Soy prosaico

Oscar Benassini

21/03/2013 00:20

Soy prosaico

Incuestionable la presentación de Peter Greenaway como conferencista estelar en el XIII Congreso Arquine. El cineasta galés (Newport, Wales, 1942) vino a hablar de arquitectura y cine, precedido por sus innovaciones a la cinematografía, que muchos atribuyen a su formación original como pintor. Desde sus primeros documentales es posible advertir su inclinación por el arte abstracto, y desde luego su firme intención de filmarlo. Trabajos de mucha mayor trascendencia estética en ese género (Vertical Features Remake, A Walk Through H, 1978, The Falls, 1980), y más tarde algunas de sus películas más conocidas (El contrato del dibujante, en 1982, El vientre del arquitecto, en 1987, y tal vez la más popular: El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, en 1985) confirman su decisión de filmar privilegiando a la estética sobre la narrativa cinematográfica. Se ha mantenido ajeno al interés comercial, y ha sido objeto de críticas radicales en las que algunos expertos catalogan su trabajo como “anticine”. Greenaway ha señalado a la “esclavitud de la cámara” y a una “audiencia pasiva” como dos de las limitaciones más importantes de la cinematografía contemporánea. En Arquine disertó ampliamente sobre el cine y el espacio, y más tarde hizo algunas declaraciones que a mí me siguen sonando inadecuadas, motivadas por el afán de revolucionar a todo trance, e innecesariamente doctas para alguien que pretende apartarse de dogmas. Habló de los jóvenes como la “generación laptop”, y aseguró que ya no van al cine en tanto éste resulta “aburrido e irrelevante, asociándose desesperadamente a la idea del siglo XIX de contar historias”. A su juicio, 90% de lo que se ve hoy en el cine es basura, cifra que nada tiene de particular en tanto para él, 90% de las actividades humanas son basura. Habló de la pintura como un arte superior, y de las limitaciones del cine con esta pretensión estética: pantalla fija, cámara, guión y actores. Remató: “El cine es demasiado valioso para ser usado sólo para contar historias”. Aun si resulta desafortunada elección la de la laptop como el gadget emblemático de la juventud del siglo XXI, rebasada como ha sido por tablets y iPhones, su postura antinarrativa merece discutirse, en afán —dirá más de uno— de alegar y nada más, porque nadie pretende corregir al galés. Claro que las imágenes artísticas primigenias son las que ofreció la pintura, después fueron la fotografía y la cinematografía, al igual que en el reino de lo literario primero fue la poesía, el género puro, y más tarde la narrativa, a la que desde siempre se le llama prosa por eso mismo, porque contar historias es en esencia prosaico. Imposible negar el valor estético de la propuesta de Greenaway, habré concluido que soy en esencia un ente prosaico que en todo y para todo ve historias; las requiero. Pensé en cada lienzo que habré contemplado pensando siempre en la historia detrás del cuadro, en lo mucho que narran la escultura, los frescos y los murales, empeñados como parecen en los acontecimientos que les dieron lugar y que los prosaicos requerimos como referentes que han sido objeto de recreación estética. Pensé en las letras, en la pureza de la poesía y el modo en que la narración, especialmente la de ficción, dio al traste con semejante belleza. Claro que hay tantos poemas que cuentan historias, pero a mí se me habrá poblado la cabeza de cuentos y novelas, buenos, malos y peores que ahí se quedaron atorados para hacerme gente de chisme. Dar con la historia, tenerla, para luego decidir contarla; la forma resulta esencial pero lo sucedido jamás pierde ese encanto testimonial de la experiencia humana. Busqué al que pudiera ser tal vez el más puro de los cineastas, para que mis limitaciones culturales me condujeran al mismísimo Kurosawa, cultor como pocos de la imagen, pero inefable japonés shakesperiano contador de aventuras, drama y tragedia. Recordé su “Ran”, como si la estuviera viendo, la versión samurái que hizo de El rey Lear, y en mi imaginación no sucedió nada de lo que Greenaway le achaca al cine de hoy: “Se ha convertido en algo como papel tapiz; después de tres minutos ya no lo ves”. Yo sigo viendo “Ran”, hechizado por las imágenes, claro, pero seducido por la historia. Prosaico como me sé hoy, acepto seguir de cerca las novedades que promete el galés, pero no puedo liberar la conciencia de cientos, miles de historias imprescindibles, para poder gozar, como pretende Greenaway, de ese hipotético nuevo cine.

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