Un manto de silencio estremecedor

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Ricardo Pascoe Pierce 26/05/2014 00:00
Un manto de silencio estremecedor

El silencio puede ser muchas cosas. Sirve para decir adiós para siempre. Al débil auditivo es la condición natural de las cosas. Puede representar la reacción a una pregunta cuya respuesta es obvia. Es, a veces, un instrumento para resolver un enigma que no tiene respuesta obvia. Es una puerta de escape de las más horrendas de las circunstancias. Dijo Miguel de Unamuno que el silencio es la peor mentira. A nivel social, es una conducta que busca denigrar al interfecto. Cuando el silencio proviene del Estado, pretende dejar un mensaje: su demanda o solicitud no merece mi atención. Y cuando el Estado decide ignorar algún reclamo, el silencio que emite produce un grito ensordecedor y, muchas veces, provoca un efecto contrario al buscado. De lado del reclamante el resultado puede ser una derrota pasiva o la negativa a aceptar el silencio como respuesta.

Ante la innegable torpeza de muchos funcionarios en su trato con la ciudadanía y la terquedad que muestran en su empeño por imponer sus proyectos a la Ciudad de México, el GDF comete un agravio innecesario a la comunidad. Innecesario, pues el diálogo abierto es condición obligada para atender y resolver conflictos. El reclamo de un número creciente de ciudadanos, de todos los rincones, barrios y comunidades de la ciudad rechazando el modelo  urbano desarrollista que se le pretende imponer a la urbe, no está siendo escuchado y, agregaría, está siendo activamente ignorado.

Bajo el manto retórico de que se quiere modernizar, renovar, reciclar, racionalizar, humanizar a la ciudad, se impone un plan de cambios masificados a los usos de suelo en las más diversas zonas de la ciudad. En este caso se hace un uso político del silencio: no se dice cuál es la verdadera intencionalidad de los cambios de los usos de suelo ni quiénes serán los beneficiarios directos del modelo impulsado.

Para lograr su cometida, las autoridades están interpretando la ley a su manera y atendiendo exclusivamente a sus objetivos. En lo esencial, han decidido por ignorar los programas delegacionales y los planes parciales, en lo que el uso de suelo refiere, principalmente, y aplicar la Ley de Desarrollo Urbano que la anterior legislatura de la ALDF (2009-2012) modificó y aprobó. A través de una interpretación interesado de la Ley, se parte de la supuesta jerarquía superior de la Ley de Desarrollo Urbano y, por tanto, su aplicabilidad en toda la ciudad, especialmente en aquellos casos en donde pudiera haber diferentes interpretaciones de las normas aplicables, a nivel delegacional o de colonia. 

Ésta situación, por demás grave, genera no sólo una situación de falta de certeza jurídica en todo lo que se pretende hacer, urbanísticamente hablando, sino que también fomenta una creciente inconformidad ciudadana. En todas las colonias, barrios y pueblos de la ciudad se ha hecho hábito observar dónde se construirán nuevas torres o unidades habitacionales. Hay una combinación de rechazo, indignación y enojo ciudadano con las autoridades y su silencio despectivo.

Éste es el origen de los movimientos ciudadanos que se están gestando en toda la ciudad contra de los proyectos mobiliarios. Destaca la contradicción entre los acuerdos de autoridades y desarrolladores, por un lado, y, por el otro, el interés de la comunidad por preservar sus lazos, tradiciones y formas de organización y de vida. En zonas como Granada, delegación Miguel Hidalgo, esta administración ha autorizado alrededor de diez megaproyectos inmobiliarios a construirse en los próximo años. Esto, junto con los que ya están construyéndose en la zona, incluyendo la nueva embajada de Estados Unidos, representa una agresión no sólo al entorno urbano, sino que es una amenaza de expulsión de muchos pobladores, pareciéndose más a un acto de limpieza étnica que una política de renovación urbana.

No existe un diálogo creíble sobre este proceso entre gobierno y ciudadanía. Existen conatos de fingir diálogo por parte de la autoridad, como la creación de CONDUSE o la contratación de instituciones como el PUEC de la UNAM o, incluso, de citar a críticos a reuniones en lo individual sin propósito alguno, excepto para crear la impresión de que “hay diálogo”. Pero no son, hasta ahora, instrumentos valedores de diálogo, mientras el gobierno del DF se empeña en empujar su proyecto urbanístico adelante, recurriendo al silencio como instrumento dialogante preferido.

El silencio es un instrumento pérfido de la autoridad cuando realmente no tiene interés en dialogar. Una moratoria de la autoridad sobre sus proyectos y un diálogo verdadero y constructivo es lo que la ciudadanía reclama de su gobierno. ¿Es mucho pedir, rompiendo el silencio? 

                ricardopascoe@hotmail.com

                Twitter: @rpascoep

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