Vanidad del ajedrecista

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Yuriria Sierra 25/02/2014 02:15
Vanidad del ajedrecista

¿Qué razón puede ser tan fuerte como para que uno de los hombres más poderosos del mundo, —según la revista Forbes—, decida que bien vale la pena vivir “a salto de mata” entre la sierra duranguense y Sinaloa, en lugar de construir un refugio en cualquier otra sierra de cualquiera otra parte del mundo? ¿Qué razón puede ser jugosa como para que uno de los hombres más ricos del mundo decida seguir haciendo más y más dinero antes de usar su ya enormísima fortuna para vivir a sus anchas, alejado de la lupa con la que era permanentemente buscado? ¿Qué razón puede ser tan tentadora como para quedarse en el país, en el estado, o en la ciudad en los que seguiría teniendo todos los ojos encima? ¿Qué razón o qué adicción?

En una conversación que tuve hace varios años con José Luis Santiago Vasconcelos (qepd), cuando fungía como “zar antidrogas”, me dijo que si algo sabía de Joaquín Guzmán Loera era que, así como su alta capacidad intelectual era absolutamente evidente, también le resultaba obvio que su perdición no serían las drogas con las que edificó su imperio, ésta sería —me dijo— la vanidad, como en el más recurrente final literario. No sólo era el hambre de poder, sino tenerlo y ejercerlo (construir con él un laberinto del que, irónicamente, sería él quien no saldría de éste jamás). No sólo la debilidad por el dinero. No. La vanidad de El Chapo no era la de otros tantos de sus colegas: esa oda al mal gusto que va de la mano de la vil ostentación de relojes con piedras preciosas, coches de lujo y zoologicos privados. Tampoco la vanidad que es himno al más vulgar y pedestre narcisismo. No. La vanidad de El Chapo se miraba en el espejo de su inteligencia: probarse a sí mismo (y al mundo), que siempre se saldría con la suya... la vanidad de saberse un paso adelante de sus enemigos.

Pocos personajes han hecho de sí mismos un referente —para bien o para mal— dentro de la esfera en la que se manejan. Joaquín El Chapo Guzmán no sólo construyó uno de los cárteles del narcotráfico más peligrosos y poderosos del mundo. Hizo de sí, un personaje en tantos niveles. Lo mismo dentro del crimen —¿cuántos enemigos?—, que de los mundos mediático, político y social. La revista Forbes se atrevió a hacer un cálculo de su fortuna (dato sin fundamentos probados, según me dijo en entrevista Alejandro Hope —especialista en temas de narcotráfico y seguridad—), que lo incluyó en la lista de los más poderosos del mundo. Así tan pesada era su figura en el mundo, que tras la muerte de Osama bin Laden, ocupó el lugar número uno de la lista de los más buscados por las autoridades de Estados Unidos. ¡Qué halagador debía resultar escapar, una y otra y otra vez para el único hombre que ya había logrado fugarse de un penal de máxima seguridad! ¡Qué halagador dejar siempre una “sopita aún caliente” a los encargados de realizar los operativos para su “recaptura”! ¡Qué halagador ser el Houdini del crimen mexicano y del mundo! ¡Qué halagador ser el Kasparov de la mafia internacional, el jugador de partidas múltiples (contra sus narcoenemigos, contra el Estado mexicano, contra la DEA y Estados Unidos)! ¡Qué halagador, para un ajedrecista, jugar al peón que salió de Puente Grande y movida tras movida se convertió nuevamente en “reina” indiscutible del tablero!

Y es ése es, me parece, el dato escencial en la biografía (al menos la que se conoce) de El Chapo: disfurtar como nadie jugar el ajedrez. A eso dedicó su tiempo durante sus años de estancia en Puente Grande.

Durante las horas que le han seguido a su captura se han descubierto algunos detalles más de cómo El Chapo logró escapar de la justicia desde su fuga en 2001: una red de túneles por debajo de Culiacán y de Mazatlán, así como los protocolos de seguridad con los que operaban él y sus escoltas. A casi todos sorprendió que su recaptura se diera en un modesto departamento y no en una fastuosa residencia como aquellas a las que nos tiene acostumbrados la caricatura de los narcotraficantes.

Más allá de discutir ahora sobre el futuro de su cártel, sobre la probable balcanización del mismo y el anticipable incremento de la violencia (de lo que ya escriben mis conocedores colegas) yo no paro de preguntarme ¿cuál será la siguiente jugada de este ajedrecista? ¿Esta reaprhensión ha sido un jaque mate? ¿O considera que todavía tiene algún enroque posible?

Por lo pronto —e inmediatamente— la defensa de El Chapo comenzó a buscar un amparo para evitar su extradición. Joaquín Archivaldo Guzmán Loera quiere quedarse en México, así sea en un penal de máxima seguridad. Tal vez porque si ya pudo escapar una vez... ¿Qué adicción mantuvo aquí al buscado traficante de adicciones? El tablero, la adicción a la siguiente movida... Y es que como dice Dominic Lawson (uno de los más grandes conocedores de la teoría del ajderez): “Nada excita más a grandes ajedrecistas aburridos que una novedad teórica”.

Pero “el ajedrez es, ante todo, vanidad”, dijo el gran Alexander Alekhine. No debemos olvidar, que  pecado favorito del Diablo es, la vanidad... Y si bien el ajedrez es la más placentera de las drogas, la vanidad es la más dura de todas ellas...

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