¿Y la oposición? Bien, gracias

Nadie ha sido más dañino para la izquierda que sus propios integrantes y, sobre todo, sus únicos dos candidatos presidenciales...

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Víctor Beltri 16/12/2013 03:01
 ¿Y la oposición? Bien, gracias

Es muy probable que, desde la lejana Estambul, el presidente Peña esté disfrutando de un café turco en un ambiente de relajación que no había podido conocer desde el inicio de su mandato. Es natural: después de todo, hace un año era muy difícil vislumbrar que  2013 terminaría de esta manera.

El año que está llegando a su fin será, sin lugar a dudas, un parteaguas en la historia patria. Las reformas alcanzadas, si bien no son suficientes para transformar por completo a nuestro país, sientan las bases para comenzar a planear e implementar políticas públicas con una perspectiva más amplia, con más alcances. Son también, sin duda, el sueño dorado de cualquier gobernante no sólo por la capacidad de maniobra que le brindan, sino por la solidez manifiesta en el Poder Legislativo. Peña puede estar tranquilo, que la maquinaria que engrasó y puso a punto se encuentra en un nivel que no se había visto en más de 15 años. El PRI parece estar de regreso y ser una locomotora conducida con la pericia del pasado, aún operando con las reglas del presente. El PRI, a pesar de los dichos de sus detractores, se ha convertido en una maquinaria de hacer política en tiempos en los que ya nadie creía en ella. El PRI se ha modernizado y encabeza, a tan sólo un año de mandato, la Presidencia más eficaz del presente siglo.

Queda mucho por hacer, sin embargo. Es el momento de demostrar para qué se quería lograr un diseño de país como el alcanzado. Las reformas no deben de quedarse en lo estático y coyuntural, sino que deben de probar su eficacia para proyectar al país a una nueva etapa. El México que despierta el día de hoy no es el mismo que terminó tan sólo hace unos días. Las condiciones han cambiado, y no es arriesgado afirmar que estamos asomándonos a un país que en unos cuantos años no habremos de reconocer. Para bien o para mal, pero tendrá necesariamente que cambiar por completo.

Para bien, el panorama es extraordinario. Nuestra situación geopolítica, los factores de población, los tratados de libre comercio firmados. El petróleo que por primera vez podrá brindar beneficios reales a la población. Para mal, las posibilidades son aterradoras. Un partido tan eficiente como el PRI, si no está debidamente acotado por las demás fuerzas políticas, podría llegar a tener un poder tal que se equiparara a aquel que vivimos ya durante 70 años. A final de cuentas, conocen el territorio y tienen los cuadros suficientes para operar a su antojo, sobre todo en los espacios que sus rivales han dejado libres debido a sus propios procesos de canibalización.

Por eso, y a pesar de la historia que todos conocemos, el mayor riesgo para México no se encuentra, actualmente, en la posibilidad de poder desbordado del PRI por su propia naturaleza, sino en la falta de equilibrio resultante de una oposición que no termina de encontrar su lugar dentro del ajedrez político cotidiano. Nadie le ha hecho más daño al PAN que el propio PAN, como aparece evidente con cada nueva edición de la pelea por los recursos y el poder al interior del partido. Nadie ha sido más dañino para la izquierda que sus propios integrantes y, sobre todo, sus únicos dos candidatos presidenciales: tanto el que conoce la voluntad presente de su padre muerto hace más de 40 años como el que se asume como depositario del mensaje, la verdad y la vida. Nadie está haciendo nada por el futuro de su propio partido, sino que están administrando las crisis pasadas para recoger los frutos de un árbol de por sí yermo y que está casi agotado. Ya no hay pensadores ni visionarios, sino operadores y cabilderos. No existe quien defina el rumbo, sino quien explique las derrotas. No hay diálogo en beneficio de la patria, sino negociaciones en beneficio de los patrocinadores. Por eso pierden, por eso no logran conservar el poder, por eso es que la ciudadanía ha preferido regresar con quienes saben que en su momento no fueron honestos. “Al menos no son tan tontos”, piensan con palabras menos amables mientras cruzan la boleta por el tricolor. Y si la oposición continúa así, lo seguirán haciendo al menos en 2015 y 2018, hasta que surja de nuevo el personaje que reúna a su alrededor el capital político necesario para destronar a un PRI que, por el momento, no tiene visos de debilidad.

Nuestra oposición tiene lecciones importantísimas que aprender de 2013. En primer lugar, la generación de opciones creativas para alcanzar los objetivos, como evidentemente lo es el Pacto por México. En segundo, la capacidad de establecer objetivos ambiciosos pero realistas, y alinear los recursos disponibles para lograrlos: ¿Qué habría dado cualquier político por tener la estructura que ha permitido al PRI terminar 2013 con estos resultados? Y, atención, estamos hablando de que tanto la derecha, a nivel federal, como la izquierda, a niveles estatales y del poderosísimo Distrito Federal, nunca fueron capaces ni siquiera de plantearse las metas que logró Peña Nieto.

El nombre del juego, para la oposición, es la política misma, pura y dura. La política de negociaciones y diálogos, la política que premia el mérito sobre la casta o la estirpe. Y si nuestra oposición no comienza a hacer política en estos momentos, en los que la situación general parece comenzar a mejorar, para las próximas campañas no tendremos, de nuevo, sino bicicletas que se caen y recordatorios del peligro para México. Eso, señores, no es hacer política. Eso es administrar crisis internas tratando de ensuciar al rival. Y eso, si bien puede ganar elecciones, no sirve para gobernar a un país. Lo sabemos de sobra, ya sea con botas, lo que diga un dedito, o “haiga sido como haiga sido”.

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