Nigger

Oscar Benassini

En esencia, Tarantino es el revanchista y reivindicador de siempre. 14/03/2013 00:30

Nigger

Cuando la gente me pregunta si fui a la escuela de cine, les digo: No, fui al cine”, Quentin Tarantino

 

Con la agenda cultural mexicana pendiente de reseñar, por delante ya el proyecto de ley de telecomunicaciones y su impacto en la difusión de la cultura, parece por lo menos irresponsable una columna dedicada a Django Unchained. Debo haberme enganchado en la palabra “nigger” y en la controversia que le suscitó a Tarantino, aunada a la columna de Xavier Velasco (Milenio). Si Xavier escribe “maricón”, ¿por qué no puedo escribir “negro”? Quentin Jerome Tarantino nació en Tennessee (1963), pero ha sido siempre ciudadano de Los Ángeles, California. Extraño producto de padre músico y actor neoyorquino con sangre italiana, y madre enfermera con sangre irlandesa-cherokee, fascinante la genética, el cineasta debe su nombre de pila al personaje de una sesentera serie de televisión: Quint el herrero en Gunsmoke (La ley del revólver, en México). Su infancia y adolescencia se nutren de las salas de cine y las mentiras que ahí se cuentan, destacando su fascinación por dos géneros: el western, en especial el de moda entonces, spaguetti, y los filmes de artes marciales, que mediante esa extrañísima mezcla caracterizan su filmografía. Tarantino abandonó la escuela antes de concluir su high school, y se puso a trabajar nada menos que en un negocio de renta de videos, su segunda escuela después de los cines. Escribe guiones y dirige películas hace 21 años, y todas han sido excelentes. Quién no hubiera visto Perros de reserva, Pulp fiction, Jackie Brown, Kill Bill (1 y 2) e Inglourious bastards, habrá de posponer Django hasta agotar las previas, para disfrutar —literalmente, y ahí reside el secreto, la fórmula infalible— de los matones que se llaman por colores, John Travolta bailando con Uma Thurman un rock and roll cuyas imágenes se han vuelto imprescindibles en la historia del cine, un antiguo saltamontes karateca, David Carradine, interpretando al villano absoluto, una aeromoza enredada con traficantes de armas y droga, y un revanchista grupo de judíos exterminando nazis. ¿Violento todo? Absolutamente. ¿Apología de la violencia? A muchos nos parece que no, y que por el contrario, si bien las imágenes suelen ser de verdad agresivas, tienen características estéticas únicas: balazos, sablazos, mutilaciones, explosiones, batazos, que resultan mera herramienta para una narrativa con un propósito que a mí me sigue pareciendo ingenuo. Tarantino, guionista inigualable, concibe aventuras de vaqueros con absoluta claridad en quiénes serán héroes y quiénes villanos, lo bastante inocentes siempre para que los buenos triunfen. Luego las dirige. Dos veces premio Oscar al mejor guión con Pulp Fiction y Django Unchained; Globo de Oro y premio BAFTA a ambas en la misma categoría, Palma de Oro en Cannes a Pulp Fiction. El asunto con Django no cambia grandemente, porque la fórmula sigue tan vigente como al principio. Se trata de un esclavo negro rescatado por un dentista alemán cazarrecompensas. Ambos se hacen socios y ganan el dinero suficiente para comprar a la mujer de Django, Broomhilda, esclava en una plantación en Mississippi, curiosamente llamada “Candyland”. No hace falta enumerar los recursos de costumbre, en esencia Tarantino es el revanchista y reivindicador de siempre, el justiciero de western o aventura de artes marciales, y todo ello lo exhibe el esclavo negro, para que “Candyland”, repleta de cadáveres, estalle en un caos absoluto, el mismo en el que explota la sala de cine de Infamous para matar a Hitler y su estado mayor; revienta la esclavitud como lo hizo el nazismo. Impecable el guión, inmejorable la dirección, tanto de los actores que Tarantino ya conoce (Samuel L. Jackson, Cristoph Waltz), como de los nuevos (Leonardo DiCaprio, Jamie Foxx). ¿La controversia? Tarantino ha recibido críticas por el uso del término “nigger”, considerado ofensivo para las personas de raza negra. Un cándido Denzel Washington habrá sido uno de los más prestigiados portavoces, mientras Samuel L. Jackson declara que no ha sido ofendido en modo alguno. Tarantino ha dicho simplemente que tiene derecho a escribir lo que quiera. Adviértase cómo la hipocresía es una peste universal. Nuestros supremos ministros defensores ponen el acento en la palabra “puñal”, como si el respeto a la diversidad racial y sexual radicara en las palabras y no en nuestras vergonzosas taras morales. Mejor vea Django. A cambio escribo de asuntos con verdadera trascendencia.

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