Bestiarios occidentales y bestiarios americanos

En las páginas de la revista Mester consolidé mi devoción por la brevedad.

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René Avilés Fabila 18/05/2014 00:05
Bestiarios occidentales y bestiarios americanos

Cuando comencé a escribir, en el bachillerato, actuaba bajo la influencia de libros fundamentales: La Biblia, La Ilíada y La Odisea, los fabulistas clásicos y, entre los recientes, los de Kafka. Ingenuamente estaba seguro de mi originalidad. Desconocía el mundo de los bestiarios al que llegué, en esos mismos años, merced a Borges y su Libro de los seres imaginarios, título dado en Buenos Aires o Manual de zoología fantástica, según el que recibió en México.

Fue Juan José Arreola quien leyó mis primeros cuentos breves, cuando términos como minificción o microrrelato no existían. Los publicó en la revista, creada por él para mi generación, Mester. En esas páginas consolidé mi devoción por la brevedad, aunque he redactado largas novelas.

Los bestiarios me gustaron y conservo la admiración. Con uno, Los animales prodigiosos, ilustrado por José Luis Cuevas y prologado por Rubén Bonifaz Nuño, vigoricé mi amor por los seres fantásticos, un zoológico que, al decir de Borges, no supera al de la realidad. Con ese libro obtuve el Premio Colima. Pronto reparé en algo interesante: estaba trabajando con bestias occidentales, ¿y las americanas? Chac Mol, de Carlos Fuentes, me dio una pista. Hurgué en nuestras antiguas culturas y con tal bagaje llevé a cabo un primer libro: El bosque de los prodigios, ahora ilustrado por Guillermo Ceniceros. Inventé unos cuarenta animales que se suponía poblaron nuestro continente antes de la llegada de los europeos. Los imaginé basado en códices, esculturas, murales, religiones, deidades y mitos. Les di una fisonomía extraña y añadí una trama. La tarea es crear una mitología propia y no repetir bestias que surgieron en otras regiones. Como muestra, incluyo la más reciente, escrita en Londres, hace medio año.

La serpiente bicéfala azteca. Las serpientes de dos cabezas, una donde suele estar, la segunda en la cola, no existieron únicamente en Europa. Hay multitud de indicios que prueban que hace muchos siglos habitaron en distintos puntos del planeta. La variedad más famosa de todas ellas, la anfisbena, fue vista en Europa: su figura desconcertante inspiró diversos relatos e interpretaciones.

En el continente que llamamos América, la serpiente bicéfala vivió amparada por climas semitropicales. El muy grande emperador Moctezuma tuvo en su zoológico personal un magnífico ejemplar de esta víbora. Solía impresionar a cortesanos y los visitantes, a quienes les mostraba, orgulloso, sus tesoros.

Una hermosa escultura de ese reptil es conservada en el British Museum. Permanece en la sala destinada a la cultura azteca y es considerada una de las obras maestras del célebre recinto. Según la ficha, la pieza, cubierta por pequeñas placas de turquesa, data de 1500 luego de Cristo. Era parte del complejo y poco estudiado rito religioso destinado a Quetzalcóatl. Su origen, precisa el catálogo, es azteca/mixteca.

No hay más información, la obra prehispánica se defiende sólo con su notable belleza y aparece tanto en el inventario como en un disco compacto, en cuya portada luce espléndido el extraño reptante. Está prácticamente intacta: bien conservada; sus cuatro inquietos y luminosos ojos miran la eternidad.

En México algunos descendientes de aztecas y mixtecos saben, por tradición oral, como los investigadores a través de códices que pararon en el Vaticano y en los Archivos de Indias de Sevilla, que a pesar de sus largos y agudos colmillos, no era mortal, sino juguetona y dócil. Dicho en términos actuales, fue una especie de perrito faldero, que se dejaba acariciar. Su mayor placer consistía en que su dueño o aquél que la encontrara, le rozara suavemente ambas cabezas. La serpiente se revolcaba gozosa. Era, pues, inofensiva y no existe información científica, que explique su extinción.

Hay datos irresponsables que indican que el ofidio bicéfalo de pronto entraba en estado agresivo y su primera ocurrencia era devorarse a sí mismo. Entonces las cabezas entraban en un combate que concluía con su muerte. Los zoólogos prudentes han descartado tal hipótesis por descabellada, pues no considera lo primero que cualquier ser vivo utiliza: el instinto de conservación. Sabemos de ella básicamente por la escultura que hábiles manos de artistas le hicieron al ejemplar que estuvo en posesión de Moctezuma, el gran emperador azteca.

www.reneavilesfabila.com.mx

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