Corrupción, siempre la corrupción

Entre 1970 y 2010 México generó flujos de salida de capital ilícito que representan una media anual de 5.2% del PIB.

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Víctor Beltri 30/06/2014 01:39
Corrupción, siempre la corrupción

No cabe duda que México es un país de coyunturas. Para no ir más lejos, la semana pasada hablábamos, en este mismo espacio, de los efectos perniciosos de la corrupción en la economía nacional. Hoy, siguen corriendo los ríos de tinta sobre las grabaciones reveladas en días pasados y que tuvieron como consecuencia la defenestración de una de las legisladoras más activas en torno al tema de la Reforma de Telecomunicaciones.

Las redes sociales fueron implacables en la construcción del linchamiento de turno: a los audios siguieron los mensajes de indignación y, posteriormente, los chistes y burlas alrededor de quien en su momento también ha sabido aprovecharse de la opinión pública para sus propios fines. Las entrevistas y declaraciones, que comenzaron como un yermo intento de control de daños, terminaron con el mutis de quien asumió el golpe y se retiró con una frase que pretendía ser lapidaria: que se excusen los demás también.

El daño estaba hecho, sin embargo, y la frase de despedida no tuvo más repercusiones. Ninguno de los aludidos se excusó obedeciendo las recomendaciones de la legisladora en desgracia, pero tampoco nadie duda de que la aseveración tiene más fondo del aparente. Es un hecho: nuestros legisladores, nuestros representantes, nuestros gobernantes, tienen intereses particulares, y de terceros, que rigen su actuación dentro y fuera de los órganos legislativos. El caso más patente no es el de la diputada en cuestión, pero sí proviene de su mismo partido, con el oprobioso incidente relativo al diputado con nexos con el crimen organizado que fue ocultado en el recinto legislativo, y protegido por sus propios correligionarios, en el momento más álgido de la sangrienta guerra contra las drogas que enlutó y caracterizó a la administración pasada.

En aquellos momentos, los encubridores de quien hoy sigue prófugo trataron de justificar sus acciones con argumentos pueriles. Lo mismo que hicieron quienes ahora se desgarran las vestiduras, cuando les tocó explicar el departamento en Polanco de su jefe nacional, o la deuda injustificable del estado de Coahuila. Mismos argumentos que han llevado a reservar la información sobre los segundos pisos o sobre el famoso padrón de los viejitos capitalino. Desde el gobernador jalisciense que regala a la iglesia lo que no es suyo hasta el expresidente que ahora promueve —literalmente— los frutos de la ineficiencia de su gobierno. Y ni hablar del atentado estético en el que se desperdició la oportunidad de oro del Bicententario y que tuvo un costo faraónico. Todo es justificable en la cultura de quien no rinde cuentas, de quien no siente que deba explicaciones a la ciudadanía, de quien se ha olvidado que la corrupción es anomalía y no regla.

Es necesario repetirlo, y hacerlo con claridad. La corrupción nos afecta y ha frenado nuestro desarrollo de forma brutal. Como mencionamos la semana pasada, de acuerdo con el Índice de Fuentes de Soborno, publicado por Transparency International, entre 1970 y 2010 México generó flujos de salida de capital ilícito que representan una media anual de 5.2% del PIB. Miles de millones de pesos fruto de la corrupción, y que están repartidos en unas cuantas bolsas que ahora son miradas con respeto sin importar su origen ilegítimo. México parece soportarlo todo, y estar dispuesto a perdonarlo al cabo de unos años. ¿O alguien se acuerda de los escándalos de corrupción de hace diez o 20 años? Ciertamente la justicia no, puesto que los protagonistas de los mismos se exhiben en nuestras calles con, si es posible, más desparpajo que antes.

Es urgente hablar de estos temas. Es urgente forjar consciencia del papel que tiene la corrupción como obstáculo al desarrollo. Sobre todo en estos tiempos, en que, como también mencionamos la semana pasada, el gobierno federal está manejando uno de los mayores presupuestos de ingresos de la historia, con montos de alrededor de 4.4 trillones de pesos. Y no sólo eso, sino que en estas circunstancias el futuro de la Secretaría de la Función Pública es incierto, y la Ley Federal Anticorrupción en Contrataciones Públicas deja lagunas peligrosísimas en lo referente a las empresas productivas del Estado como Pemex o la CFE. La iniciativa de ley secundaria elimina la instancia de inconformidad para impugnar ilegalidades en los procesos licitatorios, y la normatividad aplicable en cuanto a la designación y actuación de los órganos encargados de prevenir la corrupción tiene como resultado, en términos llanos, que el vigilante termina dependiendo del vigilado.

¿Grave? Gravísimo. No es redundante afirmar, en un tema tan importante como éste, que la corrupción es el problema más acuciante que enfrentamos como sociedad. De nuevo: en México, de acuerdo con la más reciente encuesta de PricewaterhouseCoopers, 47% de las empresas mexicanas consideran a la corrupción como el mayor riesgo al hacer negocios globales; 25% reporta que se les ha solicitado algún tipo de dádiva para efectuar un negocio, y 33% indica haber perdido un negocio aparentemente a causa de sobornos de la competencia.

Hoy, la lotería que pretendía sacarse la señora Carpinteyro llena las planas. Lo que no nos damos cuenta es que ella no encarna per se la corrupción al interior del Poder Legislativo, sino que su actuación es más síntoma que causa. La figura del fuero ha convertido al Poder Legislativo en un bajel que navega con patente de corso y está dispuesto a venderse al mejor postor. Algo tiene que cambiar, o probablemente todo: desde la imputabilidad de los legisladores hasta los candados que impidan la venta —o renta— de lealtades.

Los números no mienten, y la corrupción ha pasado una factura que se refleja en la pobreza de nuestra gente y el subdesarrollo de nuestra economía. Es urgente que se ponga en la agenda legislativa la ley anticorrupción, como lo ha venido exigiendo la Cámara Internacional de Comercio en las últimas semanas. De no hacerse así, las reformas estructurales emprendidas en los meses pasados simplemente no servirán de nada.

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