L’amour, toujours I’amour

El cuento de Daphne du Maurier tiene una gran intensidad y por la brevedad no pierde nunca la emoción.

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René Avilés Fabila 08/06/2014 00:04
L’amour, toujours I’amour

No siempre en las obras maestras está presente el amor. A veces es prescindible, como en el épico filme de David Lean, Lawrence de Arabia, basado en la notable autobiografía de T. E. Lawrence, Los siete pilares de la sabiduría, donde inician dos figuras de primer orden: Peter O’Toole y Omar Sharif. No aparece una fémina en papel destacado. Se ven algunas, en gran plano, despidiendo a los guerreros árabes rumbo a Ákaba. Hoy pudiera ser acusada de película misógina.

Las novelas y cuentos de aventuras pocas veces prescinden del amor. Tarzán, pese a su primitivismo, resultó un leal enamorado de Jane, y en alguna versión cinematográfica, Greystoke, un salvaje en la cama. En general, los súper héroes son asexuados y aburridos. Pasan su tiempo salvando al mundo, mientras las mujeres languidecen por su eterna lucha. James Bond, personaje de Ian Fleming, es la excepción. Su promedio son tres mujeres por filme.

Un artista de genio, como Alfred Hitchcock, tomó más de una obra de arte literaria para incorporarle a la trama una pareja. Tal fue el caso de su célebre película Los pájaros, uno de los filmes más inteligentes y agudos de la cinematografía de suspenso.

En el cuento de Daphne du Maurier, en que se basa, no hay jóvenes enamorados. Se trata de una familia, la del inválido de guerra Nat Hocken, un granjero inglés. Pero he aquí que Hitchcock traslada la acción a California y allí pone a una bella mujer de sociedad, algo extravagante, Tippi Hedren, persiguiendo a Rod Taylor, como siempre plano e incapaz de dejarse corretear plenamente por una dama en cuyo currículum está el hecho de haberse tirado medio vestida o medio desnuda a una de las fuentes de Roma, creo que a la de Trevi.

La mamá de Rod (Jessica Tandy) resulta peor que Sara García, pero con estilo y elegancia, sin puro entre los dientes postizos, intenta débilmente oponerse a que su guapo hijo se deje seducir por Tippi (Melanie en la película). No obstante, entre bandadas de pájaros decididos a acabar con los humanos, Rod se enamora, como recordarán quienes vieron el filme. No le importa que la atractiva maestra del pueblo Bodega Bay
(Suzanne Pleshette), lo ame sin esperanza.

El cuento de Daphne du Maurier, una señora talentosa muy admirada por el cineasta, hoy ya poco leída, tiene una gran intensidad y por la brevedad no pierde nunca la emoción. Otras de sus obras, Rebeca y La posada de Jamaica, asimismo fueron hechas filmes por Alfred Hitchcock. En tales casos específicos, el cine parece un arte superior a las obras literarias que lo alimentaron.

Llevar un texto breve a la pantalla es extender la historia y eso fue el riesgo para Hitchcock. La persecución de Tippi sobre Rod Taylor fue audaz para la época. Ella representa a una rara mujer osada. Al mismo tiempo, siguiéndola, vemos a los pájaros, gradualmente, entrar en acción para vengarse de tanto niño idiota que les arroja piedras o de adultos, no menos imbéciles, que les disparan sin ton ni son.

Rod Taylor tiene entonces una doble tarea: defender a su familia, una mocosa llorona, a su madre y a la hermosa Tippi, tan asexuada que al año siguiente de Los pájaros, en 1964, Hitchcock la puso de cleptómana y forzada pareja del apuesto joven Sean Connery, quien se haría célebre internacionalmente interpretando a James Bond. Hablo de Marnie, que en México tuvo otro título, La ladrona.

Según la larga entrevista que le hiciera François Truffaut al agudísimo Alfred Hitchcock, publicada por Alianza Editorial, nunca hay nada gratuito en el cine del inglés. O al menos la gratuidad va a formar parte del gusto por la fantasía fundada en el absurdo.

Creo que en este caso, Hitchcock acierta. No se trata de deformar el cuento de Daphne du Maurier, sino de llevarlo a la pantalla y ello supone otro lenguaje y diferentes recursos. He leído unas tres veces Los pájaros y como película la he visto por lo menos cuatro ocasiones. Uno y otra me encantan. Aunque aquí entre nos, me quedo con la versión cinematográfica: me gusta ver a una pareja de enamorados luchando contra los elementos o contra la sociedad. El amor es lo único que vale la pena vivir. El resto, no importa.

 

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