¡Mexicanos al grito de “puto”!

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Yuriria Sierra 21/06/2014 00:57
¡Mexicanos al grito de “puto”!

El rito asume todos los riesgos del juego y sus ganancias, como sus pérdidas, son incalculables.

                OCTAVIO PAZ

 

Ayer se hacía una precisión bastante oportuna en redes sociales: el próximo Mundial de Futbol se realizará en Rusia. Y luego, otro en Qatar. ¿Qué hará la FIFA al respecto? Y claro que todo tiene que ver con la coyuntura de la investigación que aquel órgano deportivo realiza con respecto al mexicanísimo grito de “¡puutoooo!”, que ha sido el grito de guerra de la afición futbolera desde tiempos tan inmemoriales como los prejuicios de una sociedad históricamente catoliquísima y de probados y calados machos de piel de bronce. Ya ese cántico es idiosincrasia. Punto. Puto y punto. Y punto y aparte. Sin connotaciones homofóbicas (aseguran muchos de los machos buenos y liberales que integran la fanaticada Tricolor), ese ya muy nuestro alternativo himno nacional cada que el portero contrario despeja o cada que el árbitro “se pasa de lanza” con los nuestros. Y si no se pasa, también. Qué más da. Y contra Camerún, vaya que el árbitro nos hinchó el hígado. Y luego contra el anfitrión, Brasil, pues por qué no, qué bonito cantarles nuestra samba, tan mexicana. Tan sonora, armoniosa y exótica. Esquizofrenia nacional: porque no sabemos si gritamos “puto” por gay, “puto” por cobarde o “puto” por nomás. O “puto” porque nos da harta risa. ¿Y por qué nos da risa? Pues quién sabe, responderían los hombresotes, cerveza en mano, que probablemente en ese grito sublimen sus más callados nervios. Pero en fin, al fin y al cabo, tras tantos años, los “mexicanos al grito de puto” se volvió un ritual casi tan himnótico (de himno) como los “mexicanos al grito de guerra”. Despojado (o no) de su acepción primaria, el insulto pretende dejar de ser homodenigrante, para convertirse sólo en rito de amor (de la porra para sus ídolos, de la testosterona para la testosterona misma). Cosa curiosa, ¿no?

Pero la FIFA no resulta mucho más congruente que la porra brava de la tierra azteca. ¿Por qué tendría que hacer algo? Sencillo: si está dispuesta a meterse en temas de homofobia y en combatir la discriminación de un grupo que ha sido históricamente castigado y excluido del deporte que representa, debería entonces actuar en consecuencia. Si no permitirá que la palabra “puto” se entone en las gradas de los estadios, como parece es su objetivo, no debería entonces permitir que el próximo Mundial se realice en un país donde en meses pasados la homosexualidad se convirtió en un delito: Rusia. Y ni qué decir de Qatar, la sede del Mundial 2022, en donde la homosexualidad se castiga con pena de muerte. ¿Sobre esto no vale la pena actuar también? ¿No vale siquiera una postura?

Y claro, nosotros los mexicanos, con nuestras tantas ambivalencias. Las ideológicas y las semánticas (o sea, del lenguaje) para disfrazar muy bien las otras: las sexuales. Nuestra esquizofrenia que nace, crece, se desarrolla y se expande en nuestra naturaleza tan juarista como guadalupana. Por eso, se entiende (y hasta se perdona) ese famoso “puto” en el estadio.  ¿Y qué no es el “¡puto!” una palabra tan idiosincrática (y multisentido) como la famosa, tan odiada y adorada, repelida y añorada “chingada”? El español y las riquezas que los mexicanos le hemos aportado (desde nuestra pobreza para reconocernos en un lugar y lenguaje, de mayor precisión autoanalítica, autodiagnóstica y autocrítica). No, pues ¿pa’ qué?: si llamamos a las cosas por su nombre, entonces no vaya siendo que uno que no quiera reconocerse como lo que verdaderamente es, termine por caer en la categoría de “puto”. Mejor que “puto” signifique todo lo que pueda significar y no que termine por poner a un parroquiano de buenas costumbres frente al más enorme e inescapable de todos los espejos: la realidad. Y punto. Y puto y aparte.

Y para ambivalencias, insisto, las de la FIFA. No es casualidad que tan sólo un jugador de futbol soccer se haya animado a salir del clóset. Una federación que, si en verdad quisiera combatir la homofobia y la discriminación, bien podría empezar por lo que en la cancha ocurre, y no por la forma en la que la fanaticada estalla, reprimidamente y al grito de “puto”, disfrazando de consigna de Tánatos, lo que claramente pertenece al territorio del Eros...

Y puto el que lo lea (que al fin y al cabo, como dijo Octavio Paz: “La risa sacude al universo, lo pone fuera de sí y revela sus entrañas”).

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