Ahora, inseguridad y corrupción

Las reformas tendrán éxito o no dependiendo de la corrupción que impere en el momento de implementarlas.

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Víctor Beltri 13/01/2014 01:17
Ahora, inseguridad y corrupción

Es indudable que, al menos en el papel, estamos ante un México distinto al de hace escasamente un año. Tras el alud de reformas que marcaron el 2013, nuestro país cuenta con más herramientas para enfrentarse a los retos de nuestros tiempos: el nuevo marco regulatorio abre los horizontes y permitirá, al menos en teoría, que utilicemos de forma más eficiente los recursos con que contamos.

La situación actual del país sería, para muchos gobernantes, un sueño dorado. O si no, ¿qué hubieran dado Vicente Fox o Felipe Calderón por contar con un cuerpo de reformas como el recientemente aprobado, al terminar el primer año de gobierno? ¿Qué posibilidades se abren para cualquier mandatario al tener una legislación que le puede permitir dar el salto del que llevamos décadas hablando? Una sola de las reformas hubiera sido suficiente para presumir al fin del periodo. Una sola, ya fuera la educativa, la de telecomunicaciones, la energética, incluso la fiscal. La posible repercusión de estos cambios a mediano y largo plazo nos permite hablar de un panorama completamente diferente. Por eso es, ahora, momento no sólo para hablar del verdadero inicio del mandato del presidente Peña, sino de los problemas que enfrentará. Y para eso es pertinente hacer una diferencia entre lo que es importante y lo que es urgente.

El punto más urgente en la agenda nacional, sin duda, es el de la seguridad. La situación en algunas zonas del país es insostenible y, como apuntábamos en estas mismas páginas en otras ocasiones, no es posible esperar el aluvión de inversiones y proyectos de desarrollo en las regiones en las que la mera seguridad física no puede garantizarse. La actuación de las autodefensas no hace sino rodear de más incertidumbre una ya de por sí mermada percepción de la eficiencia de las autoridades legalmente constituidas y, además, crispa a una población que se ve obligada a tomar partido, en una decisión de suyo fatal: no es posible mantenerse al margen de un conflicto que rebasa con amplitud la normalidad y tiene sumidos a los ciudadanos en un estado de desesperanza continua. Hay que hacer algo, hay que tomar medidas, de nuevo, urgentes. ¿Cómo regresar el Estado de derecho a estas regiones? ¿Cómo terminar con la violencia generada por los grupos de la delincuencia organizada? ¿Cómo terminar con las autodefensas? La solución es más compleja de lo aparente, y tomará el esfuerzo conjunto de los tres niveles de gobierno. ¿Se está elaborando algún tipo de plan para conseguirlo? No podemos seguir dejando estas regiones a la deriva, porque la caída de Michoacán sería la caída de la federación entera.

Existe, sin embargo, otro punto de importancia vital. El tema del combate a la corrupción y que, extrañamente, parece haber sido soslayado en las propuestas de política pública de esta administración. El combate a la impunidad, a la corrupción, debería de ser la punta de lanza en este segundo año: la corrupción se convierte en el gran fiel de la balanza para la evaluación de la pertinencia y la efectividad de las reformas emprendidas por el presidente Peña. Así, las reformas tendrán éxito o no dependiendo de la corrupción que impere en el momento de implementarlas, y la lucha debería de darse en la percepción popular sobre el compromiso del gobierno para no permitir que ocurran las tropelías que pueden anticiparse. Este es el momento de ganar la voluntad popular con acciones concretas contra la impunidad y la corrupción, que no dejen lugar a dudas, sobre todo cuando López Obrador está a punto de comenzar con una nueva andanada de mensajes y acciones que tendrán como fachada la supuesta defensa de la soberanía nacional pero que, en el fondo, no tienen como objetivo sino la institucionalización de sus protestas a través de los fondos públicos que obtendrá con el registro de su movimiento como partido político.

El combate efectivo a la impunidad y la corrupción es lo único que podrá garantizar que los recursos provenientes del petróleo redunden en beneficio de la nación entera y no sólo de unos cuantos; lo único que evitará que los liderazgos sindicales se eternicen y enriquezcan a costillas de sus agremiados; lo único que nos proveerá de buenos maestros, bien evaluados; lo único que nos asegurará que los fondos públicos lleguen a los lugares en los que más se necesita. De nada servirá un nuevo cuerpo de policía, o una nueva estrategia en el combate contra el crimen organizado si no somos capaces, primero, de erradicar las prácticas que de tan enraizadas parecen formar parte de nuestro ADN, que parecen ser parte de la naturaleza del mexicano. Esa debería de ser la lucha principal del Estado Mexicano en esta nueva etapa.

Peña comienza 2014 con un país que parece hecho a la medida para crecer y lograr sus objetivos. Por otra parte, la dimensión, urgencia e importancia de los retos que enfrentará parecen, también, hechos a medida para desbarrancar cualquier proyecto, si no son atendidos a tiempo. El rumbo de acción parece claro, ahora sólo falta ver si el gigante que se construyó durante 2013 tiene pies de barro o una estructura de verdad sólida.

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