No era penal

La tecnología se pone del lado del espectador, quien puede juzgar desde la tribuna, por medio de su teléfono celular.

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Víctor Beltri 07/07/2014 01:30
No era penal

El campeonato mundial de futbol se acerca a su culminación, en un formato que difícilmente volveremos a ver dentro de cuatro años. Al margen de la desorganización resultante de empatar intereses políticos y deportivos, por parte del país anfitrión, el juego mismo habrá de sufrir cambios en sus reglas y aceptar, por fin, el uso de la tecnología para reforzar las decisiones arbitrales.

Es la evolución natural tras las grandes injusticias que el mundo entero vio, menos el árbitro. Desde el mordisco de Suárez o el rodillazo a Neymar, hasta el penalti inexistente de Robben que mandó a nuestro equipo de regreso a casa. La tecnología se pone del lado del espectador, quien puede juzgar desde la tribuna, por medio de su teléfono celular, los distintos ángulos de cada jugada prácticamente en el instante. Los comentarios que anteriormente tenían un alcance limitado ahora adquieren una resonancia inusitada en virtud de las redes sociales, y los ambientes se caldean al unísono en contra de quienes representan a la autoridad dentro del terreno de juego.

Los árbitros se encuentran, sin embargo, completamente aislados. Suponiendo sin conceder que las decisiones arbitrales no están sesgadas a favor de alguno de los contendientes, la presión que recae sobre el hombre del silbato debe ser insoportable al saber que cada uno de los espectadores cuenta con más información sobre lo que ocurre en la cancha que él mismo, y que su actuación será juzgada, siempre, de forma implacable y utilizando, ahora sí, los medios tecnológicos más avanzados. Esto, en un entorno de presunta corrupción como el que rodea a la FIFA, y tomando en cuenta la trascendencia de un evento que puede marcar derroteros no sólo deportivos sino políticos, es a la larga insostenible.

La tecnología empodera al ciudadano y lo convierte en protagonista, más que espectador. Le da elementos de juicio, le permite comunicarse con sus pares y cuestionar la actuación dudosa de la autoridad. La tecnología se ha convertido en una herramienta para evitar abusos y denunciar lo que no es correcto: es, a la vez, el principal factor para cuestionar victorias con halos de injusticia, o para sancionar a posteriori conductas antideportivas. Resulta verdaderamente incomprensible que los recursos tecnológicos disponibles no sean utilizados con más frecuencia, a menos, claro, que la ambigüedad de las decisiones y la posible manipulación de los resultados sea más norma que excepción. Lo cual sería, en sí, gravísimo y le restaría toda la credibilidad a una competencia de por sí desgastada y con visos de obsolescencia.

Es de esperarse que las cosas cambien, sin embargo. La transparencia producto de los avances tecnológicos es incompatible con el anacronismo de las reglas y, ha sido tal la indignación suscitada, la flagrancia de las faltas, la repercusión de las injusticias y el cinismo de quienes se aprovechan del esquema actual de competencia, que se corre el riesgo de desvirtuar el juego mismo. En México, para no ir muy lejos, la frase “no era penal” se ha convertido en un mantra repetido millones de veces en las oficinas, en las charlas de café, en los recesos de las universidades y escuelas. En las declaraciones de políticos y empresarios que se suman a un reclamo que, por otra parte, no parecen estar dispuestos a atender en los hechos.

“No era penal”, declaran orondos quienes se aprovechan de la opacidad y anacronismo de las reglas para favorecer sus propios intereses, sin darse cuenta de que sus enjuagues son cada vez más aparentes. Quienes no entienden que la tecnología también llegó a la política y nos permite la repetición instantánea de sus tropelías. Quienes no escuchan a la ciudadanía, quienes ponen trabas a la transparencia en sus propios ámbitos. Quienes se comportan como árbitros parciales a plena luz del día, quienes no han comprendido que la tribuna ya no es un ente amorfo al que se puede manipular a su antojo. Quienes no han sabido rendirse ante la evidencia de lo disparatado de sus decisiones y persisten en errores y corruptelas que han causado miles de muertos o la pérdida de productividad de nuestra industria. Hermanos incómodos, hijos adoptivos que se enriquecen, obras faraónicas cuya información financiera se reserva por decreto hasta que ya no puede tener consecuencias políticas. Corrupción que, no se han dado cuenta, la ciudadanía percibe y está dispuesta a castigar puntualmente en las urnas.

La sociedad está despertando y cuenta con las herramientas necesarias para expresar su opinión y cuestionar decisiones obscuras. Los escándalos de nuestros tiempos ya no quedan impunes, y la transparencia y rendición de cuentas deben dejar de ser conceptos teóricos para convertirse en prácticas habituales. Como debe ocurrir en el futbol. La indignación reflejada en el “no era penal” de estos días deberá convertirse, mañana, en un “no era el ISR” o en un “no era el no circula” que ya no podrá ser ignorado como hasta el momento por quienes viven en un mundo que no atiende sino a los intereses de unos cuantos. De lo contrario, la arrogancia de los dirigentes, ya sean deportivos o políticos, terminará por dar al traste con la credibilidad de instituciones que, como la FIFA y algunos partidos políticos, parecen vivir en un mundo que cierra los ojos ante la exigencia de un fair play verdadero.

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