto aquello que hemos añorado mucho y llorado ...
Una bola de fuego. Una bocanada de viento. Un copo de agua. El famoso puñado de tierra.
Gilles Villeneuve vive en el recuerdo, este mayo, que pasa como el paso cansino cada vez que han pasado 30 días y sigue vigente tanto cuanto aquello que hemos añorado mucho y llorado aún más. Sea la madre de nosotros siete, siete veces siete, o sea, la madre de alguno que va por ahí.
¿Cómo y por qué elegir éste o el pasado mes para viajar a la nada y, sin embargo, permanecer aquí todavía?
Es enigma que sólo se va a desentrañar yendo a la máxima velocidad. Como el planeta en que habitó el canadiense que viaja a 60 kilómetros por segundo alrededor del astro universal; o a mil por hora, qué más da…
Hay montones de almas sensibles, tal como la del Gilles, que adoran ir a toda prisa y que se identifican a plenitud con ese vértigo increíble de ser más planetarios que el resto. Explicación que igual se va a encontrar para aferrarse al último aliento, aunque no se quiera expirar. En ese atajo insalvable al tener que soltar las amarras y decir adiós para siempre jamás.
Estaba explicado que el gusto magnífico por los coches de carreras se sostiene en el valor de sus mártires.
Prometeos encendidos o Ícaros al encuentro de la intensidad más luminosa que hay. Que pueda haberla o que la haya habido. Tocar el extremo, traspasar los límites y ser inmortal. Sí. Eso. Y quien lo quiera entender que lo entienda.
Es la pasión. Culminar lo culminante, para siempre y por siempre.
Villeneuve ha muerto el 8 de mayo de 1982 en Zolder.
Bajo el casco llevaba una sonrisa y en el pecho anudado un laurel. Saravá. Pudo haber sido el más grande. Muchos de quienes lo vieron correr juran que sí, que él sí que lo fue.
Sus compañeros lo temían por aquella rama en el tórax que lo hacía invencible frente a los rivales. Apenas los dioses, que disfrutan como locos con la vida de los jóvenes, le podían poner un alto y se lo marcaron bien, llenos del mejor deseo por adueñarse de su arrojo infinito, como no hubo nunca otro. La envidia y la lujuria son propiedad privada de ellos, por eso nada más es que son deidades sin principio y sin final. Por lo mismo, no pagan las cuentas. Ni dan la cara.
Ojalá el martirologio de la Fórmula excelsa terminara ya en este homenaje con los más hondos sentimientos y la total admiración. Pero no. Es sin acabose. Cual el abominado túnel de la esperanza sin linterna.
Esencia en la rapidez plena: que está toda anegada de sus suspiros. También el 10 de mayo de 1967, moría en Mónaco Lorenzo Bandini. Saravá.
El 15, pero de 1986, en Marsella: dejaba este plano otro de los inolvidables y a la vez, grandioso: Elio de Angelis. Saravá.
En cambio, el día 26, esta vez de 1955, y desde Monza: volaba hacia la perpetuidad Alberto Ascari, uno de los más grandes monarcas. Saravá.
Se debe de rogar a propios y a extraños que callen un minuto el parloteo y se den cuenta que el embrujo de lo maravilloso lleva adosado el dolor de la amapola roja del duelo más profundo. Sí. Una amapola en el ojal, para consuelo.
Mayo es canijo. Y su recuento es demencial. Enorme como un valse triste de Sibelius. Empieza en una bola de fuego en concordancia con los otros tres elementos y debe de terminar siempre aullando, si es de verdad. Como todo lo que nos fue querido.
Ah, qué voz tan singular tú tenías. Luz.
