Puras ficciones

Los hombres responsables y dedicados que deberían ocupar las posiciones de preeminencia no son tales.

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Víctor Beltri 17/03/2014 01:07
Puras ficciones

Imaginemos, por un momento, al alcalde de una de las ciudades más importantes del mundo, en el acto de inaugurar obra pública. Algo monumental, histórico, digno del papel que el gobernante piensa merecer en la historia. Una línea de transporte colectivo que dará servicio a cerca de medio millón de personas cada día: personas que se dirigen al trabajo, a la escuela, a sus ocupaciones diarias. Y no sólo eso: la inauguración oportuna de las obras sería parte importantísima del capital político con que el alcalde pretende sumar apoyo de la ciudadanía en búsqueda de nuevos proyectos, más importantes, de más relevancia. Una Presidencia de la República, por ejemplo. Una meta ante la cual toda precaución es poca, y ante la que hay que ser especialmente cuidadosos, por lo que se evita cualquier sospecha de corrupción o malos manejos y se garantiza, sobre cualquier otra cosa, la seguridad de los usuarios. El alcalde toma las tijeras y, consciente de sus buenas obras y de la relevancia que tienen de cara a los proyectos que anticipa, corta el listón, sonriente.

O mejor aún: no imaginemos al alcalde, sino al Presidente mismo. Un Presidente seguro de sí, que sigue puntualmente el desarrollo de su política de seguridad y está atento a los sucesos que pueden comprometer su proyecto. Los últimos reportes le informan que uno de los delincuentes más sanguinarios y, por ende, más buscados del país, ha caído muerto en un combate con las fuerzas de seguridad del Estado. Emocionado ante la mera posibilidad, solicita que el fallecimiento del delincuente, así como su identidad, sean verificados por todos los medios posibles: una noticia de tal magnitud podría cambiar el discurso de escepticismo que pesa en la opinión pública sobre una estrategia que lleva ya decenas de miles de personas muertas y sobre la que manifiestan su oposición, un día sí y otro también, los medios de comunicación. El Presidente sabe lo que se juega y, a pesar de la premura del tiempo y su propia impaciencia, decide esperar a que esté plenamente verificado el hecho antes de anunciarlo.

Los dos ejemplos anteriores son, evidente y lamentablemente, fruto de la ficción. Como lo sería que un candidato, que no cumple con los requisitos prescritos por la ley, no pudiera presentarse y ganar la elección por la capital del país, o que el mismo candidato, una vez electo y en funciones, explicase por qué, en una vialidad elevada y que es el mayor símbolo de su gestión, existan charcos que ponen en peligro a la ciudadanía y ante los cuales nadie asume responsabilidades. Ficción, como sería también el hecho de que dicho candidato, una vez en el poder, no se enterara de los actos de corrupción de sus colaboradores más cercanos y a pesar de ello fuera capaz de vivir por más de ocho años sin un ingreso comprobable.

Ficción, como las firmas que permiten que un estado de la república viva endeudado tras las corruptelas de su gobernador, quien ahora se pasea por las calles con un físico, que no una moral, reconstituido, y tras haber pasado meses viviendo en Europa. Ficción, sí, pero más ficción sería que los resultados de su gestión se investigaran y tras dicha investigación se fincaran las responsabilidades correspondientes. O que el Presidente que no quiso dar una noticia adelantada se hiciera cargo de la corrupción entre sus amigos, y hubiera prevenido a tiempo un fraude descarado que ahora pone en peligro la vida institucional de su propio partido.

En nuestro país, como dice el lugar común, la realidad supera a la ficción. Los hombres responsables y dedicados que deberían ocupar las posiciones de preeminencia no son tales: en su lugar hemos encontrado, lamentablemente, a oportunistas y tipos sedientos de poder que no tienen mayor perspectiva que la de su realidad presente, misma que la embriaguez del poder no les permite advertir que algún día deberá terminar. El problema tiene más fondo del aparente y consiste, básicamente, en que la mayoría de las veces en que podemos tomar decisiones sobre nuestro gobierno, no elegimos necesariamente al más capaz sino al más ladino; no al más preparado sino al más astuto; no al más honesto sino al que afirma que sus contendientes son más corruptos que él. Nuestro sistema no reconoce a quien es mejor para gobernar y, por ende, podría traer más beneficios a la comunidad, sino al contrario: para llegar al poder se necesitan todas las características que identifican precisamente a quien no debería de tener en sus manos el futuro de sus conciudadanos. Las fallas en las obras, en los comunicados, o simplemente en saber lo que hacen los subordinados son fruto de la negligencia, de la corrupción o de la ignorancia. Y ninguna de estas causas puede tener cabida en el servicio público.

Sigamos, mejor, con el ejercicio de la ficción, e imaginemos al Presidente en funciones de un país vecino de la mayor potencia del mundo, con todos los problemas que esto conlleva. El Presidente decide que es el momento de crecer, pero también de reconciliarse con la historia. Así, a la par de las reformas estructurales necesarias, comienza la investigación oficial sobre los sospechosos accidentes en los que murieron los miembros del gabinete de sus predecesores, sobre la corrupción en su propio partido, sobre los líderes sindicales que se han enriquecido a costa de sus agremiados. Los hijastros de algún expresidente, los excesos de quien fuera jefa de la Oficina de la Presidencia de otro, los vínculos de gobernadores con el crimen organizado…

Lamentablemente para nosotros, parece que todo esto seguirá en ficción.

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