Lost

Cuando conocimos la noticia, lo que sucedió en Malasia nos recordó, de forma inevitable, a la extinta serie de televisión.

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Yuriria Sierra 25/03/2014 01:26
Lost

Una de las más difíciles facetas de ser periodista y conductora de noticias es que hay eventos en los que te conviertes, inevitablemente, en narradora involuntaria de las que muchas veces no son meras historias de tragedia y de dolor, sino que también son incomprensibles. Ello magnifica las dimensiones del abatimiento humano: no entender el porqué de las tragedias, las hace doblemente insoportables. Y es justamente lo que ayer ocurrió de nueva cuenta: esas imágenes de profunda aflicción y desesperada incomprensión —ante el agotamiento de la esperanza, que se nutría del espacio que le aparta aquello que resulta casi inimaginable— tras el anuncio que ponía fin al deseo de hallarlos como fuera —secuestrados o perdidos—, pero vivos. Las familias de los 239 pasajeros del Boeing 777 de Malaysia Airlines se desgarraban ayer al enterarse, tras dos semanas de espera, que ya no había lugar para ese, acaso, su último recurso: la esperanza.

Y es que se nos ha repetido hasta el cansancio que más gente muere en la regadera que en los aviones. De 93 mil vuelos que hay al día en todo el mundo, ¿quién imaginaría que aquel que uno toma —o un ser querido— será el que caerá en el ínfimo, pero maldito punto de la probabilidad de tener un accidente? ¡Peor aún! Si hoy en día se puede localizar en cualquier parte del mundo un iPad perdido o robado, ¿cómo sería posible que un avión de esas dimensiones pudiera desaparecer, como cuando se hablaba del “Triángulo de las Bermudas”? ¿Cómo así, en pleno siglo XXI, cuando es posible geolocalizarnos a prácticamente todos los seres humanos que caminamos sobre la faz de la Tierra?

Cuando conocimos la noticia, lo que sucedió en Malasia nos recordó, de forma inevitable (y tal vez pareciendo frívolo, pero jamás irrespetuoso), a la extinta serie de televisión Lost (Perdidos): lo increíble de la realidad sólo podía ser comparado con la ficción. Y lo es porque en lo ¿absurdo? ¿inexplicable? de lo ocurrido, en la ironía estaba el punto de encuentro con aquella otra historia; no se trató nada más que de una serie de televisión. Justo esa, la no coincidencia, es la que nos despertaba tantas dudas y preguntas respecto al Boeing 777.

¿Cómo es que algunos familiares de quienes se encontraban a bordo aseguraban que al marcar a los celulares, éstos daban tono, pero nadie respondía? ¿Cómo se explica algo así? ¿Cómo se entiende que la tecnología es capaz de semejantes fallas que, bajo estas circunstancias, se convierten en un gran halo esperanza? Que hoy todos somos potencialmente espiados, nos han contado la CIA y Edward Snowden, ¿y durante 15 días no fue posible localizar esta aeronave?

Y es ahí donde el dolor se convierte en una herida de proporciones casi inimaginables: en el terreno del absurdo. En el lugar en el que, a pesar de toda la tecnología con que contamos los seres humanos, a pesar de nuestros intentos de controlar todo lo que parece controlable, siguen ocurriendo episodios en las pistas de lo absurdo. Y al final, la vida sigue diciendo que no somos tan invencibles como a veces nos sentimos frente a la vida misma. Y sí, sigue diciendo lo perdidos que estamos ante la vida y todas sus posibilidades, ésas que juramos que podemos dominar.

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