Chávez
Yuriria Sierra
06/03/2013 02:19
“Era su sueño oficioso; su redención de nadie sabe bien qué huellas de abandono; su salvación ante el terrible ejercicio de saberse vivo —acaso jamás amado—; su manifiesta búsqueda de un yo perdido —fracturado, sin duda—; una permanente urgencia de legitimar su paso por un vacío al que quizá ni siquiera él mismo podría ponerle nombre; su intento por revertir un destierro de sí mismo que acaso le vendrá de siempre. Algo así debe ser la amalgama interna de los dictadores… Hugo Chávez, como tantos otros antes que él, busca su visa vitalicia a un infinito inexistente (...) Esos personajes que cargan en sí mismos todas las contracorrientes, porque de ellas viven y en ellas se engrandecen: porque en ellas impera el caos que refleja su correspondiente caos interno. Por eso hay que subyugar a todos: acaso en ese ejercicio intentan desdibujar su propia insuficiencia ante el espejo…”
Así narraba en este mismo espacio hace unos años. La penúltima reelección de Hugo Chávez nos hizo preguntarnos qué es lo que tenía que logró tener a los venezolanos en sus manos. Chávez, ese encantador de serpientes, mago de los sinsentidos, el caudillo acabadísimo de la prestidigitación política, él mismo encarnando los cantos de todas las sirenas. Un dictador que nunca se vio a sí mismo como tal, seductor mediático, fascinador de las masas: ése que lo mismo recitaba discursos, declamaba poemas, hacía endechas a sus enemigos o cantaba el Cielito Lindo a pulmón completo.
El “comandante” Chávez, el alumno prodigio del otro “comandante”, Castro, “el padre de la “Revolución” (y todas las revoluciones) de América Latina. Sorpresas de la vida: Chávez, el heredero, se va antes que su maestro, que su amigo, quien lo recibió en sus últimas semanas de vida, antes de las definitivas previas a su muerte, ya en Venezuela, a la que dijo amar y que todos vimos cómo se fue sumiendo en la pobreza, la confrontación y la locura...
Le llegó la hora a Chávez. La crónica de una muerte largamente anunciada, anunciadísima y de la que todos vimos los intentos que llevó a cabo para huirle, para escaparle, para ganarle a una enfermedad que suele ser intempestiva y, a veces, más guerrera que quien la padece. Lo mismo al interior del gobierno venezolano, que de la mano de Castro o de Evo Morales, agotar las posibilidades en la lucha y, de paso, en el plan permanente de no dar señal de debilidad a sus enemigos pues, como todos los que padecen el “síndrome de hubris” (creerse más grande y poderoso de lo que verdaderamente se es), representaba asumir una derrota que para él era la derrota de una vida entera.
Hugo Chávez muere y ya se anuncia como el nuevo héroe de un país que lo hizo Presidente varias veces, que no lo vio rendir protesta para su último mandato, que le llora en las calles y que, aunque no entendamos los porqués, le aplaudió, en mayoría, las ideas de un mejor país y que estuviera peleado con el ritmo al que gira el resto del mundo. Ideas que hoy tienen a Venezuela sumida en algo muy parecido a la miseria, con unos niveles de inflación incontrolables, con una polarización social altamente peligrosa.
La última jugada de Chávez y su gobierno la escuchamos en la voz de Nicolás Maduro, horas antes a la muerte del Presidente. Fue la última y en la que pareció que los límites de la locura fueron rebasados y que tuvo como hilo conductor, más que la salud de Hugo Chávez, una distorsión neurótica, paranoide y ego centrada de la realidad: “Los enemigos históricos de nuestra patria buscaron el punto para dañar la salud de nuestro comandante...”, decía ayer el vicepresidente, horas antes de anunciar lo inevitable.
Con la muerte de Chávez deberemos entender que con más velocidad se derivarán consecuencias respecto a esta declaración, para darle al menos algo de credibilidad a esta teoría conspiradora, pues ya hasta llamaron a una comisión de científicos para que la avale. Y así es como se abre otro capítulo que hace más gruesa la, ya de por sí pesada, biografía de Chávez: el que se refiere al complot, al plan malévolo de los enemigos (entiéndase EU, a quien le mandan de regreso a su agregado militar), para acabar con el gobierno de Venezuela. Sin duda, ya nada podrá ser igual sin el estratega que hizo de Venezuela lo que es hoy, ese país latinoamericano coartado en sus libertades y que ahora tendrá que responderse y respondernos varias interrogantes, empezando por saber si el pueblo venezolano se polarizará más tras la muerte del mandatario, si habrá chavismo sin Chávez.
Nadie le podrá negar a Chávez esa cualidad para hablar frente a multitudes, su carisma y elocuencia (requisitos rigurosos para cualquiera que se desee ver como el “redentor” de cualquier patria). Lo tuve frente a mí en 2006, en su visita a México en plena campaña presidencial, le ofrecí un ramo de rosas amarillas —De parte de su admirador, AMLO, le dije... —No conozco a ese señor, me respondió (con ésa, su tan irónica sonrisa)... pero le agradezco y le agradezco mucho... en esos juegos de palabras, tan suyos, también.
Se fue Hugo Chávez y sobre las incógnitas que hay sobre Venezuela quedan también otras sobre Latinoamérica: ¿Quién será el nuevo líder del “Eje de Izquierda” que Chávez encabezaba en dicha área del continente? ¿Quién será el “sucesor” de Castro? ¿Quién será el nuevo maestro del autoengaño?
“Y, al final, el autoengaño es lo único realmente compartido: el del dictador y el de su pueblo…”, esto narraba yo, en 2009, en el mismo texto citado al inicio... y es que, sí, al final, eso, además de la incertidumbre por lo que vendrá, será acaso la única herencia que Chávez le haya dejado a su pueblo. Su sueño bolivariano, un sueño construido sobre la locura...
