La justicia del dragón

Su desesperación no podrá ser mayor al ver, como clientes de los informales, a los propios policías o encargados de hacer cumplir la ley.

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Víctor Beltri 18/02/2013 00:55
La justicia del dragón

Usted es un empresario mexicano. Tiene una empresa constituida legalmente, y ofrece productos competitivos a nivel global. Cubre sus obligaciones tributarias con puntualidad, es responsable con el medio ambiente, y cuenta con programas de responsabilidad social empresarial a través de los cuales se integra con la comunidad en la que se encuentra de forma en que todos salen beneficiados.

A lo largo de su historia, sin embargo, ha tenido que enfrentar algunos contratiempos. Se ha enfrentado, por ejemplo, a autoridades corruptas que ven en el cumplimiento de sus obligaciones una fuente de ingresos, y ha tenido que resistir una y otra vez inspecciones y auditorías absurdas que parecen estar diseñadas para que sólo puedan ser salvadas a través de actos de corrupción. La experiencia le ha enseñado, amargamente, que es mucho más caro y complicado actuar de manera correcta que hacerlo al margen de la ley.

Ha buscado apoyo en las organizaciones empresariales de su ramo, para encontrar no sólo el apoyo que necesita, sino el foro para compartir buenas prácticas y luchar, como gremio, por los intereses de toda la industria. Sin embargo, ha sufrido también el descalabro de constatar cómo estos organismos no son sino el trampolín para que los dirigentes brinquen a otras esferas y aprovechen su posición para hacer política y buscar negocios que favorezcan a unos cuantos.

Se ha enfrentado, al tratar de promover sus productos, a la competencia desleal de quienes, desde la informalidad solapada por las autoridades, ofrecen productos similares a los suyos, si no es que idénticos, a un costo mucho menor y sin tener que cumplir con las obligaciones que le son exigidas a usted, día con día. Podrá quejarse, podrá denunciar, podrá interponer cualquier recurso legal, pero la piratería estará ahí, inexorablemente, al día siguiente. Su desesperación no podrá ser mayor al ver, como clientes de los informales, a los propios policías o encargados de hacer cumplir la ley.

Ha buscado la manera de crecer su negocio, de ampliar su planta productiva, pero ha sido incapaz de encontrar créditos a tasas razonables. Las instituciones financieras le ponen mil trabas para conseguir el capital de trabajo, las inversiones, los instrumentos que le permitirían ser más productivo, más eficiente, incrementar su planta laboral. Ha buscado, igualmente, estímulos fiscales que le permitan competir en condiciones al menos similares que las que tienen sus pares alrededor del mundo, para descubrir que estos simplemente no existen. Y cuidado con voltear la atención de Lolita sobre usted, porque los inspectores, voraces, no tardarán en llegar de nuevo.

Ha tenido que vivir las crisis recurrentes, las devaluaciones, la pérdida de competitividad por razones ajenas a usted. Ha tenido que ser ingenioso, que ser astuto, que tener las agallas para mantener una empresa que comprende no es tan sólo una fuente de riqueza sino el medio de vida de las familias de sus trabajadores. Ha negociado una y otra vez, cada año al menos, con los sindicatos que dicen representar a sus empleados pero que no tienen el menor empacho en llamar a huelgas absurdas, que pueden llegar a destruir la fuente de empleo, si no se cumplen con los caprichos del líder de turno.

Ha tratado de promover sus productos y servicios en otros países, para ampliar su mercado. Ha recurrido a las instancias oficiales, se ha acercado a Proméxico, y los resultados han sido decepcionantes. Claro, el servicio puede ser relativamente bueno, pero todas las circunstancias descritas anteriormente hacen que sus costos se salgan de mercado, y no obtiene el apoyo gubernamental para realizar giras de negocio efectivas, que tiene que pagar con sus propios recursos.

Ha sido sujeto, recurrentemente, de la extorsión de grupos criminales que le cobran un llamado derecho de piso para poder operar con relativa normalidad. Ha sido víctima de la delincuencia, en carne propia o en la de sus seres queridos. Ha tenido que pagar cantidades enormes de dinero para que sus mercancías puedan cruzar las carreteras de nuestro país. Vive con miedo, sabedor de que su esfuerzo, su trabajo, su labor cotidiana, en vez de ser solamente un motivo de satisfacción puede ser fuente de los horrores inenarrables de un secuestro. Y ha visto cómo los secuestradores son liberados por tecnicismos y recibidos con vítores y honores presidenciales en otros países.

Entonces, un día cualquiera, abre los diarios y se da cuenta de que el gobierno plantea dar estímulos fiscales, omitir el cumplimiento de obligaciones ambientales, permitir tasas arancelarias preferentes, romper las cadenas productivas y propiciar un esquema de negocio que permitiría competir de manera desleal en zonas en las que los productores locales se verían sumamente perjudicados. Esto, en un marco de opacidad y falta de transparencia, con socios que son, al menos, dudosos, y con un proyecto que de tanto haber sido modificado no se sabe a ciencia cierta de qué se trata. Este proyecto se llama Dragon Mart.

Cierra el periódico con incredulidad e impotencia. Justicia es dar a cada quien lo que le corresponde. Esto, no.

                twitter.com/vbeltri

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