Los jefes de Gobierno

Mancera ha tenido aciertos y yerros, pero sobre todo ha contribuido a no contaminar más el ambiente político, lo cual es de suyo acertado.

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Víctor Beltri 10/02/2014 01:49
Los jefes de Gobierno

Hay momentos en los que es conveniente dar un paso atrás y replantearse, desde la trinchera de la sensatez, postulados que asumimos como válidos a priori. Por ejemplo, y sobre todo en tiempos tan revueltos como los que estamos viviendo, el rol de nuestros partidos políticos en la construcción de un país mejor.

La meta de un partido político, y de sus integrantes, no puede ser la mera obtención del poder. Esto, al contrario, es un despropósito al confundir los fines con los medios. El poder es un medio para abordar los problemas de la realidad, de acuerdo a una visión y un ideario definido con anterioridad: así, cuando el poder es obtenido por un partido de derecha se esperaría que las políticas derivadas de tal gobierno se enfocaran más en la libertad, limitando la actuación de las autoridades. El poder, para la izquierda, debería ser enfocado en alcanzar mayor igualdad y justicia social con más participación del Estado.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando el poder comienza a convertirse en una obsesión? La respuesta es sencilla: el necesario balance entre gobernantes y opositores se pierde, y con él también las posibilidades de alcanzar los fines verdaderos. De esto hemos visto mucho, lamentablemente, en los últimos años. Y en el presente, con los desfiguros que estamos presenciando al interior de los partidos de oposición. La cortedad de miras y la superficialidad parecen ser una regla entre quienes deberían, por la naturaleza de su encargo y la confianza que la ciudadanía ha depositado en sus capacidades, ser ejemplo de estrategia y visión a largo plazo. En México, por desgracia, nos hemos acostumbrado a que la política es un juego de suma cero en el que sólo uno puede ganar: así, los esfuerzos dejan de ser comunes para convertirse en divergentes.

La visión cortoplacista y de suma cero se convierte, de esta manera, en la norma a seguir, incluso al interior de los propios partidos. Por eso somos testigos, una semana sí y la otra también, del espectáculo patético de quienes creen en la política como medio para alcanzar el poder, y no en el poder como medio para ejercer la política. El canto de las sirenas del poder es el que, también, ha llevado a un político mediocre y chabacano a sentirse con el derecho de organizar una fiesta privada en las instalaciones del Senado de la República, en un dispendio y falta de respeto que en democracias con más dignidad no podría ser tolerado. La respuesta del involucrado, al tratar de justificarse con el ridículo argumento del pago de unos tamales, no demuestra sino la precaria educación recibida y el pobre concepto que tiene sobre las instituciones que representa. Y las fiestas seguirán, asegura muy orondo. ¿Para qué quiere este político el poder? ¿Para el bien de la sociedad o para lucimiento personal?

La izquierda, por su parte, se encuentra igual de desdibujada mientras sigue rogando apoyo al hombre que más ha hecho por destruirla, y limita el alcance de su actuación a la negación sistemática del otro. Cualquier acercamiento con el gobierno federal es acusado, de inmediato, como una traición a la causa, sin importar que dichos acercamientos puedan traer, a la larga, beneficios a la ciudadanía. ¿Qué buscan, poder o bien común? La respuesta parece clara, aunque no para las tribus que anteponen sus fines a los de la sociedad.

Tal vez éste sea el mayor mérito de Miguel Ángel Mancera en su gestión al frente del Distrito Federal. Porque, en un contexto de emergencia nacional por los sucesos en otras entidades federativas, por un lado, y de reformas que pueden proyectar a nuestro país al desarrollo que durante tanto tiempo nos hemos negado, por el otro, resulta escalofriante pensar en lo que hubiera pasado si el jefe de Gobierno actual fuera alguno de sus predecesores. La capacidad de destrucción de Andrés Manuel, con sus conferencias mañaneras y su sempiterna obsesión por ocupar las habitaciones de Juárez, se enfocaría en derrumbar cualquier iniciativa que no le abone capital político. Como ahora, pero con reflectores y presupuesto prácticamente ilimitado. Y, en estos momentos de contingencia nacional, ¿quién es realmente el traidor a la patria?

La obsesión infantil de Ebrard por no aparecer en la foto con el titular del Ejecutivo, queriendo jugar a tres bandas barajando sus posibilidades de obtener, de nuevo, el poder, sería en este momento un factor de desequilibrio que hubiera abonado a la incertidumbre de forma innecesaria. El ser oposición, cuando se entiende en el sentido simplista de simplemente oponerse a todo, reduce un discurso posiblemente valioso a una serie de ideas reactivas. Colaborar, en beneficio de la sociedad, no es traicionar, sino al contrario. Y asumir los costos políticos que se generan en el camino es una muestra de grandiosidad que nunca le vimos en seis años de gestión.

Mancera, en este sentido, parece ser un político más aguzado. Hasta el momento no le hemos visto la obsesión por el poder de sus predecesores, la negación sistemática o el afán por involucrarse en la sucesión de un partido como el PRD, al que por otro lado le ha marcado una distancia que no puede ser sino sana. Mancera ha tenido aciertos y yerros, pero sobre todo ha contribuido a no contaminar más el ambiente político, lo cual es de suyo acertado.  Sólo cabe esperar que, ante temas tan escabrosos como el posible efecto cucaracha de los delincuentes que huyen de Michoacán, o la dura prueba que tendrá que pasar con el tema de las marchas y su posible regulación y afectación a los derechos ciudadanos, siga estando a la altura necesaria.

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