Ya no estamos huyendo, Helena

Pienso ahora que fue un error, debió quedarse en París.

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René Avilés Fabila 06/04/2014 00:21
Ya no estamos huyendo, Helena

“Paz no era un santo”: Enrique Krauze

 

Helena llevaba dos apellidos célebres en las letras nacionales: era hija de Octavio Paz y Elena
Garro
. Tendría, en consecuencia, que haber sido respetada y dueña de una cómoda posición económica. Su padre fue realmente un poeta superior y un caudillo intelectual destacado, como nunca hemos tenido otro. Llegar a ser el luminoso rey de un país de sombras no resultó fácil. Su carrera fue compleja y cuando al fin encontró el prestigio total e indiscutible, se convirtió en una suerte de tirano cultural. Él decía quién valía y quién era desechable. Con Salinas y Zedillo, era más temido que respetado, tenía poder político y lo usaba. Polemizó con muchos y rompió con otros, desdeñó a unos más y a los suyos les exigió subordinación. No tenía amigos, sino súbditos. La república de las letras se hizo monarquía y ello incluyó rey y aristocracia.

Por otro lado, en situación opuesta, estaba la madre de Helena, Elena Garro, sin duda, la mejor escritora del siglo XX. A Elena los odios le vienen, no me cabe duda, de una época en la que sus colaboraciones en diarios y revistas mostraban su oposición a los valores establecidos y a las reglas de artistas y escritores previos al 68. Errores políticos y su aguerrida crítica al oportunismo de los intelectuales le fueron cerrando puertas.

Que Elena mal entendía la política, es cierto, su talento era literario y lo probó con multitud de obras de teatro, novelas y cuentos de admirable perfección. Nunca fue la heroína de políticos ni la amiga predilecta de los escritores y pintores más famosos, al contrario, con todos peleó. El 68 fue, para la escritora, una trampa que Paz sorteó hábilmente.

Convencida de la lucha de Carlos Madrazo, expulsado del PRI y tratando de formar un partido para democratizar al país, Elena dedicó su tiempo a los campesinos. El movimiento estudiantil le pareció un acto anarquista y lo hizo saber con enorme valentía, sin percatarse del error. Fue la que más caro pagó el 68: por inexperiencia e ingenuidad, aterrorizada, salió huyendo del país para someterse a vejaciones inauditas y dignas de la literatura de Víctor Hugo. Los intelectuales y el Estado la hicieron un monstruo. De sobra se sabe de sus sufrimientos y desventuras las enfrentó en compañía de su única hija, Helenita, y de varios gatos, como Lola.

Su regreso a México, impulsado por sus escasos amigos, fue en apariencia la fórmula para mejor ayudarla a vivir y a que el país aceptara que era su mejor y más notable narradora y dramaturga. Pienso ahora que fue un error, debió quedarse en París. Aquí se convirtió en el centro de la polémica, del desdén, de la ira de su exmarido, del morbo y la curiosidad de periodistas en busca de una historia. Su muerte, ocurrida poco después de la de Paz, quien tuvo funeral de Estado, fue en cambio triste, miserable, en un sórdido departamento en Cuernavaca. Su obra sigue buscando lectores que la valoren, lejos de posturas de apariencia ideológica.

Helena Paz Garro publicó en el Fondo de Cultura Económica parte significativa de su poesía. Algunos versos los di a conocer en Excélsior, otros eran de nuevo cuño. Casi simultáneamente, hizo editar un intenso libro autobiográfico: Memorias. Fallecida la madre, sus condiciones empeoraron. La pensión fue reducida y ella me lo advirtió para que lo diera a conocer públicamente. Su salud se deterioró más todavía. Familiares cercanos la atendieron hasta el final.

Memorias es una joya por su belleza, dramatismo y brillantez estilística. Reconstruye multitud de personajes notables y situaciones que pocos mexicanos han tenido oportunidad de conocer y que ella, como hija de Octavio Paz y Elena Garro, pudo ver de cerca.

México tiene mala memoria y, en materia intelectual, le fascinan los caudillos. Paz ha sido el principal. Si aceptamos (con las dificultades del caso) que la madre cometió errores políticos, nunca he hallado razones para que su hija los haya pagado. Elena padeció el ninguneo de la comunidad intelectual.

Tendremos que aprender a reconocer el talento artístico, más allá de pasiones personales. Me impresiona asimismo la terquedad del poder, empeñado en sólo reconocer a dos o tres figuras, cuando en rigor tienen una obra discutible, sobrevaluada y con acusaciones probadas de plagio. Estamos a tiempo de releer a Elena Garro y a Helena Paz Garro. No podemos permitir que las abrume el peso de una figura, por grande que sea.

www.reneavilesfabila.com.mx

 

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