El amor como una de las bellas artes

En la literatura mexicana, el erotismo ha sido más un acto de valor social.

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René Avilés Fabila 22/06/2014 00:29
El amor como una de las bellas artes

De todas las naciones, sólo la India estudió cuidadosamente las relaciones amorosas y mientras que en Occidente los países hacían el amor de forma rudimentaria, acosados por prejuicios religiosos y sociales, por costumbres morbosas, los indios escribieron obras memorables al respecto.

Una de ellas, el tratado capital del amor, Kama-Sutra, fue concebida y escrita bajo el influjo de muchas manos de experimentados amantes, hombres y mujeres. En su concepción, el amor no es sólo para reproducirse o desahogar fuegos interiores, es un arte.

Baste señalar unas líneas del capítulo “De la manera como empezar y terminar la unión sexual. Diferentes clases de unión sexual y querellas de amor” que indica con voz poética: “En la habitación de placer, decorada con flores y embalsamada con perfumes, el ciudadano, en compañía de sus amigos y criados, recibirá a la mujer, que llegará después de haberse bañado y adornado, y la invitará a refrescarse y beber libremente. La hará sentarse a su izquierda; luego, tomándola por los cabellos y tocando la punta y el lazo de su vestido, la abrazará delicadamente con el brazo derecho. Ambos se entregarán a una agradable conversación sobre temas diversos y podrán hablar, con palabras disimuladas, de cosas que en sociedad estarían mal vistas. Podrían cantar, gesticulando o no, tocar instrumentos musicales, hablar de las bellas artes, y excitarse mutuamente bebiendo. Finalmente, cuando la mujer ya no pueda retener más su amor y su deseo, el ciudadano despedirá a todo el mundo, entregando a cada cual flores, ungüentos y hojas de buyo; y cuando finalmente se encuentren a solas, procederán de la forma que se ha descrito en los capítulos precedentes.”

En Egipto, luego de recorrer cien ruinas prodigiosas, un guía me señaló una columna donde un hombre tenía un aparatoso orgasmo sin realmente una razón amorosa. No entendí el simbolismo.

La Biblia es plena de acciones eróticas disfrazadas de hechos espirituales, las preside el muy bello Cantar de los cantares, atribuido al pasional rey Salomón. Superado el cristianismo primitivo, al oficializarse y pasar a manos de una clerecía absurda y perversa, Occidente decayó en los temas amorosos.

Sin embargo, pese al cristianismo que trató de purificarnos del pecado original, los literatos supieron narrar soberbias historias de amor. Me saltan nombres como Petronio, Ovidio, Apuleyo, Chaucer, Rabelais, Boccaccio, Sade, Casanova, Flaubert, Henry
Miller
, D. H. Lawrence (acosado por las buenas costumbres), Anaïs Nin, Nabokov, Defoe, Philip Roth, el blasfemo Charles Bukowski, y muchos más de una lista infinita que incluye obras árabes como Las mil y una noches.

En la literatura mexicana, el erotismo ha sido más un acto de valor social que una constante estética. Parece pecaminoso. Los escritores se acercan al sexo de manera epidérmica. Juan García Ponce hizo un esfuerzo para dotar a las letras nacionales de elocuentes escenas amorosas. En general carecemos de autores que narren vívidas escenas de pasión o de divertidas y provocativas páginas como las de John Cleland en Fanny Hill (¡publicadas en 1749!); de teóricos del tamaño de Denis de Rougemont (Amor y Occidente), cero.

Ahora, tenemos autores que tratan el tema, pero sin mucho talento ni audacia. El sexo apenas existe. Ah, debemos ser cautelosos. Entre el erotismo y la pornografía, existe una delgada, pero sólida línea: la poesía. En lo personal me resulta más excitante la delicada sugerencia de La dama del perrito de Chéjov, que la evidente Françoise Sagan de Bonjour tristesse.

Los japoneses parecieran no estar lejos de los refinamientos amorosos, pero ya occidentalizados, solamente existen en elegantes burdeles donde turistas de pésimo estilo buscan emociones fuertes y furtivas con aparentes geishas que en vano tratan de revivir el fino erotismo del pasado. En los demás países, la tosquedad sexual, muy semejante a la animal, abruma.

Los pocos intentos por devolverle a la sensualidad su dignidad se pierden en medio de la vulgaridad. Los principales objetivos del sexo hoy son el desahogo y la reproducción.

Salvo soberbias excepciones, hombres y mujeres se besan y acarician con desamor y eso es lamentable: se ha perdido un arte. Y a su muerte, refiriéndose al amor-pasión que se goza intensamente, dice Rougemont, contribuye el matrimonio. El arte se ha basado en gran medida en el adulterio y el triángulo.

www.reneavilesfabila.com.mx

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