La balada de Oscar Wilde

En general su obra es aceptada por todos, incluyendo a los profanos.

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René Avilés Fabila 17/08/2014 01:58
La balada de Oscar Wilde

La vida de Oscar Wilde, su ingenio, cultura luminosa, obra magnífica y el escándalo que implicó su relación con lord Douglas contribuyeron a convertirlo en lectura obligada. Los críticos Entwistle y Gillet en su Historia de la literatura inglesa explican que Wilde es más popular en el extranjero que en Gran Bretaña. Es posible. Sin embargo, la bibliografía sobre Oscar en inglés suma docenas de volúmenes, sus dramas y farsas van con frecuencia a escena y el cine británico ha recogido obras como La importancia de llamarse Ernesto, y filmado varias biografías suyas, una, El hombre del clavel verde, con el desaparecido Peter Finch.

En castellano hay menos sobre Wilde. Traducciones, destacan las de León Felipe. Su reputación se sostiene fundamentalmente por la enigmática novela El retrato de Dorian Gray y sus cuentos delicados y maravillosos que encantan a niños y adultos.

Que recuerde, sin acudir a la biblioteca, el mejor de los libros dedicados a Wilde que encontramos en México es el escrito por Peter Funke y publicado por Alianza Editorial. Este crítico, luego de analizarlo con rigor a través de su trabajo literario y no de anécdotas, nos da una bibliografía completa y testimonios y opiniones de literatos célebres que lo conocieron de cerca: Gide, Bernard Shaw, Joyce, Yeats...

Wilde no fue un escritor prolífico: sus energías estaban concentradas en el brillo de una conversación genial, salpicada de ironía, finos conceptos estéticos y audaces críticas a la sociedad. Se hubiera requerido de una grabadora a su lado para conservar frases hermosas y cláusulas sarcásticas.

Wilde era ciertamente un hombre de alta sociedad y en ella se desenvolvía con naturalidad. La cárcel, la soledad y la ausencia de aplausos en los teatros y salones victorianos lo asesinaron.

En general su obra es aceptada y discutida por todos, incluyendo a los profanos. En teatro sobresalen La importancia de llamarse Ernesto y Salomé. Su única novela, El retrato de Dorian Gray, es hasta la fecha lectura obligada. En poesía, sus contemporáneos lo acusaron de plagiario.

El Wilde famoso se da por memorables cuentos como El ruiseñor y la rosa y El fantasma de Canterville. Sus ensayos fueron incapaces de resistir la prueba del tiempo, pero dejaron frases ingeniosas que sus más tenaces admiradores han transformado en lugares comunes.

Yo amo la totalidad de su obra, pero siento debilidad por sus magnos poemas escritos después de las jornadas de sufrimiento: La balada de la cárcel de Reading y De profundis, páginas de enorme y densa hermosura que nos muestran a un Oscar Wilde distinto, atento al alma del ser humano y sus tragedias.

Hay aspectos analizados superficialmente y de manera morbosa: la entereza con que Wilde se enfrentó a la sociedad victoriana, el valor que probó durante dos años de prisión y su actitud al condenar los sistemas carcelarios de la conservadora Inglaterra. Antes de ello, había mostrado su rebeldía desafiando a la sociedad de un país en la cumbre de su poderío. Tal nación no tardó en tomar venganza con un escritor que, como tantos otros —Poe,
Whitman, Swift y Baudelaire, digamos—, supo ser distinto de la sociedad que regía.

Pensando en la conformación de Wilde, recordando sus teorías sobre la vida y la belleza, su transcurrir cómodo, en que fue bisexual (aún mal visto incluso en los países más progresistas), tendremos que llegar a la conclusión de que pudo enfrentarse al infortunio con la mayor dignidad. Sostuvo un desigual combate y lo perdió.

Sin familia (la esposa y los hijos lo abandonaron, aunque más adelante, uno de ellos, bajo el nombre de Vyvyan Holland, escribiría una notable biografía de su padre). Sin recursos económicos, con manías insoportables, casi sin amigos, Oscar vaga por Europa continental. París acepta sus días postreros. Es una sombra con heridas físicas y espirituales. Muere en noviembre de 1900, en pleno Quartier Latin, en un modestísimo hotel que conserva una placa con su nombre.

Oscar Wilde descansa en Père Lachaise bajo un monumento de Epstein. Su tumba siempre tiene flores. He estado ante ella varias veces: al pie, abajo del hermoso fragmento de La balada de la cárcel de Reading: “Y extrañas lágrimas llenarán por él/ El jarro de la piedad ya roto antaño./ Porque quienes le lloren serán los parias/ y los parias eternamente lloran”, y he depositado claveles como un modesto homenaje a quien tanto bien me ha hecho con su literatura.

www.reneavilesfabila.com.mx

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