Gobierno exultante, pueblo triste

El Distrito Federal tiene más dinero que nunca en sus arcas para gastar.

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Ricardo Pascoe Pierce 27/01/2014 00:00
Gobierno exultante, pueblo triste

Cuando en 1997 el PRD ganó por primera vez el gobierno de la Ciudad de México, había una promesa en el aire: la capital de la República se convertiría en la ciudad de la igualdad. Nadie podía, en su sano juicio, oponerse a ese propósito. A 17 años de gobierno del PRD en la capital, la pregunta obligada es: ¿qué tanto ha avanzado la ciudad al objetivo de la igualdad?

Según datos de INEGI, la pobreza ha crecido en la Ciudad de México en los últimos años. De 1998 a 2011 el índice de pobreza creció de 60.13% a 68.84% del total de moradores en el DF, mientras que la pobreza extrema creció en alrededor de 4%. Con la desaceleración de la actividad económica del país, el aumento en la inflación (calculada en 4.6% por aumentos en enero 2014) y el incremento de los impuestos en la ciudad, es de esperarse que 2014 va a ser un año particularmente decepcionante para los ciudadanos en general, pues es previsible que la economía crecerá a un ritmo muy por debajo de la cifra oficial de 3.9% pronosticada por la SHCP.

Estos datos nos dicen que las políticas sociales del GDF no han servido para abatir la pobreza, sino que han ofrecido un desesperado tanque de oxígeno a muchas familias, con la pretensión de dar un respiro ante el agobio económico. Así, las políticas sociales en el DF deben definirse como asistencialistas, en toda la extensión de la palabra. No abaten la pobreza, pretenden disminuir la tristeza de la gente.

En contraste con el escenario social de la ciudad, el GDF tiene más dinero que nunca en sus arcas para gastar. Y vaya, cómo se nota. Un ejemplo es la cantidad de publicidad de las autoridades y legisladores para sus informes de labores, ahora que “cumplen” otro año de ejercicio. Hacen honor a la idea de que en la actualidad como en el Porfiriato tenemos “gobierno rico y pueblo pobre”. Los rostros de gobernantes aparecen por todos lados, no importando que sea su distrito o delegación. En actitudes que van desde lo filosófico, reflexivo, hasta lo jovial y amable, la clase gobernante busca refrendar su legitimidad con publicidad. Y es publicidad muy cara, pagada con los impuestos que todos desembolsan. Entonces entra en una impostura contradictoria: por un lado buscan agradar y “caerle bien” a la gente, pero por el otro lado ofende su gasto suntuario en publicidad (y publicistas) que no reditúa excepto en los personalismos inútiles de gobernante.

Un ejemplo apareció en las redes sociales recientemente, cuando vecinos de la avenida Masaryk, en Polanco, convocados a pagar la mitad de una obra para la cual fueron informados, no consultados, protestaron porque su delegado, Romo, está gastando millones de pesos en publicidad (que aparece por toda la ciudad) para su Informe de Gobierno que, en sentido estricto, no tendrá ninguna trascendencia. ¿No habría sido mejor dedicar ese recurso público, que proviene de los impuestos que pagan los ciudadanos, a la obra en Masaryk, en vez de financiar la promoción personalísima de una autoridad?

Menos grotesco que los gastos en publicidad, pero tan preocupante, son las obras repetitivas de embellecimiento de la ciudad, como las obras sobre Reforma, que hizo López Obrador, luego Ebrard y ahora Mancera. Y no es simple mantenimiento. Si fuera eso, se entendería. Pero no: cada gobernante, deseoso de dejar huella, plantea la necesidad de una “nueva” ciudad, y pone manos y dinero a la obra, normalmente dejando inconclusas las cosas. Y seguirá otro gobernante, seguro de hacer las cosas “mejor”. Una cosa es mantenimiento y otra muy diferente las obras faraónicas que no resuelven las cosas que se supone resolverían, como los problemas de transporte y movilidad, al carecer de una visión de largo plazo.

El gasto público no resuelve la desigualdad, pero sirve para financiar a la política. López Obrador hizo que su oficial mayor le descontara 10% de su salario a toda la estructura de confianza del gobierno. Lo hizo durante cinco años, por lo menos. Ese monto debiera resolver el enigma no resuelto que traen algunos reporteros acerca de cómo sigue financiando López Obrador sus actividades.

Lo peor del asunto es que él introdujo, en el PRD en la Ciudad de México, la idea seminal de que el presupuesto del GDF es el mismo del PRD. Finalmente, el DF no es más igualitario que hace 17 años. Simplemente tiene una clase política que vive del presupuesto público como si fuera suyo. El pueblo sigue tan pobre como siempre.

                Twitter: @rpascoep

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