Conspiraciones y poder

A México, como a la caja negra del MH370, se le está acabando el tiempo para aprobar las importantísimas leyes secundarias.

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Víctor Beltri 31/03/2014 01:33
Conspiraciones y poder

                Para Silvana e Isabella, como siempre.

 

Los días pasan y las noticias sobre el vuelo MH370 de Malaysia Airlines comienzan a menguar en los principales diarios internacionales. La razón es sencilla: simplemente no hay nada que informar. El avión desapareció sin dejar rastro alguno, y se desconoce la suerte que puedan haber sufrido los 227 pasajeros y 12 miembros de la tripulación que se encontraban a bordo.

Es un suceso que ha generado interés, y preocupación, en el mundo entero. Es natural: con los recursos tecnológicos disponibles en la actualidad, es difícil creer que un aparato de tales dimensiones simplemente se haya esfumado. La búsqueda se ha realizado agotando, una a una, todas las posibilidades y sumiendo a los familiares de los desaparecidos en la impotencia y la rabia. Los comunicados oficiales, las hipótesis y las teorías de la conspiración poco han ayudado a arrojar más luz sobre un asunto que en realidad nos concierne a todos: en una época marcada, además de por los adelantos tecnológicos, por una creciente preocupación por la seguridad de los vuelos. Tras los atentados terroristas de principios de siglo, las nuevas medidas de seguridad se convirtieron en una pesadilla, misma que parece resultar inútil ante la incertidumbre actual.

Sin embargo, y cada vez con más frecuencia, una posibilidad inquietante ha saltado, de los rincones de la red proclives a las teorías de la conspiración, a los escritorios de analistas más serios. El planteamiento es sencillo y temerario: de acuerdo con esto, al menos un gobierno sabría el paradero del avión y estaría contemplando, en silencio, los avances infructuosos de una búsqueda que cada vez se vuelve más frenética.

La historia comienza el 8 de marzo, cuando el MH370 despegó de Kuala Lumpur con destino a Beijing, a primeras horas de la madrugada. Tras la última conversación con la torre de control, los aparatos de comunicación empezaron a dejar de emitir señales uno a uno hasta finalmente apagarse. La última vez que se tuvo algún tipo de contacto se detectó un giro que realizó desviándose de su ruta.

Eso es todo. Ni rastros de un accidente, ni grupos terroristas que se atribuyan un posible atentado, ni nada más en absoluto. Era de esperarse, en una situación así, que se dispararan en un instante todo tipo de teorías, a cuál más disparatada. Desde quienes veían en la desaparición la mano de grupos inconfesables hasta los que sin más aducían la intervención de seres de otros planetas. Sin embargo, una de ellas ha ido ganando terreno, como decíamos al principio.

De acuerdo con los defensores de esta teoría, si bien se puede descartar la influencia de algún gobierno en la desaparición, no puede decirse lo mismo sobre la información que al respecto se ha conseguido. Y es que en un ambiente de guerra fría tecnológica entre las grandes potencias, los satélites militares tendrían la capacidad de recabar, y procesar, la información necesaria para saber qué fue lo que ocurrió exactamente, pero no estarían dispuestos a liberarla para que sus adversarios políticos, económicos y comerciales no sepan las verdaderas capacidades con que se cuenta. Sí, teoría de la conspiración, la sempiterna premisa del gran hermano que lo ve todo, los gobiernos que velan primero que nada por el poder y no por los ciudadanos. Pero, tal vez por eso mismo, lo suficientemente plausible para algunos.

Así, los gobiernos contemplarían, en el más absoluto silencio, cómo la búsqueda sigue pistas falsas y la desesperación aumenta, mientras las baterías de la caja negra se van consumiendo y se reducen las probabilidades de encontrarla y saber qué fue lo que ocurrió. La mera posibilidad es escalofriante, puesto que representaría la sumisión del interés común, encontrar el avión, a intereses particulares, el manejo y suministro de la información de acuerdo a fines políticos.

Es casi imposible leer sobre la desconfianza mundial hacia los gobiernos, en el sentido de que su misión parece ser más conservar el poder que procurar el bien común, sin que comiencen a brotar las referencias a lo que ocurre en nuestro país. Porque, ¿podemos confiar en que nuestras autoridades serán capaces de poner el bien común sobre los intereses particulares? La historia reciente parece afirmar lo contrario, y como muestra basta observar la cena de negros en que se han convertido las elecciones internas de los partidos de oposición. O bien, ¿podemos confiar en que nuestras autoridades nos han dicho la verdad sobre las tragedias que han enlutado nuestra vida nacional? La lucha en contra del crimen organizado nos acaba de ofrecer una perla en forma del delincuente que murió dos veces debido a datos imprecisos. O, al menos, ¿podemos estar seguros de que nuestros recursos son utilizados con probidad y de manera responsable? El vergonzoso asunto de la Línea 12 del Metro habla por sí mismo. Y como estos asuntos, podemos mencionar muchos más: muerte de candidatos, de secretarios de Estado, deudas multimillonarias contratadas con documentos falsificados, fugas espectaculares de reclusorios de alta seguridad, liberaciones concedidas a delincuentes confesos. O, lo que es más importante todavía, en estos momentos, ¿se está haciendo un esfuerzo serio para aprobar las leyes secundarias que verdaderamente reflejen el espíritu de las recientes reformas constitucionales? Nada, nada absolutamente, abona a la confianza.

A México, como a la caja negra del MH370, se le está acabando el tiempo para aprobar las importantísimas leyes secundarias. Sin ellas, las reformas constitucionales no servirán de nada. Ojalá que no haya ningún gobernante, poder fáctico o líder partidista contemplando, en silencio y para conservar el poder, cómo nos acercamos al despeñadero.

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