Los minicuentos y yo

Navego en las delicadas aguas del texto de extensiones comprimidas.

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René Avilés Fabila 13/04/2014 00:15
Los minicuentos y yo

Al no ser crítico literario, he optado por una subjetividad razonada. No me gusta, en principio, definir o encontrarle precisiones a la literatura. Escribo novelas, cuentos y libros memoriosos de difícil clasificación. Cuando publiqué alrededor de 1967 una antología que llamé del breve cuento mexicano, bajo los auspicios de la Asociación Latinoamericana de Escritores, presidida por Carlos Pellicer, seleccioné cuentos de Torri, Arreola, Monterroso, Eduardo Lizalde, Carlos Valdés, Edmundo Valadés, José Agustín y otros más. Los seleccioné con un criterio único: que no pasaran de una página.

Inicié escribiendo cuentos de muy pequeñas dimensiones y he seguido la tarea con asombrosa fidelidad. Provienen principalmente de las fábulas clásicas, los haikús y las greguerías. Son parte esencial del ingenio y la precisión, del reino de la invención pura. No les busco esclarecimiento ni explico características, eso lo dejo para críticos agudos como Lauro Zavala que ha trabajado mucho sobre el tema hasta convertirse en uno de los mayores analistas literarios especializados en la brevedad. Lo más que hago en tal sentido es explicar cómo los escribo y ello a pedido de editores preocupados por el tema. Hago novelas extensas, como El reino vencido, El gran solitario de Palacio o Réquiem por un suicida, pero me siento mejor navegando en las delicadas aguas del texto de extensiones comprimidas. A diferencia de Rivera, Siqueiros y Orozco, amo los cuadros de caballete. Sobre las inmensas obras de Wagner, con frecuencia opto por las piezas de Chopin o de Satie. Ante la novela río, me sumerjo en Borges. Me gustan las cajitas musicales, los camafeos italianos y las miniaturas laqueadas chinas. Si pudiera agrupar mis cuentos breves y acaso ordenarlos temáticamente, probaría que he sido fanático del pequeño texto: calculo haber escrito unos 500 cuentos de tal género.

No abordaré más sobre un tema que desconozco, cuyo nombre definitivo no consigo vislumbrar. Si son brevicuentos, minificciones o microrrelatos, me tiene sin cuidado. Los escribo y así muestro un puñado este domingo.

No nos olvidemos mutuamente

Nunca olvidaré los ojos fríos del hombre que conducía a toda velocidad e irresponsablemente su automóvil: fue un impacto brutal y mi cuerpo quedó destrozado, del mismo modo espero que él jamás olvide los míos, abiertos por la angustia, el dolor y la desesperación de la muerte.

El hombre infeliz

Siempre detesté la felicidad. No hubo día en que no batallara contra su estúpida sonrisa y sus manifestaciones rudimentarias y prosaicas. Hoy al fin logré eliminarla de mi vida mediante un pistoletazo muy preciso en la sien.

Precisión

Miró con atención el reloj: las tres de la mañana. Poco después, vio que seguían siendo las tres. Finalmente, el sol brillaba, pero seguía mirando que eran las tres. No cabía la menor duda: fue la hora en que murió.

El náufrago

Desesperado, con la historia más soberbia posible en su haber, el náufrago, desde su isla solitaria en el Pacífico, arrojó la botella al mar: alguien la encontraría y al fin se sabría su prodigiosa y larga odisea en busca de las sirenas. Sonriendo satisfecho, se acomodó lo mejor posible para esperar la muerte en soledad absoluta. Fue desafortunado, no se percató de lo fundamental: ponerle tapón a la botella.

Juramento

Lo juro, nunca me acosté con él. Siempre hicimos el amor de pie.

Perversiones

La correspondencia y las autobiografías son como el espejo: un invento perverso para desatar la vanidad.

La pareja ideal

Era una pareja de varones homosexuales, realmente dispareja: Jorge, joven y guapo; Marcos, feo y viejo. Esa noche decidieron ir a una fiesta de disfraces. Ambos optaron por ir como Dorian Gray: el primero era el personaje, el segundo su retrato.

“Pero ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?”

Cuando Dios recibió los resultados del censo celestial, entre asombrado e indignado, preguntó: ¿Ninguna virgen, teníamos once mil? Sí, señor, repuso tímido el arcángel que llevaba los datos, pero eso fue antes de que llegara Casanova.

Los fantasmas y yo

Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes.

www.reneavilesfabila.com.mx

 

 

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