Todo entre zombis y humanos

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Ricardo Pascoe Pierce 14/03/2014 00:00
Todo entre zombis y humanos

El miércoles recién pasado se presentó, en Santiago de Chile, la novela apocalíptica de Andrés Pascoe bajo este título: Todo es rojo. Digo “apocalíptica” pues, a pesar de lo dicho por la casa editorial, en el sentido de que era una novela sobre zombis, una lectura cuidadosa del texto revela que versa más sobre etapas de crisis de la vida de la humanidad, más que estrictamente sobre la existencia y actuación de zombis en nuestro medio.

¿Zombis en nuestro medio? ¿Es creíble una novela sobre zombis? Me hice la misma pregunta. Me contestaron que hay una cierta moda literaria que tiene que ver con zombis o, si me apuran, los “muertos vivientes”.  Puede ser cierto, obviamente, pero ¿qué significado puede tener para la sociedad actual la aparición de un género literario que habla de seres que viven en una suerte de limbo entre la vida “en definitiva” y la muerte “en definitiva”? ¿Qué nos dice ese género de la sociedad actual?

Los presentadores abordaron los temas del libro con gran fuerza y direccionalidad. Siendo chilenos todos ellos, me resultó interesante ver el texto a través de esa mirada: la del chileno/a después de los avatares de una sociedad que vivió la descomposición de su vida, economía y política en sus múltiples etapas y fases con el golpe de Estado de Pinochet en aquel aparentemente remoto y casi olvidado 1973. Descubrí, escuchando a los comentaristas, que la experiencia subjetiva del golpe no solamente no es remota, sino que incluso se encuentra extraordinariamente presente. Ni siquiera me refiero a la experiencia misma del golpe, de su violencia, destrucción e imposición, sino a la experiencia más profunda de encontrarse, como individuos y como sociedad, ante el espectro de la destrucción del orden establecido y de trasladarse, repentinamente, al territorio de lo desconocido, de lo fracturado, de lo irracional, donde el orden y los símbolos perdieron su sentido. Es más, nada tenía sentido excepto la existencia misma, propia, privada, individualizada. Sobrevivientes es la palabra que se me quedó grabada en la cabeza: sobrevivieron al apocalipsis. Y vivieron (o sobrevivieron) en un mundo sin lógica, sin orden, sin explicación aparente. 

Así que no pudo sorprender a nadie de que, al calor del análisis de una novela anunciada como un texto zombi, terminara en una conversación acerca de la destrucción del Estado y el vivir dentro del espectro de la fatalidad. Y ese vivir en el cuerpo del abismo es lo que determina que la existencia misma adquiera un carácter inquietante, fugaz e incierto. En términos subjetivos, el golpe de Estado chileno dejó su huella en la conciencia de la sociedad: vivir en el abismo se convirtió en un hábito y, en particular, en una forma de vida.

El mundo zombi es uno en el cual se vive una suerte de “muerte en vida”. Es un mundo intermedio entre la vida y la muerte, cuando todo ha perdido su sentido, y ese sinsentido no se transforma en un nuevo sentido. Es un mundo en el que la violencia, destrucción, sexo y depravación son, simplemente, lógicas en sí mismas, sin referentes éticos reconocibles y sancionados por la sociedad. Todo es catástrofe y como seres humanos vivimos al borde de él permanentemente. La desaparición del Estado genera las condiciones que avalan la aparición de zombis, que son, finalmente, una respuesta al fracaso de la humanidad en su búsqueda por un orden continuado que puede permitir el alcance de los propósitos individuales o de grupo. 

Cada uno de los personajes del libro tiene una explicación y razón de ser en ese entramado. La sobrevivencia es, por supuesto, un objetivo inmediato. Pero otro objetivo refiere a la lucha por entender si el simple hecho de existir tiene algún significado en sí mismo, o si las razones de la existencia no tienen explicación o justificación alguna, más allá de un biologismo funcional, y la futilidad de su búsqueda refuerza la zozobra de la existencia.

Zombis que habitan un “alter-mundo”, que se debate entre el orden y el caos, entre la vida y la muerte. En ese sentido, son expresión cabal de la lucha de la humanidad por encontrar su lugar en el universo. Un lugar que, por cierto, aún no ha encontrado y, si seguimos los dictados de John Milton en su Paraíso perdido, probablemente nunca encontrará.

El autor de la novela remató su presentación con una frase que es, simbólicamente, un grito de esperanza ante el desasosiego: “Pocas cosas son más revolucionarias que ser generosos…”

                ricardopascoe@hotmail.com

                @rpascoep

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