El amor perfecto: Orfeo y Eurídice

Dicen las historias que cada vez que cantaba, los humanos se embelesaban

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René Avilés Fabila 23/03/2014 00:04
El amor perfecto: Orfeo y Eurídice

Orfeo sumaba habilidades: teólogo, filósofo, maestro, historiador, reformador de la moral y las costumbres, poeta, héroe civilizador y, desde luego, la más importante: músico notable. Sus padres fueron Calíope y Apolo. Otras versiones le conceden diferentes progenitores. Sin embargo, según datos fidedignos, era hijo del dios y la musa citados.

De Apolo, Orfeo recibió la lira; de Calíope, la vocación para tocarla con excepcionales melodías. Señalemos su capacidad inventiva: dotó al instrumento musical de dos cuerdas más. Dicen las historias que cada vez que cantaba, acompañándose de la lira, los humanos se embelesaban, las fieras se amansaban y en general unos y otras se detenían para admirarlo, mientras que las piedras y los vegetales se acercaban para escucharlo mejor.

Probablemente algo sea más significativo y un mejor retrato: cuando Orfeo cantaba, los ríos frenaban su curso y se convertían en lagos.

Su vida fue prodigiosa, plena de aventuras fantásticas: acompañó a los argonautas, a quienes les fue de gran utilidad al separar dos islas errantes que impedían el paso de los héroes, salvarlos de las sirenas y dormir con su voz encantadora al feroz dragón que protegía el vellocino de oro. Nunca evitó las aventuras ni los viajes: fue a Fenicia y a Samotracia y en Egipto se detuvo largo tiempo para conocer la enigmática religión de los faraones.

A su regreso de Asia Menor, en Grecia, se dedicó a la enseñanza y desde la cátedra habló de sus experiencias y recorridos. Creó la disciplina llamada orfismo, que implicaba un sistema filosófico relativo al pecado, la purificación y la vida después de la muerte. Ello lo hizo un ser exitoso, rodeado de multitudes, admirado por reyes, sacerdotes y héroes.

Pero no era feliz. Le faltaba el amor. A pesar de las muchas mujeres y ninfas que lo asediaban, ninguna lograba atraer su pasión. Cuando apareció Eurídice, mujer encantadora, bella e igualmente sensible a la música, rápidamente se casaron y pasaron algún tiempo felices. Pero aquéllas eran épocas difíciles: los dioses se entrometían, los héroes cometían errores y los malvados siempre estaban al acoso de quienes vivían con dignidad y decoro.

En ausencia de Orfeo, el detestable Aristeo (simple cazador y productor de olivo) se apasionó por Eurídice y quiso tomarla por la fuerza. La mujer, ágil e inteligente, logró escaparse, mas en la huida fue mordida por una serpiente venenosa. Su muerte fue inmediata y en tanto Orfeo clamaba por el retorno de su amada, Aristeo emprendía una serie de sacrificios para que los dioses lo perdonaran. Al final, la fortuna fue generosa con el miserable: dispensado, contrajo matrimonio con Autónoe, hija de Cadmo, con quien procreó dos hijos, lejos del sufrimiento eterno de Orfeo y Eurídice, una prueba más de las injusticias celestiales.

Orfeo, desolado, imploraba el regreso de su mujer. Los dioses permanecieron sordos a sus ruegos. Pero él no era un hombre que se diera por vencido y, sin más, descendió a los Infiernos. En aquel pavoroso sitio, cantó su infinito dolor, su profunda tristeza. Hades se conmovió y le brindó ayuda. Su esposa le sería devuelta con una condición: durante el regreso al mundo de la luz, no debería mirar hacia atrás.

Orfeo inició el retorno. Lo inquietaba la debilidad de Eurídice, que hacía lento el camino escarpado. No resistió la ansiedad y volteó la cara buscando a su esposa: en ese mismo instante la mujer se desvaneció para siempre y su espíritu quedó en el mundo de los muertos. Nunca hubo un amor como el de Orfeo por Eurídice y pudo probarlo largamente rechazando mujeres y cantando una y otra vez, lleno de dolor, su tragedia.

El final de la historia no puede ser más triste. Mujeres vengativas, rechazadas por él, lo asesinaron, destrozaron su cuerpo y esparcieron los pedazos de aquél que se arriesgó a descender al submundo infernal. La cabeza fue arrojada al río Ebro; al llegar el despojo a las costas de Lesbos, las musas, dolidas por la terrible muerte de Orfeo, lo sepultaron.

Su voz hermosa seguía llamando a Eurídice. Los dioses del Olimpo, arrepentidos del duro proceder contra la pareja de enamorados, decidieron mitigarlo con un homenaje: su lira fue transformada en constelación, donde una estrella, Vega, resplandece con insólito fulgor. Posiblemente sea el lamento de Orfeo llamando, inconsolable, a Eurídice, como en la ópera de Gluck.

 

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