Música y literatura

El poema tiene, entre otras, la posibilidad del ritmo consonante o asonante. En la prosa ello resulta cacofónico.

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René Avilés Fabila 01/06/2014 00:00
Música y literatura

Más complejo que crear las artes ha sido fusionarlas. Se necesitó la llegada del siglo XX para consolidar un medio que pudiera hacerlo: el cinematógrafo. Antes que discutir si se trata de arte o industria, hay que advertir que tiene posibilidades infinitas para mezclar las artes: la actuación, desde luego, la música, la literatura, la danza, la pintura. Tenemos ejemplos memorables. Cito al azar: Luchino Visconti reúne la literatura de Thomas Mann con la música de Mahler. El resultado es Muerte en Venecia. O cuando Stanley Kubrick convoca en un filme intenso, Barry Lyndon, a la literatura de Thackeray con la música, el drama y la plasticidad de obras clásicas de la pintura.

Siqueiros hablaba de arte integral y lo mismo, con ligeras variantes, decía Le Corbusier. En el Museo y Colección Heidi Weber, en Zurich, Suiza, encontré una idea suya: “No hay escultores solos, pintores solos, arquitectos solos. El acontecimiento plástico se realiza en una forma única al servicio de la poesía”. Debe existir un arte total, una síntesis o suma. De lo contrario, el arte seguirá, como hasta hoy, fragmentado, dividido en segmentos carentes de extrema grandiosidad.

El cine es un ejemplo reciente. Antes la ópera decidió unir música y actuación con la literatura. Fue más lejos y sumó danza y ballet. ¿Y la literatura? ¿Qué ha hecho en tal sentido la escritura, una novela, un poema, un cuento? El poeta Rubén Bonifaz Nuño decía que si se sabe bailar y escuchar música, la posibilidad de hacer un gran poema está a punto de arrancar. El poema tiene musicalidad. ¿Y la prosa narrativa? También. Sólo que el ritmo, las cadencias y el tiempo, son distintos. El poema tiene, entre otras, la posibilidad del ritmo consonante o asonante. En la prosa ello resulta cacofónico. Hay que evitar toda clase de rimas, de tal suerte que la musicalidad de la palabra escrita tiene que ser buscada en la puntuación y en los sonidos que produce una esdrújula o una aguda, en la hábil utilización de los gerundios o en adjetivos que le den fuerza al sustantivo.

Sólo que no se trata de hacer un análisis interno de la novela, que con frecuencia está construida como sinfonía, tiene momentos de mucha intensidad (allegros) o de suave delicadeza (adagios). Se escribe buscando subir y descender. El final es por regla general maestoso. Ahora la idea es ver cómo los escritores han usado la música dentro de sus novelas y cuentos. En México lo hizo Agustín Yánez con su obra La creación. Allí está un compositor que trabaja con sonidos “invisibles”, que ninguno de nosotros podrá escuchar, únicamente imaginarlos. El cubano Alejo Carpentier escribió novelas donde, como en La consagración de la primavera y Concierto barroco, hay que tener conocimientos de música culta y música popular como el jazz para entender las citas de Louis Armstrong, Vivaldi o Stravinski. Más aún, Carpentier bromeó con la música al pedir a sus lectores leer tal o cual obra suya mientras escuchan una pieza sinfónica.

Pero no sólo la literatura ha enriquecido a la música. También la historia: para que Jachaturián compusiera el notable ballet Espartaco o Saint-Säens la bella ópera Sansón y Dalila, les prestó personajes soberbios.

Lo que queda claro es que de pronto el músico halla inspiración en el texto literario o histórico. Shakespeare le dio su Romeo y Julieta a Tchaikovsky, Berlioz y Prokofiev. Pero, ¿cómo enriquece la música a la obra literaria? D. H. Lawrence escribió un ensayo inquietante llamado Haciendo el amor con música. En dicho trabajo afirma lo siguiente: “El hombre debe hacer el amor con música y a la mujer debe hacérsele el amor así, con acompañamiento de cuerdas y saxófono”. No es fácil aceptarlo. Hacer el amor es un arte, la música también. El silencio es cómplice en ambos casos. No obstante existen parejas que gustan hacerlo rodeados de bellas armonías.

No sé si reunir en un libro a la música y a las palabras tendrá sentido para un crítico literario de corte académico, para mí lo tiene. He pasado décadas leyendo o escuchando música. Mi padre escribió una novela, Leonora (sobre su hija muerta prematura e injustamente), pensando en una sinfonía: cada capítulo es un movimiento musical y en lugar de prólogo, puso una obertura. Imagino que Beethoven estaba con él; mi hermana llevaba nombre de obra del compositor alemán.

 

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