Y, ¿dónde está la oposición?
Víctor Beltri
Los regímenes democráticos establecen mecanismos de control para evitar los abusos de quienes ejercen el poder. 11/03/2013 01:54
El poder necesita contrapesos, necesariamente. Si bien es cierto que el Estado tiene la facultad, y la obligación, de ejercer el poder para lograr sus fines, dentro del marco de la ley, la tentación de excederse de éstos límites es indudable.
Los excesos del poder no siempre obedecen a la megalomanía o la fatuidad del gobernante en turno. El ejercicio del poder, en un contexto de metas claras, puede ser la fuente misma de la Razón de Estado: la consciencia de la potestad, y un proyecto de nación bien definido, pueden lograr que un mandatario supedite los medios a la consecución de los fines. Nada más peligroso.
Los regímenes democráticos modernos establecen mecanismos de control, y candados legales, para evitar los abusos en los que pueden caer quienes ejercen el poder. Sin embargo, estos pueden burlarse de manera relativamente sencilla a través de medidas populistas, que garanticen el respaldo de la gente, y reformas legales al uso, que adapten el deber ser a la voluntad de un grupo determinado. Es por esto que el rol que juega la oposición es vital en cualquier democracia, no sólo a nivel legislativo o de uso de tribuna, sino de construcción efectiva de los contrapesos de poder y de cooperación con el mandatario en turno cuando así sea preciso.
Sin oposición no hay democracia. En los regímenes autoritarios, la oposición es, o bien una mera comparsa creada desde el poder, que se pliega a los deseos de quien lo ostenta, o un grupo de idealistas que buscan transformar a la sociedad a través de la solución de los problemas estructurales que la aquejan. Así era el PAN antes de que hace 40 años los doctrinarios perdieran la batalla ante los pragmáticos: los resultados de alejarse de los postulados iniciales son más que evidentes, cuando el PAN se debate en una crisis interna en la que no busca sino regresar al poder, antes que hacer de México un país más equitativo y en el que la riqueza se distribuya de manera más justa. El PAN que necesita el país parece más lejano que nunca, y para probarlo basta una ojeada a los diarios. ¿Qué tendría que hacer el PAN para responder a las necesidades de la sociedad actual? ¿Buscar triunfos electorales aun a costa de alianzas incomprensibles, como en la funesta etapa de César Nava? ¿Empezar desde cero, dejando atrás un legado del que ningún partido puede presumir? ¿Convertirse en una versión descafeinada de lo que fue? ¿En dónde están los grandes ideólogos, los hombres de acción, los visionarios que buscaban transformar a México? Que levanten la mano, porque a simple vista no se pueden apreciar.
En la izquierda el panorama es aun más desalentador. El partido que no ha sido capaz, desde sus inicios, de postular sino a dos candidatos a la Presidencia, una y otra vez sin éxito, debería entender que el modelo de gestión que plantea es, al menos, anacrónico. Las luchas internas por el poder los han desdibujado como una opción seria para el resto de la ciudadanía, y la estigmatización del capital privado y la riqueza los alejan de los postulados de una izquierda moderna, en la que la dictadura del proletariado ha sido ampliamente rebasada. En la izquierda moderna, las ventajas del libre mercado son reconocidas y utilizadas, pero se prima el bienestar social. Una izquierda moderna es capaz de generar riqueza para poder derramarla al resto de la sociedad y no, como aducen quienes se siguen manifestando en nuestras calles con pancartas que tienen varias décadas, se condena y estatiza a los ricos. Esto sólo conduce a la repartición de la pobreza.
Marcelo Ebrard parece comprender a la perfección el juego de los contrapesos en una democracia, así como el rol que debe de jugar una izquierda moderna en una sociedad como la mexicana. Tiene la experiencia de gestión de la Ciudad de México, y parece ser, hasta el momento, el único que podría plantear una opción diferente y viable a un PRI que, por otro lado, está haciendo las cosas de manera correcta. Manuel Mancera podría tener aspiraciones en 2018, por la posición que ocupa actualmente, pero tiene todavía un camino largo que recorrer, máxime que en estos momentos se encuentra haciendo gobierno y no política, en sus propias palabras. Y México lo que necesita es política, contrapesos, opciones de diálogo que arrojen nuevos puntos de vista sobre los temas que se dan por sentado. Propuestas que, quien pretende ser por tercera vez candidato a la Presidencia, no puede ofrecer de manera seria si sigue con el discurso de resentimiento y rencor, opacidad y hambre de poder que lo han llevado dos veces a ser derrotado en las urnas. El PRD se encuentra en una condición de debilidad, tribal y de discurso, que no le permite jugar el rol que la sociedad mexicana necesita en estos momentos. Exactamente como el PAN, aunque con la salvedad de que cuentan con alguien que podría darle un nuevo rumbo a un navío que se encuentra encallado. En el PAN, ni siquiera tienen eso.
El punto en estos momentos no se trata de la sucesión presidencial. El mandato del presidente Peña Nieto apenas lleva 100 días, en los que ha demostrado ampliamente que sabe ejercer el poder. El punto es que México necesita una oposición seria, que sirva de contrapeso al poder pero de impulso al buen gobierno. Una oposición como la que el propio PRI en su momento no supo ser. Y eso, hasta ahora, ni unos ni otros parecen entenderlo.
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