De Quincey, Poe y Baudelaire

Los tres fueron los más intensos y originales escritores de su tiempo y cada uno fue incomprendi-do en su propio país.

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René Avilés Fabila 30/03/2014 00:02
De Quincey, Poe y Baudelaire

Siempre me han llamado la atención los espíritus afines o vidas paralelas, según la terminología de Plutarco. No es frecuente encontrarlas. Podrían ser algunos casos de amistad entrañable y semejanza cultural como los de Kafka y Max Brod, Borges y Bioy Casares, Marx y Engels, donde las similitudes espirituales e intelectuales eran muy parecidas. Notable es el caso de Edgar Allan Poe, Thomas de Quincey y Charles Baudelaire. Son vidas paralelas. Todos de gran hondura poética, de complejo, rico pensamiento y de trágicas historias amparadas por las drogas y el alcohol. Pareciera que el centro de esa relación distante en lo físico, cercana en lo espiritual, fuera Baudelaire. Tradujo a Poe y escribió un sentido libro sobre la muerte de Thomas de Quincey.

Baudelaire nació en 1821 y murió paralítico y afásico en 1866. Su vida, como la de Poe y De Quincey, no fue la mejor. Las deudas lo agobiaron buena parte de su vida. Su prodigiosa obra literaria, Les fleurs du mal, Paradis artificiels y Poèmes en prose le acarrearon persecuciones y escándalos. Poe fallece joven en 1849, igualmente acosado por la pobreza y el alcohol, mientras que De Quincey, el más enigmático de los tres, se extingue en 1859, dejando tras de sí deudas. Es decir, Baudelaire los sobrevive y de hecho es quien escribe sus epitafios. Los tres fueron los más intensos y originales escritores de su tiempo y cada uno de ellos fue incomprendido en su propio país.

   De Quincey escribió, entre otros, dos libros memorables: Confesiones de un comedor de opio inglés y El asesinato considerado como una de las bellas artes. El primero, publicado en 1821, es una dramática autobiografía, el minucioso y doloroso relato de una vida atormentada. En esta obra su novedoso sentido del humor, su capacidad para la sátira refinada, desaparece para dar paso a una serie de reflexiones duras e inteligentes sobre su tiempo.

Al saber de su muerte, un adolorido Baudelaire escribió Confesiones de un comedor de opio inglés para explicar la dimensión de la pérdida, tal como en su momento lo hizo con Poe: “Así que Poe se fue a Richmond; pero al ponerse en camino se quejó de escalofríos y de debilidad. Al llegar a Baltimore seguía encontrándose bastante mal, y tomó algo de alcohol para reanimarse.

Era la primera vez desde hacía meses que ese maldito alcohol mojaba sus labios; pero eso bastó para despertar al demonio que dormía en él. Una jornada de excesos le llevó a un nuevo ataque de delirium tremens, su viejo conocido. Por la mañana, unos policías le recogieron del suelo en estado de estupor. Como no le encontraron ni dinero ni amigos ni domicilio, le llevaron al hospital; y en una de esas camas fue donde murió…”  Si en Confesiones de un comedor de opio inglés, De Quincey relata los sorprendentes efectos de la droga en materia musical, el texto del poeta francés resalta esa cualidad del opio: no sólo es capaz de prolongar los sueños más allá del reposo, sino que estimula su llegada y los embellece; son las flores del mal.

De Quincey elogia al opio, le concede cualidades como la exaltación del espíritu y la agudización de los sentidos, algo semejante a las producidos por drogas modernas como el ácido lisérgico que tanto éxito tuvo en la llamada década prodigiosa, cuando el rock and roll llegó a sus más altos niveles de importancia.

Su uso, en manos de jóvenes talentosos para este tipo de música, produjo resultados excepcionales y tragedias terribles, depresiones que condujeron al suicidio o al derrumbe. Baudelaire no juzga al opio (que él mismo consumió), más bien señala sus posibilidades para desarrollar facultades poco utilizadas. Adelante, Aldous Huxley llamaría a este fenómeno Las puertas de la percepción y señalaría sus efectos en los ojos, en los matices y luminosidad de los colores.

La admiración de Baudelaire por Poe fue al extremo de escribir mucho sobre su persona y su literatura. En esos trabajos señaló que Poe, como Balzac, llevaba en la frente un extraño tatuaje: mala suerte. Todo en su vida fue sombrío. Para Edgar, Estados Unidos era una enorme cárcel, un país con “hedor a almacén, satisfecho de su potencia industrial y algo envidioso del viejo continente. ¿Apiadarse de un poeta a quien el sufrimiento y la soledad podían llevar a la locura? Para eso no tiene tiempo. Siente tanto orgullo de su joven grandeza, tiene una fe tan ingenua en la omnipotencia de la industria, la cual, en su convicción, acabará por comerse al diablo, que siente una cierta conmiseración ante todas esas extravagancias.”

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