El diablo en casa

El demonio es la más sufrida y abnegada víctima del Señor. Recemos por su descanso eterno. Lo merece.

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René Avilés Fabila 11/05/2014 00:17
El diablo en casa

Ayer inventé historias sobre el diablo, a la primera le puse epígrafe de Max Aub: ahora bien, el diablo no es mal escritor. Y narré: Supe de buena fuente que Satanás escribe, ocupa su tiempo libre en redactar novelas y cuentos y ahora está empeñado en sus memorias. Las obras han tenido amplia difusión entre los habitantes del Infierno, son lectores cautivos. Satanás quiere un inmenso círculo de admiradores. Piensa que el planeta puede caer rendido ante su talento literario. Un recién llegado al Averno dijo al leerlo que su estilo era diabólico, su inteligencia infernal y las tramas endiabladas. Rezuma fuego por todos lados, concluyó antes de pasar a una tortuosa sala de lectura.

Cuando los medios de comunicación supieron de la obra de Satanás, el director del New York Times se limitó a decir: Antes de leerla, hay que esperar la crítica de Dios. Trabamos contacto con él a través del Papa y prometió enviarnos en exclusiva un análisis riguroso.

Los lectores suman millones, saben que los libros de Lucifer podrán tener defectos, menos ser aburridos. Más sabe el diablo por viejo que por diablo, dice el refrán y es cierto: ha aprovechado su larga vida en leer para facilitar su trabajo de engañabobos.

En la segunda señalo: Jonathan Swift, antes de acercarse a la locura, dijo que “cuando el diablo está satisfecho es buena persona”. Swift tenía razón, estudios posteriores lo han probado. Cuando la cosecha de almas ha sido buena, el monstruo se dulcifica y hasta alegre y divertido se pone.

Esto conduce a otra reflexión. ¿El demonio es pecador? ¿Qué mandamientos viola? Pareciera un cristiano ejemplar, cumple con todo aquello que le fue asignado por Dios. ¿No anda buscando espíritus débiles, probando la fortaleza de los creyentes? Es un feo oficio que con frecuencia padece recriminaciones eclesiásticas.

El demonio es la más sufrida y abnegada víctima del Señor. Recemos por su descanso eterno. Lo merece.

Tercera: Sobre el soberbio Príncipe de las Tinieblas he escrito bajo la influencia del libro Historia del diablo, donde Daniel Defoe deja traslucir su simpatía por ese ser enigmático e injustamente tratado. Nadie como él para mostrar la perversión de Dios al señalar algo atroz: la envidia. Ante la belleza y la consecuente vanidad de Luzbel, el Señor optó por vengarse haciéndolo caer al Infierno convertido en ser de fealdad aterradora.

   Sin embargo, y luego de realizar una exhaustiva investigación sobre los textos bíblicos, noté que la verdadera historia del demonio estaba más en Marx que en la Biblia. La interpretación adecuada de la derrota del ángel más hermoso está en los términos siguientes: si en el Cielo todo es perfección y belleza, ¿por qué entonces se dio una rebelión de ángeles encabezada por Luzbel? El origen fue la dictadura de Dios. Un momento decisivo en la eterna lucha de clases en el Cielo y en la Tierra. No tiene pares, sólo súbditos explotados.

Ello significa que en el Cielo hay injusticias, desigualdades, preferencias del Señor, una suerte de contradicción principal entre quienes todo lo tienen y otros que son menos afortunados. Lo que Marx llamó lucha de clases.

En el Cielo no tuvimos simplemente la caída del “soberbio ángel Luzbel”, como le dice Salvador Díaz Mirón, sino un intento de revolución angelical encabezada por un rebelde. Defoe habla de “la mitad del cuerpo angelical, o del Ejército de Serafines”. Esto indica la violencia de la lucha resultado de una serie de injusticias del poder de Dios. No hay duda, pues, que el Paraíso prometido como recompensa a una vida sin pecados, puede ser un sitio donde el malestar de los menos afortunados lleva a otro brote de rebeldía o a una revolución incruenta en la que Dios pierda el poder y al fin exista una democracia celestial perfecta y reine la igualdad.

Ahora, si no hay Dios y el Paraíso no existe, ¿a dónde van a parar quienes a nadie le hicieron mal y a cambio actuaron con sincera caridad? ¿El Infierno será el receptáculo de todo ser humano? Podría ser. Nadie lo sabe. O quienes lo han sabido, Milton, Dante, Defoe o Goethe, sólo han contribuido al desorden. Helena Paz Garro, un día, en París, me dijo que a su padre, Octavio Paz, se le había aparecido el diablo. Nunca me habló de lo conversado entre el poeta y Mefistófeles. ¿Entregó, a semejanza de Fausto, su alma a cambio de fortuna? Sólo Dios y el diablo lo saben. Y ambos son discretos.

 

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