Nuevo Laredo

La frontera norte mexicana comienza a recuperar su lugar como un lugar desde donde se aporta en muchos sentidos, como la cultura.

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Yuriria Sierra 28/03/2014 02:14
Nuevo Laredo

La frontera norte y su ambigüedad. La mezcla de culturas. Corridos y música de banda como fondo de calles y avenidas americanizadas. Tan cerca del sueño americano y tan profundas las heridas de una ola de crimen y violencia que ha hecho de toda la línea colindante con Estados Unidos, un trazo de sangre. Tijuana y Ciudad Juárez son dos ejemplos de ello. Ambas fueron por mucho tiempo un territorio donde era imposible la vida en un clima de paz. No había vida nocturna, no había ganas de permanecer ahí. Quienes habían llegado a tales huyendo del centro del país, regresaban por la misma razón y el doble de la decepción.

Estas líneas se escriben desde Nuevo Laredo, a donde vengo gracias a la invitación del periódico El Mañana, el más influyente de la zona y que cumple 90 años. Encuentro a una ciudad muy distinta a la que me esperaba. Claro, aún hay huellas de esa violencia, de esas notas diarias que daban cuenta de ejecuciones y venganzas de grupos criminales. Pero también está la ciudad que se ha levantado, que poco a poco ha ido dejando atrás esas noticias, que poco a poco y después de varios años ha comenzado a redireccionar su rumbo. Es una ciudad fronteriza que, al igual que Tijuana o Ciudad Juárez —aunque con distinta estrategia—, comienza a recuperar su papel como un cruce fronterizo más allá de la violencia y el crimen.

Hace un par de días, esta ciudad fue la sede para arrancar el programa “Somos mexicanos”, que dará asistencia a todos los ciudadanos que son deportados de Estados Unidos. Estuvo aquí el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong. Esto no habría sido posible si la ciudad siguiera sumergida en aquella ola de violencia. Aunque, si bien, no es una condición que haya desaparecido, sí es una que ha disminuido su recurrencia. Ayer mismo lo hablaba con quien me recibía a la llegada al aeropuerto: desde hace unos meses, la gente ya se siente más segura. Antes, me decían, para divertirse la gente tenía que cruzar la frontera y hacerlo en Laredo, Texas; o bien, conducir por dos horas y media hasta Monterrey. Ahora ya pueden hacerlo en su ciudad. Nuevo Laredo va recuperando su ritmo, uno propio, distinto al de otras ciudades fronterizas.

Y es que, cuando lo vemos. La línea que nos separa de Estados Unidos, a pesar de sus similitudes en condiciones, en cada tramo se ha ejecutado una estrategia distinta. Pienso en Tijuana, una ciudad que se ha convertido en escenario de corrientes culturales: diseñadores, fotógrafos, música. Es una ciudad que ha optado por el desarrollo de una cultura en sus jóvenes, que se ha convertido en una ciudad que los impulsa a explotar su talento. Es la península más lejana del país, pero que ha sabido explotar su condición y su ubicación, para convertirse en una punta de lanza de jóvenes que le apuestan a su trabajo, a su talento.

Ciudad Juárez de igual forma, de pasar a ser la ciudad identificada como la de los feminicidios, que entre 2008 y 2010 vio cerrar a más de diez mil negocios, que fue advertida por la autoridades estadunidenses como una de las más peligrosas del mundo; también ha visto resurgir su imagen: una  que no es sólo muerte, sino también esperanza en la región.

Nuevo Laredo, Tamaulipas, también ha realizado un trabajo importante, se comienza a reubicar como una posibilidad más allá del cruce fronterizo. La frontera norte mexicana comienza a recuperar su lugar como un lugar desde donde se aporta en muchos sentidos, como la cultura. La violencia sigue siendo una prioridad, pero ha comenzado a dejar de ser parte de ese “karma” del que habla Carlos Velázquez en su novela El karma de vivir al norte: las historias están ahí; sí, pero también está la posibilidad de construir unas distintas a la violencia. La frontera norte deja de ser referencia, comienza tomar su lugar.

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