Para creerle de nuevo al PAN

No necesitamos una nueva guerra de lodo, sino que urge que los partidos de oposición lleguen a acuerdos internos...

COMPARTIR 
Víctor Beltri 10/03/2014 01:34
Para creerle de nuevo al PAN

A Pepe Zolliker, muy agradecido

 

Falta, definitivamente, que el tiempo dé su perspectiva histórica a los gobiernos encabezados por Vicente Fox y Felipe Calderón a principios de este siglo. Desde las promesas sin sentido de acabar con el conflicto de Chiapas en 15 minutos, hasta la captura de un delincuente que miraba, socarrón, a la policía. La boda al primer año, el beso en el Vaticano, el desgaste de un hombre que llegó levantando las mayores expectativas y que tiró, olímpicamente, a la basura el mayor bono democrático que haya recibido un gobernante. La huida de Joaquín Guzmán, el pleito constante con Andrés Manuel y el penoso incidente del desafuero. La elección presidencial marcada por anuncios carentes de escrúpulos y la leña arrojada al fuego del resentimiento de una izquierda premoderna que no ve las cosas más que en blanco y negro.

Hildebrando y sus algoritmos, el haiga sido como haiga sido. La guerra iniciada sin saber lo que sería la victoria y el desfile de secretarios de Gobernación malogrados. El baño de sangre aterrador, que continuaba sin importar el grito de la opinión pública buscando estrategias distintas, y tragedias que crecieron ante la irresponsabilidad de las autoridades, como el tristemente célebre caso de la guardería ABC. Jóvenes que ascendían vertiginosamente entre lujos y posiciones para los que no estaban preparados, pero que contaban con la amistad del Presidente, la única credencial válida para acceder y disfrutar de la embriaguez del poder. La secretaria superpoderosa, la cooperación incondicional con las agencias extranjeras. La estela de luz y la oportunidad perdida de encontrar sentido y unión nacional con unas celebraciones del bicentenario que no serán recordadas sino por su pequeñez. La división irreparable al interior de un partido que en sus orígenes se asumía “de la gente decente” y que en su madurez descubrió que su afición por el poder y el dinero era al menos del tamaño de su novatez.

Los sexenios panistas tuvieron también, sin duda, momentos buenos. Acciones que quedan para la posteridad pero que eran, a final de cuentas, su responsabilidad como gobierno. Acciones que, sin embargo, la ciudadanía no valoró tanto como sus desfiguros, como se refleja en los resultados de la elección pasada. La gente estaba cansada de frivolidades y decisiones tomadas con la mecha corta: cuando la candidata presidencial trató de marcar distancia con sus predecesores, sin exponer claramente cuál era su oferta diferenciada, la suerte estaba echada.

Hoy, el gobierno priista puede presumir de haberse marcado tantos, en poco más de un año, mucho más importantes que los logrados en los últimos dos sexenios, sobre todo en materia de seguridad, el monotema del pasado. Simplemente, y en el transcurso de unos días, la captura de Joaquín Guzmán y la segunda —y al parecer definitiva— muerte de Nazario Moreno, dan la puntilla sobre una estrategia que siempre generó más dudas que certidumbres sobre su efectividad. El problema del PAN es que aprendió, en muy poco tiempo, las mañas de sus adversarios. La lucha inclemente por el poder y los recursos, la corrupción generalizada, el debilitamiento interno al formar tribus dentro del propio partido. El próximo jueves se cierra el registro de candidaturas a la dirigencia nacional, y el panorama es más bien sombrío. Sobre todo si añadimos a lo anterior las recientes revelaciones de la corrupción imperante en una empresa en la que ambos bandos tenían intereses y de la que, en apariencia, también obtuvieron beneficios.

Así, y a menos de la —poco probable— posibilidad de que se presente un nuevo contendiente antes del jueves, la dirigencia nacional del PAN recaerá sobre uno de los dos grupos en disputa. La pregunta obligada es si serán capaces de, primero, limpiar la imagen de corrupción de dos administraciones que, al parecer, se sirvieron con la cuchara grande, o tratarán de borrarla arrojando más lodo contra sus rivales. En segundo lugar, si podrán revertir la imagen de poca eficacia operativa que se atiza con los logros de la administración actual, o tratarán de borrarla con la ya conocida táctica de arrojar más lodo contra sus rivales. En tercer lugar, si la dirigencia resultante construirá una oposición dura y responsable, pero participativa, o se preparará a 2018 recurriendo a una guerra de lodo contra sus rivales, incluso internos.

La vida nos da lecciones y una de ellas, que hemos aprendido de la forma más dolorosa, es que la polarización no lleva a ningún lado. Al contrario: al triunfo efímero de los epítetos en tribuna sigue la derrota apabullante de la falta de acuerdos y la parálisis. Lo hemos vivido varias veces, y en ninguna ha brindado beneficios más que personales, y a personajes sin escrúpulos. No necesitamos una nueva guerra de lodo, sino que urge que los partidos de oposición lleguen a acuerdos internos que permitan y validen acuerdos externos. Esto debería estar grabado a fuego en la mente de quienes hoy hacen redoblar los tambores de una guerra que se adivina podría ser sin cuartel.

La salida es otra: si los bandos actualmente en disputa en pos de la dirigencia de Acción Nacional quieren limpiar la imagen de corrupción en su partido, revertir la percepción de poca eficacia, y ser una oposición responsable, su primera acción debería ser la cooperación plena, e incondicional, para desenmarañar lo ocurrido en Oceanografía. Así estén implicados personajes históricos, antiguos dirigentes, o mejores amigos finados. Caiga quien caiga. Porque la nación los necesita, y sólo así podríamos volverles a creer.

Comparte esta entrada

Comentarios

Lo que pasa en la red