A Dios rogando y con El Chapo dando

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Víctor Beltri 24/02/2014 01:39
A Dios rogando y con El Chapo dando

Todo sexenio viene cargado, inevitablemente, de cambios en el fondo y en la forma. Cambios necesarios no sólo para establecer una estructura de trabajo distinta, sino también para marcar distancia con el predecesor. Y en este caso los cambios no suponen simplemente ir de guayaberas a corbatas o botas vaqueras, sino también de acciones claras de deslinde ideológico y operativo. Embajadas, instituciones culturales o el más claro destierro han sido los destinos de quienes alguna vez poseyeron, o incluso detentaron, el poder.

Hemos visto, también, cómo la separación puede ser más patente cuando el mandatario en turno no duda en opinar sobre la gestión de sus predecesores, en actitud crítica, o de plano da marcha atrás en las políticas emprendidas. Encarcelamientos con fondo político y de revancha, o la tácita aprobación del escarnio popular. Era, incluso, lo que se esperaba del gobierno de Vicente Fox cuando prácticamente tuvo al PRI en la lona y una oportunidad impar para rematar al adversario en un juego que de suyo no conoce de reglas. Felipe Calderón tomó distancia de su predecesor en una relación que no estaba marcada sino por la amargura y el rencor, en una animadversión que no se preocuparon en ocultar.

Sin embargo, ni los dimes y diretes o las imputaciones penales habrían funcionado de una forma más efectiva, para el presidente Peña, para marcar distancia efectiva de sus predecesores, como los golpes que acaba de asestar la semana pasada. Golpes que, con una precisión de relojero, cuestionan de manera directa la capacidad de gestión, y de ejecución, de sus predecesores. No es una broma: la orden de aprehensión girada en contra de Gastón Azcárraga comienza a poner orden en una historia llena de abusos y trapacerías en la que la voluntad del gobierno federal, en su administración anterior, no era demasiado ostensible. Por otro lado, el golpe espectacular de la captura de Joaquín Guzmán revive los cuestionamientos alrededor de una fuga digna de película, y en la que forzosamente hubo ojos cerrados comprados a niveles altos de la administración pública, así como las suspicacias que generaba una supuesta predilección por combatir solamente a sus rivales en la lucha en contra del crimen organizado.

Peña comenzó su gestión encarcelando a Elba Esther Gordillo, sacó avante unas reformas estructurales con las que no hubieran soñado sus predecesores jamás, está a punto de encarcelar a un empresario símbolo también de las corruptelas y malos manejos que brotaron a manojos en la placa de Petri de la corrupción panista, y ha capturado a quien, después de Osama bin Laden, era considerado uno de los hombres más buscados del planeta. Lo último, para más inri, sin tener que efectuar un solo disparo y cuando todavía suenan en el ambiente el aumento de la calificación otorgado por Moody’s y las portadas triunfalistas de algunos medios extranjeros.

Peña está levantando las expectativas sobre su gestión, y debería de obrar en consecuencia, atacando los grandes pendientes de la agenda nacional: el fortalecimiento del Estado de derecho, y la lucha frontal contra la corrupción y la pobreza. Las próximas acciones del titular del Ejecutivo deberían de atender los problemas de largo plazo en un entorno que, como pocas veces antes, parece propicio para generar un desarrollo que en los últimos años no parecía sino un sueño remoto.

Es curiosa la precisión de los golpes de Peña, no sólo por su proximidad con la Cumbre de Líderes de América del Norte, hecho que ya ha sido pasto de los amantes de las conspiraciones, sino también por la cercanía que tienen con la convocatoria para la renovación de la dirigencia de Acción Nacional. La perspectiva de la fuerza que adquirirá la maquinaria priista en el entorno triunfalista que sin duda generarán los logros más recientes, debería de hacerles perder el sueño y procurar la unidad para recuperar posiciones en las elecciones del próximo año. Existen, sin duda, saldos positivos de las administraciones anteriores que podrían ser explotados favorablemente, si pudieran ponerse de acuerdo. Pero, como por lo visto la lucha es por el poder inmediato y los recursos actuales, la división continúa en una debacle que no favorece sino a sus adversarios.

Esta debería de ser la ocasión de que tanto panistas como perredistas cerraran filas y comenzaran a tomar seriamente su papel no sólo como oposición sino como verdaderos partidos políticos. Partidos que adoptaran posiciones comunes y fueran capaces ya no solamente de obtener nuevas posiciones sino de conservar las actuales. De otra manera, en un ambiente de divisiones, acusaciones mutuas y extravío ideológico, será muy difícil que logren detener la locomotora priista que está arrancando. Y, entonces sí, tendremos PRI para rato.

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