Un clásico entre desconocidos

Crescencio Salcedo y Tony Camargo, de clase popular

El concepto clásico de la palabra “clásico” es, en términos bastante generales —y, por supuesto, discutibles—, “digno de imitación”. Por ello no lo usaré en este caso. Más bien me es útil una acepción un tanto sesgada o lateral, pero congruente con su etimología: clásico tiene su raíz en “clase”. Y vaya que las trayectorias de Crescencio Salcedo y Tony Camargo están sustentadas en una sola y auténtica clase: la clase popular.

Quien dice no conocer su interpretación clásica de El año viejo miente… o bien no es latinoamericano, que también es una posibilidad evidente.

Para quien no la conozca, que los hay, les dejo un pedacito de letra y así quizá se la aprendan o, con un poquito de memoria musical, comiencen a tararearla: “Yo no olvido al año viejo / porque me ha dejado cosas muy buenas / ¡Ay yo no olvido al año viejo! / Porque me ha dejado cosas muy buenas. / Me dejó una chiva, / una burra negra / una yegua blanca / Y una buena suegra…”.

¿Ya se acordaron? Pues cómo no habrían de acordarse, si apenas ayer, en pleno festejo para despedir a este sádico 2016, la escucharon —y hasta bailaron— hasta que les dolieron los pies.

Pero vayamos paso a pasito, pues la historia de esta versión tiene una doble rama: el intérprete que llevó este peculiar one-hit wonder a la cúspide del éxito (un éxito de temporada, pero vigente) y su creador, quien no sólo compuso esta añeja manifestación de agradecimiento al año que se acaba, sino que fue prolífico en su andadura musical.

Veamos. En el lejano 1953, ya Camargo era Camargo —es decir, un vocalista de respeto— cuando en una gira por Venezuela, se cuenta, escuchó esta canción compuesta por un colombiano que, por cierto, recién cumplió 40 años de haber fallecido. Se trata del músico colombiano Crescencio Salcedo (nacido en 1913 y muerto en 1976).

Entre sus composiciones se cuentan algunas muy conocidas que, de tan conocidas, se puede llegar a pensar que son del dominio público. Pero no. Ahí está por ejemplo, El cafetal: “Aunque la gente vive criticando /me paso la vida sin pensar en ‘na’. / Pero no estás viendo que yo soy el hombre / que tengo un hermoso y lindo cafetal. / Nada importa que la gente diga / que no tengo plata, que no tengo ‘na’ / Pero no estás viendo que yo soy el hombre / que tengo mi vida bien ‘asegurá’”.

Y otra, cuyo título omitiré por ser obvio y que llevó a las alturas de la gloria popular el gran cantante cubano Benny Moré, mejor conocido por su nombre de pila: el tremendísimo Bárbaro del ritmo: “La múcura está en el suelo mamá no puedo con ella. / Me la llevo a la cabeza mamá no puedo con ella. / La múcura está en el suelo mamá no puedo con ella / Me la llevo a la cabeza mamá no puedo con ella”. Y es que en realidad el hombre no puede con ese cántaro lleno de agua, ¡caramba!

Y una canción más por si hiciera falta rendirle tributo a la memoria y creatividad de Salcedo: el famoso Caimán que este esforzado redactor escuchó decenas de veces de niño en los camiones que lo transportaban a Acapulco con buena parte de la familia: “Lo que come ese caimán es digno de admiración / Lo que come ese caimán, es digno de admiración / Come queso y come pan, y toma tragos de ron / Come queso y come pan, y toma tragos de ron / Se va el caimán, se va el caimán, (se va para Barranquilla) / Se va el caimán, se va el caimán (se va para Barranquilla)”.

¿Verdad que don Crescencio es un músico inolvidable? Bueno, quizá su nombre se haya disipado del mapa musical guapachoso, pero vaya que su obra pervive. ¿O no?

Ahora bien, volviendo a nuestro tema de inicio, El año viejo, habrá que referirnos a la otra parte de la pinza musical que permitió tamaño éxito: el cantante mexicano Antonio Camargo Carrasco, quien acaba de cumplir 90 años y, según se sabe, radica actualmente en la capital yucateca, ciudad en la que formaba parte hasta hace no mucho de la tradicional Orquesta Jaranera del Ayuntamiento de Mérida.

Durante su longeva trayectoria, también es sabido, cantó otros éxitos inamovibles del repertorio tropical. Tal es el caso de La engañadora, inmortalizada también por el creador del chachachá, Enrique Jorrín (de quien por cierto el pasado 25 de diciembre se cumplieron 90 años de su natalicio), o El negrito del Batey, de Medardo Guzmán.

Además de ello, Camargo compartió giras y grabaciones con una multitud fulgurante de artistas populares que han vencido el paso del tiempo: Dámaso Pérez Prado, Los Tres Ases, Los Hermanos Martínez Gil y hasta Agustín Lara.

Sin embargo, el mejor de mis recuerdos de Tony Camargo en ese inmarcesible manifiesto de amor incondicional llamado Mucho corazón, en donde hace un acompañamiento supremo, en la primera voz, al ya mencionado —y gigantesco vocalista cubano— Benny  Moré: “Yo, para querer, no necesito una razón… me sobra mucho, pero mucho, corazón”.

Luego entonces, ¿verdad que Tony Camargo sí cantó otros temas? ¿Verdad que la tesitura del nacido en Guadalajara en 1926 también se escucha en otros éxitos de altura mundial?

Bueno, ya para dejar en paz a la memoria musical, sólo brindo —con la copa alzada— un último dato: Tony Camargo y Crescencio Salcedo se escucharon en vida, por supuesto, pero —al menos eso dice la leyenda popular— jamás tuvieron el placer de conocerse personalmente. Eso es hacer un éxito a ojos cerrados.

Estribo y cuenta

Ahora sí para cerrar este tremebundo año, que tiene horas de fenecido, deseo a todos los lectores de Excélsior un espléndido 2017, que arranca hoy sin sobresaltos. Si no es tan espléndido, al menos tengan la confianza de que aburrido no será. ¡Parabienes y salud!

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