Pasternak: un escritor en la Guerra Fría

La Academia Sueca le dio el Premio Nobel de Literatura y el aquelarre aumentó.

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René Avilés Fabila 29/06/2014 00:12
Pasternak: un escritor en la Guerra Fría

El Partido Comunista de la Unión Soviética señaló a Borís Pasternak, en 1954, al concluir su novela Dr. Zhivago, enemigo de clase, un intelectual al servicio del imperialismo. La Guerra Fría había exacerbado las malas pasiones entre el llamado mundo libre y el bloque socialista encabezado por la URSS.

La división era definitiva, un bando moriría. La censura soviética se rehusó a publicarla, pero Pasternak le había enviado copia al editor Giacomo Feltrinelli, quien la hizo traducir al italiano y el libro tuvo un éxito explosivo. La Unión de Escritores Soviéticos lo expulsó y comenzó la más escandalosa polémica por un libro. No era censura moralizante, era política. Dr. Zhivago era políticamente incorrecta en esos tiempos.

Para el mundo “libre”, resultaba prueba de la ausencia de libertad en el comunismo y Pasternak un héroe. Para su país, un traidor que había falsificado la Revolución de Octubre. La Academia Sueca, con frecuencia proclive a las conductas políticas, le entregó el Premio Nobel de Literatura y el aquelarre aumentó.

La mejor arma estadunidense, la cinematografía, con David Lean como director, llevó la novela a la pantalla en una superproducción encabezada por Omar Sharif, Julie Christie, Alec Guinness, Rod Steiger y Geraldine Chaplin, entre otras estrellas. Fue una versión tendenciosa calificada por un crítico cinematográfico francés, George Sadoul, como “filme engañoso”. Éxito glamoroso, propuesto para diez premios Oscar, se llevó cinco. La música de Maurice Jarre, sigue siendo escuchada y fueron muchos más millones los que vieron el filme que aquellos que leyeron la novela.

Pasternak fue hombre de su tiempo, uno de sus primeros libros, un poema épico, El año 1905, la primera intentona de eliminar el poder de los zares, llamada por Lenin, Ensayo General, refleja su simpatía por la revolución. Pasternak no era anticomunista, fue un intelectual crítico. Sus inicios se los debe a una espléndida poesía y a memorables traducciones que hizo de Shakespeare, Goethe y Schiller. Nació familiar del célebre León Tolstoi, fue amigo de Mayakovski (cuyo suicidio se debió al paso de Lenin al brutal Stalin) y un hombre sensible y culto.

El XX Congreso del PCUS escuchó la denuncia de Jruschov contra los crímenes y errores de
Stalin, pero en materia de arte, dijo poco más adelante, pienso como él: debe estar al servicio del partido, doblegada a los intereses del Estado y seguir fielmente un recetario de apariencia estética hecho por Alexis Surkov y Zdanov y aceptado dócilmente por la burocracia estalinista.

Si la histeria en esos tiempos hacía que todo estadunidense pensara que la URSS quería la destrucción de EU, en el comunismo estaban seguros de que el capitalismo usaba su poderío para eliminarlo. Ambos tenían razón, pero sólo un sistema sobrevivió al choque: la economía de mercado.

Ahora es posible leer la obra de Pasternak y en particular Dr. Zhivago con plena objetividad, sin las pasiones políticas que su compleja publicación y su paso al cine produjeron. El poeta y novelista no requiere justificaciones políticas, su obra es imperecedera, un notable testimonio artístico y social, retrato de una época.

Sin embargo, debemos pensar en el hombre sensible víctima de verdugos implacables disfrazados de críticos literarios. Imagino sus sufrimientos, rodeado de incomprensión en su patria y de fascinación ramplona en occidente. El telegrama que le envió a la Academia Sueca refleja angustia ante el magno reconocimiento: “Inmensamente agradecido, emocionado, orgulloso, asombrado, confundido…”.

Días después, enviaba otro: “Debido al significado atribuido a esa recompensa en la sociedad en que vivo, debo decir: ‘No, gracias’ por el premio inmerecido que se me ha concedido. No tomen a mal mi voluntaria negativa a aceptarlo”.

No es complicado recordar la reacción internacional, pero lo imposible es saber qué pasaba por la mente y el corazón de ese desconcertado escritor. La renuncia a ese mismo galardón que a primera vista pareciera consagratorio, hecha por Jean Paul Sartre, tiene razones muy distintas. En París, en el ámbito del filósofo y narrador existencialista, que encontró en Marx puntos de coincidencia, fue fácil tomar una decisión dramática. No en la extinta URSS, en plena Guerra Fría. Pasternak fue parte de esos intelectuales que esperaban la utopía; cuando llegó, era 1984 de Orwell.

 

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