Un saludo casual

En la fila para despedir a Mandela, los dos enemigos se encontraron.

COMPARTIR 
Ricardo Pascoe Pierce 13/12/2013 00:00
Un saludo casual

La foto voló por las agencias de noticias de todo el mundo. Igual en las redes sociales. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el presidente de Cuba, Raúl Castro, se habían saludado. Fue un saludo casual, como cualquier otro. En una larga fila de mandatarios de todo el mundo, reunidos para despedir a Mandela, el líder negro que supo perdonar casi 30 años de prisión a sus carceleros blancos y, así, construir una nación, los dos enemigos se encontraron y se saludaron.

Obama no comentó el encuentro, por lo menos públicamente, y Castro dijo que era algo “normal”. Pero, a decir la verdad, no fue una situación “normal”. Es la primera vez que un Presidente de Estados Unidos saluda, de mano y en público, a un Presidente de Cuba, desde 1959. Es decir, desde hace 54 años, habida cuenta de que sus países son vecinos. Vecinos distantes, sin duda.

Hasta ahora, los presidentes de Estados Unidos han procurado, conscientemente, evitar cualquier contacto, incluso visual, con los Castro, tanto Fidel como Raúl. La última gran escenificación de esta paranoia estadunidense se dio en Monterrey, México, en marzo de 2002, durante una reunión mundial auspiciada por las Naciones Unidas y que tuvo como anfitrión a nuestro gobierno y país.

Durante meses previos a la reunión se escuchaba, en diferentes espacios diplomáticos, el comentario en el sentido de que el presidente estadunidense, George Bush, estaría presionando al gobierno mexicano para que evitara la presencia de Fidel Castro en la reunión. Siendo una reunión de Naciones Unidas, y, por tanto, abierta a todos los países miembros, era imposible que el anfitrión le negara el acceso a uno. A pesar de ello, el anfitrión trató, torpemente, de insinuarle al gobierno cubano que se tomaría bien que asistiera otro en representación de Cuba que no fuera Castro. Diputados republicanos estadunidenses que visitaron a Castro en enero de ese año le indicaron que Bush no veía bien la presencia de Castro en Monterrey.

En febrero Fox visitó Cuba y, durante la reunión entre las dos delegaciones, Castro, directo, le preguntó a Fox cómo iban los preparativos para la reunión en Monterrey, como una manera de abrir la discusión sobre algo que todos sabían que estaba en el aire: el conflicto con Washington. Fox, evasivo y miedoso, optó por hablar sobre precios de los granos en vez de resolver el problema ahí mismo, que es lo que se le había ofrecido.

El gobierno de Cuba no confirmó la asistencia de Fidel hasta un día antes, como siempre lo hacía, por razones de seguridad, a pesar de haber reservado cuartos en un hotel cercano al aeropuerto de Monterrey. La confirmación se dio en la forma de una llamada telefónica de Fidel a Fox, la noche antes del inicio de la reunión. Quien debió haber tomado la llamada era el canciller mexicano Castañeda, pero no estaba en Los Pinos por los celos que le carcomían en contra del embajador mexicano en Naciones Unidas, Adolfo Aguilar Zinser. Así, Fox, improvisado, tomó la llamada y se produjo la conversación que se conoce como el “comes y te vas”.

En la reunión de Monterrey no se produjo el temido encuentro entre Bush y Castro. Mientras uno salía de un salón, el otro entraba. Coreografía diplomática pura y bastante simple, en realidad. No ameritaba el “comes y te vas”. Durante semanas después, el Presidente y el canciller negaron que hubiese sucedido lo que, a los ojos de todos, había sucedido. Hasta que Castro, el guerrillero en el poder, difundió la conversación telefónica.

El gobierno mexicano acudió a extremos absurdos y humillantes para agradar a Washington, a sabiendas de la importancia que el Presidente de Estados Unidos adjudicaba al temido encuentro con Castro. Y terminó haciendo el ridículo público más grande que haya cometido gobierno nacional alguno. Todo para evitar un casual saludo.

En contraste, Obama obviamente no dio la instrucción de que, en Sudáfrica, debiera instrumentarse un operativo para no saludar, en este caso, a Raúl Castro. De haberlo deseado, lo podría haber evitado. No lo hizo. Eso tiene un valor que debe reconocerse.

No habrá un resultado práctico de ese saludo a corto o mediano plazo. Pero su valor simbólico no debe desconocerse.

@rpascoep

Comparte esta entrada

Comentarios