La portada

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Yuriria Sierra 28/06/2014 01:05
La portada

                El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también, de sí mismo.

                OCTAVIO PAZ

 

Para entender las reacciones de la opinión pública tan inmediatas como explosivas, altoparlantes y desmedidas y muchas, incluso, obtusas en su nerviosismo, ante la aparición de Angélica Rivera y su hija Sofía en la más reciente portada de la revista Marie Claire, bastaría —casi— con haber leído el ensayo de Octavio Paz Máscaras mexicanas. Nadie como él para entender (y nombrar con absoluta exactitud) el “pathos” de lo mexicano: adoradores de “las formas” como una barrera que preserva la intimidad (propia y ajena) ante el embate (real o ficticio) de la mirada ajena, esa que en el imaginario mexicano desnuda y por lo tanto, vulnera. La máscara como una defensa (real o ficticia) ante el temor de la derrota. Y cuando hablo de máscaras, hablo de las que porta ese conglomerado al que llamamos “opinión pública”.

Una mujer, actriz de profesión, que aparece en la portada de una revista de moda (como lo había hecho ya con anterioridad tantas veces en su vida). Una mujer, esposa del Presidente de México (como lo han hecho tantas esposas de tantos presidentes en el mundo). Una mujer que, en todo caso, sorprendió por aparecer con un “look” mucho menos tradicionalista y claramente no regionalista como ése al que nos tenían acostumbrados las esposas de presidentes. Como bien se preguntó ayer mismo la periodista Robin Givhan en un extraordinario artículo aparecido en The Washington Post a propósito de la portada que aquí comentamos: “Las primeras damas son de la realeza, maternales y patriotas. Pero, ¿pueden también ser sexys?”, explorando y cuestionando el rol histórico que han jugado las esposas en la construcción identitaria de las presidencias en las democracias modernas.

Y la respuesta inmediata de los mexicanos, ayer mismo y a juzgar no sólo por las reacciones en las redes sociales, sino por los argumentos esgrimidos por la “comentocracia” mexicana, es que “no”: que la mujer del Presidente no puede ni debe ser frívola. Y mucho menos sexy. Y de ninguna manera, por ningún motivo, puede hablar de “poder”, como reza el balazo de la portada en Marie Claire.

Y aquí es donde regreso a Octavio Paz: “Sin duda en nuestra concepción del recato femenino interviene la vanidad masculina del señor —que hemos heredado de indios y españoles—. Los mexicanos consideran a la mujer como instrumento, ya de los deseos del hombre, ya de los fines que le asignan la ley, la sociedad o la moral. Fines, hay que decirlo, sobre los que nunca se le ha pedido su consentimiento y en cuya realización participa sólo pasivamente, en tanto que ‘depositaria’ de ciertos valores. Prostituta, diosa, gran señora, amante, la mujer transmite o conserva, pero no crea, los valores y energías que le confían la naturaleza o la sociedad. En un mundo hecho a la imagen de los hombres, la mujer es sólo un reflejo de la voluntad y querer masculinos. (...) En México, la mujer no sólo debe ocultarse sino que, además, debe ofrecer cierta impasibilidad sonriente al mundo exterior”.

El simple hecho de transgredir, con esta portada, el estereotipo de la “mujer mexicana” (y peor aún, el estereotipo de “la primera dama” mexicana), bastó para encender, consciente o inconscientemente, todas las alertas en el sistema de protección de la sique (y sus torceduras) del mexicano-ser-mexicano que tan extraordinariamente se han perpetrado gracias a la maquinaria colectiva del disimulo, la simulación y, sí, la hipocresía.

Los leía y los escuchaba. Esas voces que con todo lujo de banalidad califican de banal lo que en términos no sólo mediáticos, sino políticos responde a una evidente estrategia política de reposicionamiento de la familia Peña-Rivera. O Rivera-Peña. No es casualidad que el mismo día aparecieran en una portada Angélica Rivera y su hija proyectando una imagen femenina fuerte y empoderada, al tiempo que en el suplemento de sociales de El Universal vemos a un tierno, cariñoso y paternal Enrique Peña besando a su propia hija durante su graduación.

Esta Presidencia, en particular, no ha tomado una sola medida mediática improvisada: todos y cada uno de los pasos (particularmente si involucran entrevistas) son previamente analizados, sopesados y planificados. Hace tiempo que, evaluando todos los riesgos y beneficios posibles, no se permite un paso en falso que pueda afectar la imagen del Presidente y, por ende, tampoco la de su familia. El “por qué” y el “para qué” de estas dos portadas en particular, a mí, por lo menos, me parecen puntualmente evidentes. Pero al coro azteca —ya lo vimos en los estadios (y lo comentamos en este mismo espacio)— le fascina los rituales seudoguerreros que después le permita esconderse tras las gradas de sus múltiples ambivalencias.

“Hay tres cosas en la vida que nadie te puede quitar: tu libertad, tu esencia y tu dignidad; esta última es algo que las mujeres no debemos perder nunca”, es algo de lo que dijo Angélica Rivera en la entrevista concedida a Marie Claire.

Y ante esto, otra vez Octavio Paz: “Para los mexicanos, la mujer es un ser oscuro, secreto y pasivo. Ser ella misma, dueña de su deseo, su pasión o su capricho, es ser infiel a sí misma. La peligrosidad no radica en el instinto sino en asumirlo personalmente. Reaparece así la idea de pasividad: tendida o erguida, vestida o desnuda, la mujer nunca puede ser ella misma”.

Y por el sólo hecho de atreverse a serlo, Angélica Rivera debería de ganarse, si no nuestro aplauso (ese lo ganará sus acciones futuras), al menos nuestro respeto. El mío, contracorriente, ya se lo ganó.

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