¿Política exterior nostálgica?

Cuando se hablaba de Cuba, se pensaba en educación, salud, cultura y deporte como aspectos representativos de la Revolución.

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Ricardo Pascoe Pierce 31/01/2014 00:00
¿Política exterior nostálgica?

Una de las imágenes recurrentes, cuando se habla de Cuba, es la del carro de los años cincuenta que aún circula como si no hubieran pasado más de 60 años. Fotos y pinturas han inmortalizado las reliquias cubanas, fabricadas en Estados Unidos. Se podría hablar de muchas cosas más para simbolizar este vivir montado en el pasado, pero el Chevrolet rodante es emblemático, sin duda.

En el discurso político también encontramos simbolismos nostálgicos recurrentes en Cuba. Cuando se hablaba de Cuba, se pensaba en educación, salud, cultura y deporte como los aspectos representativos de los grandes logros de la Revolución. No fue sino hasta la caída de la Unión Soviética, en diciembre de 1991, y el retiro de los subsidios que ese país le daba a la isla, que los cubanos, incluyendo su gobierno, se dieron cabal cuenta de que todo había sido financiado desde a fuera y que la economía nacional no era capaz, por sí sola, de financiar esos servicios adecuadamente y sostener, por ejemplo, las Guerras Africanas. El modelo, y su narrativa concurrente, se llenó de contradicciones.

El presidente Peña arribó a esa Cuba, repleta de nostalgias y de contradicciones. Lo malo no está en haber arribado ahí, pues era un encuentro importante de líderes de toda América Latina y el Caribe, sino el hecho de que el mexicano llevó consigo toda una agenda propia de nostalgias y de contradicciones. Esa agenda puso en entredicho la credibilidad y seriedad de la política exterior de México.

En primer término, para el presidente Peña era mucho más importante la foto con Fidel que la reunión con Raúl, presidente de Cuba. Es decir, la agenda en este punto era de memorabilia, junto con un agradecimiento (¿de qué?), en vez de priorizar el hoy y futuro de la relación bilateral. En ese sentido, el Presidente dejó de lado, en la visita de Estado, su función como representante de todos los mexicanos para convertirse en punta de lanza del PRI. Y la sensación que dejó es la de un chamaco ansioso que se reúne con su tutor sabio. Un poco como émulo de Cristina o Maduro.

En segundo lugar, el haberse allanado al discurso inaugural de Raúl, que descalificó, por igual, a Estados Unidos, la OEA y al modelo económico de varios países ahí presentes, incluyendo el de México y presentándolos como ilegítimos y antipopulares. Esto ha dejado a nuestro país en una posición incómoda al aplaudir nuestro propio “error” y alabar a quienes quieren ver nuestra derrota, sin decir absolutamente nada en defensa propia. El de Raúl no era un discurso a favor de la unidad latinoamericana, sino en contra de los demonios que, según él, persiguen a su ideario.

Como tercer punto, el hecho de alabar, sin reparos, el discurso de Raúl, que cuestiona todo lo que Peña Nieto, como Presidente, ha promovido, como el “relanzamiento” del TLC con Estados Unidos y Canadá o la Reforma Energética, coloca a Peña en una posición dubitativa, en el mejor de los casos, o como doble e hipócrita, en el peor de ellos. Esa confusión en el mensaje lo detectan de inmediato los líderes de otros países, y se han de preguntar cuál es la verdadera postura del (¿PRI?) gobierno de México: ¿a favor de la globalización económica, o en contra? El saldo neto de semejante confusión, o mensaje contradictorio, es que la política exterior de México pierda su seriedad y credibilidad a nivel internacional.

Ante la reunión próxima en Toluca con el propósito de inaugurar la segunda generación del TLC, seguramente se preguntarán Obama y Harper ¿qué tan confiable es Peña Nieto como aliado?

No es un asunto menor para México, pues la inversión extranjera es, y será, puntal y principal responsable del crecimiento económico del país. Esa inversión es la base de la recuperación económica. Cuando todo ello ocurría en La Habana, el embajador estadunidense en México, Anthony Wayne, anunciaba en el DF que Estados Unidos quiere “revisar” el TLC. ¿Era la respuesta amenazante de Washington a los acontecimientos en Cuba? Nada debe preocupar más a México que esa “revisión”, donde siempre hemos sido arrinconados.

Y si México hace todo lo posible por transmitir confiabilidad a los líderes de América del Norte, ¿qué opinará Cuba y sus socios acerca de la “brevedad” de la nueva relación con México? No hay manera de quedar bien con todos, e intentarlo indica poca visión estratégica, por no decir diplomacia.

La combinación de nostalgia y las omisiones en La Habana colocan al país, y su política exterior, en un terreno fangoso de poca credibilidad. Exactamente donde no queremos estar.

                Twitter: @rpascoep

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