Ciudadanos a la hora de actuar

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Ricardo Pascoe Pierce 05/09/2014 00:00
Ciudadanos a la hora de actuar

La globalización y las instituciones supranacionales, junto con el agrandamiento de los Estados nacionales, tiende a empequeñecer a los ciudadanos y su influencia en el proceso de toma de decisiones. Y, como consecuencia, se crea un abismo entre el poder de los Estados y el poder ciudadano. Aparentemente se vuelven poderes contrapuestos o, en todo caso, mutuamente excluyentes. La sociedad mexicana enfrenta este problema de manera recurrente.

Según un estudio encargado por el IFE, ahora INE, sobre ciudadanía en México, se demostró que somos una sociedad con bajos niveles de participación ciudadana no sólo en la toma de decisiones, sino también en iniciativas ciudadanas independientes de la autoridad. Pocos ciudadanos mexicanos participamos en alguna actividad benéfica que rebasa el ámbito familiar. De hecho, la comunidad, entendida como algo más allá de la familia inmediata o extendida, es algo que los mexicanos vemos con cierto recelo, según el citado estudio.

Esto nos tiene que preocupar, en la medida en que los espacios de consenso y legitimación del poder público tienden a reducirse. La baja aprobación del Presidente de la República, del jefe de Gobierno del Distrito Federal y del Poder Legislativo en su conjunto habla de una crisis de legitimación no sólo de los poderes públicos, sino también, y probablemente más importante, de las decisiones que se toman en esos ámbitos y que afectan la calidad de vida de todos los ciudadanos. México padece una crisis de credibilidad de su sistema político, y la baja confiabilidad de sus gobernantes así lo demuestra.

Es posible pensar en crear un poder que, sin pretender ser sustitutivo del sistema político en su conjunto, deberá constituirse en un instrumento efectivo de incidencia en la toma de decisiones, tanto a nivel nacional, como estatal y local. Existen instrumentos eficaces para que este proyecto pudiera fructificar. Ciertamente las redes sociales han demostrado ser instrumentos extraordinarios para la comunicación y la convocatoria. Pero, en una sociedad como la mexicana, el problema del acceso a redes sigue siendo un problema. Debido a la baja accesibilidad a internet y los costos que tenerlo implica, es que se habla, con razón, de la brecha digital. Es una realidad esa brecha.

Otras formas de organización, como la conformación de comités por barrio, localidad, municipio o delegación, estatal y, ¿por qué no?, a nivel nacional, como instancias deliberativas legítimas, vendrían a enriquecer enormemente la cultura de la diseminación de información y la discusión abierta, pública y democrática. No somos una sociedad acostumbrada a hablar las cosas; somos más bien introvertidos a la hora de socializar problemas. Eso también lo demuestra el estudio del INE.

Los ciudadanos entienden de sus razones, como los partidos políticos y las autoridades, al nivel que sea, entienden las suyas. No son razones necesariamente en conflicto, pero sí son miradas desde perspectivas diferentes. No es lo mismo la “Razón de Estado” que la “Razón Ciudadana”.  Especialmente cuando el Estado pretende utilizar a la ciudadanía para el alcance de sus objetivos. Por ejemplo, en la Ciudad de México se planteó, desde hace muchas décadas, la creación de instancias de organización ciudadana, tanto por parte de gobiernos priistas como de los perredistas. Pero, en ambos casos, lo que se presentaba como una iniciativa para la expresión libre de los ciudadanos en realidad se tornó un bozal para que no se dedicaran a contradecir a la autoridad. Tanto PRI como PRD recurrieron al mismo instrumento de cooptación: la entrega de prebendas diversas, desde tolerancia y/o permisos para vender en la vía pública, salarios delegaciones y apoyos económicos para sus revistas y publicaciones, o contratos para obra pública. Es decir, los flamantes “representantes ciudadanos” se han convertido, en los hechos, en voceros locales de la autoridad ante sus vecinos, y han dejado de ser lo que era su misión original: ser voceros de la comunidad ante la autoridad. Es imperativo recuperar la intención auténtica de la representación vecinal: expresar el sentir auténtico de la comunidad.

La ciudadanía tiene un poder potencialmente extraordinario. Así se ha sentido en días pasados, cuando el Gobierno del Distrito Federal tuvo que detener, aún temporariamente, su proyecto de las normas 30 y 31, debido a la insurrección vecinal en su contra. Pocas veces se ha visto un movimiento tan fuerte en la ciudad, de corte ciudadano e independiente. Ningún partido condujo el proceso. Ha sido eminentemente vecinal. En eso se mostró que, a pesar del control sobre los Comités Ciudadanos que ejerce el gobierno capitalino, el movimiento, y la justeza de sus demandas, prevalecieron. Esa es la gran lección de poder ciudadano cuando se tiene la voluntad de actuar.

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