SOS para el H20

Nuestro país es de aquellos en que sus ciudadanos no tienen la confianza para tomar un vaso, llenarlo del grifo y beberlo.

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Yuriria Sierra 28/08/2014 01:48
SOS para el H20

Cuando hace años apareció una campaña llamada “¡Ciérrale!”, que buscaba crear consciencia sobre el uso correcto del agua, habremos pensado “Ay, ajá...”. ¿O qué otra impresión podemos tener si 30 años después de aquellos comerciales la situación del abastecimiento de agua en el país ha empeorado? Es evidente que todos los esfuerzos realizados en ese sentido han sido poco efectivos. Usted puede verlo todos los días en las calles. Aún hay quien lava sus autos o banquetas con manguera. Aún hay también quien realiza actividades diarias como cepillarse los dientes o bañarse, no sin antes dejar abierta la llave “en lo que se calienta”. En fin. El asunto es que han pasado tantos años y la conciencia al respecto no crece, pero el problema sí.

Ayer platicaba con José Cohen, director del documental H2OMX, un trabajo que realizó por cuatro años bajo una premisa: ¿Puede una ciudad con 22 millones de habitantes volver sostenible su relación con el agua? La respuesta es tristemente no. Y no lo es porque el Distrito Federal pasó de ser una ciudad construida sobre un lago, a ser una con mal abasto de agua. Hay colonias enteras cuyos habitantes deben corretear a las pipas o administrar lo más que pueden una cubeta.

Y si eso pasa en el DF, una de las ciudades más grandes y habitadas del mundo, imaginemos qué sucede en pequeños poblados al interior de la república. O en los territorios dedicados a la agricultura o ganadería. En sus escuelas.

Algunas instituciones de asistencia pública y privada se dedican no sólo a la concientización del uso del agua, sino también a apoyar a pequeñas comunidades para que ésta llegue a las casa de sus habitantes. El DIF de Veracruz, por ejemplo, a través de uno de los varios programas que tiene en marcha, coloca recolectores de agua de lluvia. Así, quienes habitan las viviendas en donde son instaladas, ya no tienen que caminar kilómetros por un par de cubetas. Claro que lo ideal es que cada comunidad, sin importar su densidad demográfica o su localización, debería contar con el servicio de agua como se tiene en las grandes ciudades, pero es justo su ubicación —en las profundidades de la sierra— lo que complica esto. Y es que para algunas de estas comunidades la única vía de acceso son largas horas en carretera y caminos maltrechos.

Sin embargo, el tener agua no es el único paso para la solución del problema. Tenemos el caso de los agrícolas afectados por la contaminación con 40 mil metros cúbicos de sustancias tóxicas en el río Sonora, y que afecta a más de 22 mil habitantes de siete municipios. Entre las sanciones, debidamente establecidas, y el escarnio público a los responsables, ¿quién regresará la utilidad a los millones de litros de agua que hoy están contaminados?

Nuestro país es de aquellos en que sus ciudadanos no tienen la confianza para tomar un vaso, llenarlo del grifo y beberlo. Por eso, aunque primero fue moda, hoy es un gran negocio y tenemos una gran variedad en tamaños de agua embotellada. Y si para beber la pensamos, imaginemos la magnitud del problema cuando hablamos de agua para uso diario en ciudades y comunidades.

El próximo 31 de agosto inicia la Semana Mundial del Agua, y lo más triste es que, además de su falta, nuestra consciencia sigue igual al respecto: las campañas se enfocan en instruir sobre su cuidado, y eso que ya han pasado tantos años y el agua en verdad se está acabando.

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