Despertar ciudadano atribulado

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Ricardo Pascoe Pierce 31/03/2014 00:26
Despertar ciudadano atribulado

México no es un país con una gran participación ciudadana. Nación formada en el pensamiento estatista, ha tenido tres Constituciones diferentes. Cada una de ellas trataba de resolver asuntos esenciales que las anteriores no lograban solucionar. Las disputas empezaban con conflictos coyunturales que, con el tiempo, evolucionaban hacia cuestionamientos de gran calado: la relación Estado-Iglesia, federalismo vs centralismo, la estructura y el carácter político de la República, el papel y responsabilidad del Estado ante la sociedad. Las tres Constituciones ofrecían respuestas a éstas interrogantes, con cada vez mayor enjundia. Es la tercera Constitución la que traducía, con mayor claridad, el sentido del pacto social que le daba, a la República, las opciones de cohesión y  continuidad que las dos anteriores no lograron.

Pero en toda nuestra historia, la atención del país, y del sistema político, se ha centrado en el papel del Estado. Esto tiene una explicación histórica. En primer lugar, es nuestra herencia, tanto precolombina como española, el haber surgido del ejercicio del poder y de prácticas políticas centralistas y autoritarias. Los unos y los otros venían de esa formación y pensamiento. Y, en segundo lugar, ante la debilidad de los principales actores económicos, el Estado ocupaba un lugar predominante en la actividad económica, así como en la acción gubernamental con la sociedad.  Puede decirse que era el agente económico principal que comandaba las orientaciones del aparato productivo.

En este contexto, el concepto de ciudadano quedaba en los últimos renglones de las prioridades nacionales. Incluso la ciudadanía quedaba sumergida en las formaciones corporativas antes que ser ciudadano en lo individual. El historiador inglés, Hugh Thomas, escribió una biografía de Moctezuma en la cual describe a la perfección la organización social del imperio azteca: todos los individuos estaban integrados a corporaciones, nadie quedaba fuera de ellas.

La noción del ciudadano, como individuo, con derechos y obligaciones, es algo muy reciente en México. De hecho, el primer partido político que planteó la participación de los individuos en la política, al margen de las grandes corporaciones sociales, productivas o sindicales, fue el PAN, en sus documentos que le dieron origen, en 1939. Pero no fue sino hasta los años ochenta que la idea de la “participación ciudadana” empezó a cobrar alguna significación general, aunque sin gozar de plena aplicación. Fue el temblor del 19 de septiembre de 1985 lo que cambió el rumbo de la nación, en lo que la participación ciudadana se refiere. 

Lo importante de 1985 es que la debilidad política y administrativa del Estado quedó al descubierto, mientras que la fuerza y determinación de la ciudadanía quedó constatada. Mientras los rostros del Presidente de la República y del regente de la ciudad reflejaban miedo y desconcierto, los ciudadanos trabajaban, retirando escombros, salvando algunas vidas, desenterrando cadáveres, reconstruyendo lo derrumbado, de sus casas y vidas. Fue una lección importante, tan importante que tres años después se dio el primer gran embate contra el PRI, en las elecciones presidenciales de 1988, cuyos resultados siguen dando de qué hablar.

Pero el peso del pensamiento estatista sigue primando en la sociedad mexicana. Es una loza pesada que cuesta mucho trabajo retirar. Sin embargo, hay muchos signos alentadores, y otros preocupantes, en el despertar ciudadano atribulado al margen del Estado. Lo alentador es observar cómo los ciudadanos han perdido el temor a expresarse, y lo que se dice en las redes sociales da testimonio de ello. Se goza de una libertad de expresión envidiable en México. Pero las autodefensas armadas también son reflejo del distanciamiento y alejamiento de individuos y grupos del pensamiento estatista y de la subordinación al poder hegemónico del Estado. En sentido estricto, son una forma de participación ciudadana. Pero, ¿a qué costo?

Los ciudadanos que se organizan para defender causas locales, como el agua, usos de suelo, medio ambiente, proyectos productivos, derechos humanos, transporte, cultura y tradiciones, hoy sienten que lo pueden hacer ejerciendo un derecho alcanzado por la sociedad contemporánea. Algo que va a contrapunto de esto, por cierto, son las elecciones de los comités ciudadanos en el Distrito Federal, cuya participación es muy baja, lo cual ha permitido se geste un aparato vecinal cuestionado y demasiado identificado con la autoridad: es decir, sin autonomía.

La participación ciudadana va en ascenso en todo el país, a raíz de los muchos problemas que enfrentamos los mexicanos. La clave del éxito de esa participación es su independencia del poder estatal. No es necesariamente antagónico, pero sí autónomo en su criterio y actuar. Ésa es la clave de una participación ciudadana que transforma vidas y países.

                ricardopascoe@hotmail.com

                Twitter: @rpascoep

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