¿Qué sigue?

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Yuriria Sierra 20/08/2014 01:39
¿Qué sigue?

El periodo de reformas terminó. La ingeniería política del Pacto por México cumplió con su cometido. Con un oficio político que nunca le vimos a los panistas, el gobierno de Enrique Peña Nieto logró sacar adelante una ambiciosa agenda de reformas estructurales largamente invocadas (y postergadas) en el México democrático. Ya dijo Peña Nieto que no habrá más reformas de “gran calado” en lo que resta de su administración. Y se entiende: sacar éstas no ha sido un “día de campo”. Pero además de gerenciar y ordenar el proceso de puesta en marcha de las propias reformas, lo cierto es que quedan aún cuatro años por delante para este gobierno. ¿Qué es lo que sigue, pues?

Enrique Peña Nieto y, claro, el PRI, tienen lo que resta del sexenio para que la agenda del primer tramo les genere el suficiente capital político para buscar su permanencia en Los Pinos. Escribíamos aquí la semana pasada sobre los esperables cuestionamientos que la aprobación y promulgación de cada una de las reformas prometidas en el Pacto por México ha generado entre la población, y entre los potenciales inversionistas. No sólo respecto al camino de instrumentación de las mismas, sino respecto a la transparencia, legalidad eficacia y celeridad con que éste se lleve a cabo. Preguntas ligadas a la competencia, de respeto a la ley, de erradicación de la endémica corrupción de todos los niveles (y siglas partidistas) de gobierno en México, es más, hasta del papel que el combate a la inseguridad jugará en los ánimos de los inversionistas. Pero no sólo están esas preguntas, también las que tienen que ver con las capacidades del propio país y su acervo humano para llegar a la altura y exigencias que estas reformas suponen.

Ayer, por ejemplo, Bárbara Anderson escribía en su columna en Milenio sobre un tema importantísimo que va de la mano a la llegada de nuevas industrias que las reformas, sin duda, generarán. Decía: “Pero ahora, las buenas nuevas de inversión y crecimiento que prometen las reformas promulgadas (telecomunicaciones y energía) pueden hacer agua a la hora de llenar las vacantes que se necesitarán a mediano y largo plazo”. Y es que, nos explicaba de la mano de una especialista, México debe prepararse no sólo para el llenado de esas plazas, sino también para exprimir todo el talento que tiene y que no ha podido encontrar un escaparate apropiado para su crecimiento. Hasta los planes de estudio de las universidades deberán adecuarse a los empleos que, en teoría, deberán convertirse en parte de la oferta que traigan las nuevas industrias.

Y cuando pensamos en esos otros temas que traerán las reformas, a mi parecer, todo lo que se ejecute a partir de ahora, además de los resultados que esperan y que nos han contado desde el inicio del sexenio, deberá ser eliminar, o por lo menos reducir visiblemente, la brecha entre los estratos sociales. Algo que podría pintar menos complicado con un Revolucionario Institucional que, sin caer en discursos populistas como lo hacen muchas izquierdas en América Latina, sí está mucho más al centro que un Acción Nacional cuando estaba en el Poder Ejecutivo.

Si algo le hemos visto últimamente al gobierno federal es un cambio en un discurso mediático para acercarse a todos los estratos de la población. Por un lado, aparecen artículos en revistas tan prestigiadas como Time o The Economist y por el otro, él o su familia en portadas de revistas de la prensa dedicada a las notas “del corazón”, o más recientemente en entrevistas como la que concedió a un programa matutino para hablar de las bondades de sus reformas. Eso para el llamado “círculo verde”, pero para el “círculo rojo” ayer por la noche Enrique Peña Nieto apareció en un programa conducido por José Carreño Carlón, director del Fondo de Cultura Económica, para explicar lo mismo, pero evidentemente en un lenguaje mucho más especializado a como lo hizo en Hoy. Y está bien: cada “círculo” tiene sus preguntas y espera sus respuestas. Es decir, pareciera que lo inmediato a la etapa reformista es la divulgación de lo que se ha realizado en estos primeros casi dos años de gobierno y previo a su Segundo Informe de gobierno. Que no es mala estrategia, pero sin duda, y deberán estar conscientes de ello, eso significará mayores expectativas y reflectores mucho más precisos: ¿cuándo veremos la primera empresa creada a partir de las reformas? ¿Quiénes serán sus protagonistas?, etcétera.

Pero lo que es un hecho (y eso seguramente lo sabe Peña Nieto y su gabinete) es que los temas del sexenio lejos estarán, todos, de gravitar en torno a las reformas. Tantos temas que van desde el cuidado al medio ambiente hasta la agenda de derechos humanos, desde el combate a la pobreza hasta política cultural, desde debates agroalimentarios hasta los cada vez más frecuentes desastres provocados por la naturaleza. En fin, agendas tan amplias como nutridas. Todas ellas. La administración de Peña Nieto ya terminó, con éxito, su fase de profunda y muy pensada planeación reformadora. Ahora tiene, por delante, cuatro años para demostrar que el oficio político también es el arte de resolver exitosamente lo imprevisto...

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