Francisco
Yuriria Sierra
Su preparación jesuita deberá ser motor para regresarle a la Iglesia ese poder como corriente filosófica. 14/03/2013 01:55
Jorge Mario Bergoglio ha sido un personaje polémico en Argentina. Lo leía y me comentaban así, después de que supimos que desde ayer mismo nos referiremos a él como Francisco I (o Francisco, a secas, según lo confirmó el Vaticano), el nuevo jefe de la Iglesia católica. La sorpresa que generó su elección se dio por el hecho de ser el primer Papa argentino, o sea, el primero de Latinoamérica, el primero no europeo, el primero en llamarse Francisco y el primero en ser jesuita; pero provocó también que detractores y fieles, a quien fue el máximo dirigente del catolicismo argentino, levantaran la voz al verlo convertido en Papa.
Y es que se mezclan todas las posturas, desde aquellas que hablan de un Bergoglio que no ayudó a los prisioneros de la dictadura, de un cardenal que se opuso rotundamente a los matrimonios entre personas del mismo sexo y el aborto (posturas que parecieran requisito para alcanzar altos mandos dentro de la institución católica), pero también están aquellas otras que hablan de un hombre alejado de la vida de un cardenal que sólo dispone de los recursos de la Iglesia. Bergoglio es conocido por usar el transporte público para trasladarse, nunca vivió dentro de la residencia Episcopal de Argentina, sino en su departamento de siempre. Bergoglio que oficiaba misas en calles de los barrios más pobres, que lo hacía para el amparo de sexoservidoras, adictos y vagabundos... elementos propios de la congregación jesuita a la que pertenece.
Francisco, como lo conoceremos hasta el último de sus días, llega en un momento histórico. Después de la insólita renuncia del hoy papa emérito Benedicto XVI. Tiene por delante el reacomodo de una institución que se ha forzado a sus preceptos, ya milenarios (y que vemos difícil los mueva a un paso siquiera lento), pero entendemos también que el trabajo de este nuevo Papa, es el inicio, antes de cualquier otra crítica, de esa labor que tienen por delante. Vale decir que el hecho de que tantas posturas tan contrarias con respecto al Habemus Papam que vimos ayer, es una señal distinta a la que vimos en 2005, cuando el anuncio de Benedicto XVI, quien se ganó su lugar en la historia como el primer Papa que renuncia al pontificado en los últimos, nada más, 600 años; y a quien le llovían los señalamientos por sus posturas conservadoras (que no son novedad en los jerarcas católicos), aunque sobre todo por sus pocos deseos de convertirse en Papa, de ahí que nació aquella frase: “El cardenal que no quería ser Papa...”
Bergoglio, el cardenal argentino que se mantuvo en constante conflicto con Néstor Kirchner, pero a quien le dedicó una misa al morir; el mismo que también se enfrentó a la hoy presidenta, Cristina Fernández, por el tema de los matrimonios homosexuales, dicen que más por juego institucional que en orden personal, pero con quien se ha mantenido más cordial. Ayer, la Presidenta argentina le envió una carta que hizo pública en su cuenta de Twitter, en donde lo felicitaba y le deseaba éxito en esta etapa, el máximo puesto de la Iglesia católica, que vista desde un punto menos dogmático, se convierte en una válvula de escape de la presión social. Contemplado como una institución de Estado, como se le ve y se le trata, se convierte en esa imperfecta fuente de poder y control. Así que en este Papa recae la tarea de suavizar esta última visión, su preparación jesuita deberá ser motor para regresarle a la Iglesia ese poder como corriente filosófica, cualidad que nadie puede negar, y donde debería centrar su labor. Y claro, por supuesto, la encomienda inmediata que ordena la solución a esa crisis católica, producto de los escándalos de abusos sexuales que mucha culpa tienen de los momentos más duros del catolicismo de los últimos años y con los que debieron cargar sus dos antecesores.
