“No basta no ser Templaria, no hay que parecerlo”

La legisladora Iris Vianey tuvo que pedir licencia para dar paso a una investigación que demostrará que ella no tiene que ver con Los Templarios.

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Vianey Esquinca 09/02/2014 01:17
“No basta no ser Templaria, no hay que parecerlo”

Las figuras como artistas, cantantes, deportistas o políticos, están bajo el escrutinio y rigor público. Esto generalmente les provoca una especie de bipolaridad, quieren la fama y ser conocidos, pero también desean ser invisibles y que nadie los critique. No todos entienden que el paquete viene completo y es indisoluble.

Se requiere preparación para, por un lado, aguantar las críticas y por otro, no caer o al menos resbalarse con estilo. Algunos logran mutar y convertir su piel en dermis de rinoceronte o de teflón y todo se les resbala, otros tienen hasta gracia para salir de los problemas, pero hay personalidades que en cada movimiento se hunden más.

En este último tipo caen la senadora perredista Iris Vianey Mendoza y el senador panista Jorge Luis Preciado quienes dieron una cátedra de todo lo que no se debe hacer si de imagen pública se trata. La legisladora Iris Vianey Mendoza tuvo que pedir licencia para dar paso a una investigación que demostrará que ella no tiene que ver con el cártel de Los Caballeros Templarios. Había elementos suficientes para ponerle el reflector encima. Primero, la famosa foto en la que la senadora aparece bailando junto a Melissa Plancarte, hija de Enrique Plancarte Solís, uno de los líderes de Los Templarios.  Segundo, en octubre del año pasado se dio a conocer que precisamente Mendoza le permitió el paso a la Cámara alta a unos presuntos Templarios, en la polémica reunión de octubre que dio a conocer la senadora panista Luisa María Calderón.

Y como suele suceder, una vez que se hace un juicio público sólo se buscan evidencias para terminar de condenarla. Por eso, no fue sorpresa que algunos medios empezaran a publicar fotografías mostrando distintos aspectos de su personalidad: uñas decoradas en extremo, la funda de su smartphone con pedrería, pronunciados escotes y ropa ajustada, que incluían el uso de leggins.  Eso sólo hace culpable a la legisladora de tener mal gusto y todavía no se ha tipificado eso como delito (aunque a veces no estaría mal por lo menos llevarán al torito a quienes abusan). Sin embargo, aquí entra la máxima: “No basta no ser Templaria, no hay que parecerlo”.

También se volvieron a publicar las ya famosas fotos de ella posando iguaneando en la Rumorosa en Baja California, a donde acudió para apoyar la campaña a gobernador. Ahí sus pecados son la imprudencia, la inmadurez y tal vez frivolidad, aspectos no deseables para una senadora, pero tampoco la hacen merecedora de la silla eléctrica. Sin embargo, el problema es que “todo cabe en un juicio sabiéndolo acomodar” y todos esos elementos hacen que en opinión de muchos sea culpable sin juicio de por medio, porque: “Si el río suena es que agua lleva”.

Otro senador, pero panista, Jorge Luis Preciado también dio la nota con el escándalo de las fiestas en sus oficinas. La opinión generalizada es que los legisladores no merecen los sueldos que obtienen. Además que son constantes las notas que hablan de los excesos que tanto se cometen en el Congreso: nepotismo, contratación exagerada de asesores, opacidad en los recursos que reciben, sólo por citar algunos casos.

Entonces basta un sólo caso para comprobar que, efectivamente, los legisladores son lastres necesarios de una sociedad democrática. Y así llega el segundo nominado del día, el panista Preciado.

El senador se equivocó al mentir, señalando que había sido una fiesta por haberse sacado el muñeco de la rosca; se equivocó al realizar una segunda fiesta al día siguiente, por el mismo motivo y señalando que seguirían las fiestas, mostrando así una arrogancia ofensiva. Aunque después salió a pedir perdón, el daño estaba hecho. Fue tal el escándalo que todos quisieron deslindarse de él y hasta lo criticaron, así paso a ser
Jorge Luis No-Preciado.

Para mala fortuna del ciudadano, en la mayoría de los casos el daño sólo se queda en la imagen pública, en abolladuras que no tienen consecuencias legales. No hay seguimiento ni castigos, les sale barato. Si acaso se convierten en los muñecos o muñecas feas.

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